Crimen y Castigo

El crimen de la travesti de la calle Viamonte

En el departamento de Lourdes, la cama de dos plazas ocupa el ambiente principal. Ella, que atiende con su perrit@ Raulito en brazos –un yorkshire toy que parece un muñeco de peluche-, cuenta de los gritos que escuchó el domingo 31 de octubre a las nueve de la mañana. Era su vecina del piso de arriba: la estaban matando. La historia es de golpes y puñaladas, y el horror cruza por la mirada verde de Lourdes a cada rato. Sólo dos testigos declararon sobre el homicidio de esa travesti conocida como “Érica” o como “Luna”, que vivía en el noveno piso de un edificio de la calle Viamonte al 1600, en el centro porteño. Lourdes, que también es travesti, es una de esas dos testigos.

“Fue horrible”, dice ahora, mientras jugueta con sus cabellos rubios. Muy por debajo de sus palabras cuelgan sus pies descalzos, con las uñas pintadas de fucsia. El perrit@ Raulito -que, como Lourdes, está más allá de las categorías macho o hembra- corretea por ahí, ajeno a todo, mientras la televisión escupe un programa de media tarde sin volumen. La dueña de casa dice que la vecina del piso de arriba gritó durante diez minutos, sin parar, desesperada ante el final cada vez más cercano. “¡Ayúdenme! ¡Me quiere matar!”, escuchaba Lourdes, todavía en la cama, sin animarse a hacer nada. Los sollozos ahogados del final, después de las treinta puñaladas, la animaron a levantarse y a tocarle la puerta a sus vecinos, para pedir auxilio por esa travesti con la que sólo se había cruzado un par de veces en el vestíbulo del edificio, pero por la que, aún así, sentía cierta empatía.

“Mis amigas me preguntan por qué fui a declarar por ella. ‘Si ella no lo hubiera hecho por vos…’, me dicen. Las travestis vivimos muy discriminadas y ni siquiera nos ayudamos entre nosotras”, cuenta Lourdes. Pero entonces –y para retomar el comentario malintencionado de sus amigas-, ¿por qué se animó a hablar? “Yo la escuché gritar”, responde. “Y siento que no me puedo quedar callada. Me siento tan vulnerable como ella”.

Lourdes es catamarqueña y tiene estudios terciarios en pedagogía social. Hace un año y medio llegó a Buenos Aires. Tenía entonces 21 años y no encontró trabajo. Entonces decidió comerciar en el mercado del sexo. Simplemente, siguió el consejo que le daban todas. Sus curvas le permitieron tener una clientela selecta y evitar la calle. Su vecina Érica, o Luna, en cambio, trabajaba en Constitución. Tenía 35 años. Era una peruana de rasgos morenos, teñida de rubio, poco agraciada pero simpática. Vivía con otra chica, también peruana. Con aquella se había peleado poco tiempo atrás y Érica, o Luna, estaba sola en su hora final.

“Todo fue muy rápido”, dice Lourdes. “Al final sentí una explosión en el vidrio de la puerta de calle. Lo habían roto para escapar. Entonces me asomé a la ventana y vi a una persona que corría por Viamonte y doblaba por Rodríguez Peña hacia Córdoba”. Lourdes se lo contó a la policía: era un tipo con un jean claro y una remera blanca, menudo, de pelo ondulado y tez clara. Pero Érica, o Luna, estaba indocumentada. Y los investigadores –que encontraron más de treinta envases de cerveza en su precario departamento- no saben ni cómo se llama en verdad. Y entonces Lourdes se amarga. Y el perrit@ Raulito parece darse cuenta y se echa. “No creo que este asesinato se resuelva”, se aflige Lourdes.

Es curioso: al lado de la puerta destrozada de la planta baja fue hallado un reproductor de DVD. Posiblemente haya sido usado para romper el vidrio. Menos probable es que fuera un botín fallido: Érica, o Luna, vivía con lo justo y le subalquilaba el departamento a otra travesti peruana. Por eso los investigadores no creen que el asunto haya sido un robo de final sangriento. “Las travestis estamos expuestas a este tipo de gente todo el tiempo. Yo soy precavida: no trabajo en la calle y no me drogo. Pero este trabajo es muy arriesgado y estamos al margen de todo. Nadie se mete. Y esto de los asesinatos no es nuevo”, agrega Lourdes. Érica, o Luna, espera justicia en la morgue.