Cuerpos

El cuerpo en el Lago: fin del enigma

Después de una semana, para los investigadores el caso del hombre en el lago está resuelto. Es que la suerte final de Jesús María Alonso, el anciano de 78 años que apareció sin vida en las aguas mansas del Rosedal, parece haber sido consecuencia de un susto o de una mamúa. La ausencia de heridas y de golpes, la camisa abrochada con prolijidad hasta el último botón y el buen estado general de sus prendas, la pulcritud de las uñas sin rastro de lucha y la presencia del dinero en sus bolsillos convencieron a los investigadores de la comisaría 23ª de que el viejo Jesús se murió solito, sin la ayuda de nadie.

Los sabuesos tomaron contacto con una travesti de los bosques de Palermo que les contó que conocía a Alonso, aunque no detalló que el viejo recurriera a sus servicios. En la noche fatal del jueves 4 de noviembre Alonso andaba por Palermo, una zona que conocía bien por sus largos años como encargado de un edificio en Libertador y Sinclair. ¿Qué hacía don Jesús el jueves por ahí? Tal vez había ido a visitar amigos de otra época. Tal vez, a pasear por los bosques en una tarde de calor. Pero el alcohol y la soledad lo acorralaban desde hacía tiempo y el hombre terminó borracho de nuevo, sin recordar ni siquiera la dirección de su casa. Se subió a un taxi, pero la confusión le impidió pronunciar la frase mágica, el eureka que le hubiera salvado la vida: “Castro Barros y Venezuela”.

Cuando lo sacaron del agua a la malñana siguiente encontraron en otro de sus bolsillos las llaves de ese 2ºC donde vivía gracias a la generosidad de su hermana, una señora mayor que él. Alguno de los investigadors preguntó por qué llevaba encima tanta plata. “Cosa de viejo”, le respondió otro. Para ellos, don Jesús se resbaló a la orilla del lago y, de la mamúa que traía encima, no pudo atinar a salir del agua. Un paro cardíaco lo sorprendíó y el metro de profundidad del lago se lo llevó.

Claro, esa es una versión de los hechos… Pero puede haber otras. Se podría pensar que el paro cardíaco fue consecuencia de una emoción fuerte. Acaso, de un intento fallido de robo. Acaso, del encuentro con una travesti que comenzaba su jornada en el Rosedal. Acaso, de algo más. Quien quiera pensar, que piense: las aguas del lago se agitan fácilmente.