Memoria del crimen

Recuerdos de los Lagos

El cadáver mojado del viejo Jesús María Alonso ya se secó. Ya escribí algo sobre su circunstancia, que tal vez se resuelva con la versión oficial de un accidente, luego de que su cuerpo fuera encontrado el viernes pasado en los Lagos de Palermo. Pero el del viejo Jesús no será el último caso que enlute al pulmón verde de la ciudad de Buenos Aires y, ciertamente, no ha sido el primero.

El alemán Michael Ernst (o “Serrucho”, como se lo conocería después en la cárcel de Ushuaia) fue el primero al que se le ocurrió la perversa idea de arrojar en los Lagos de Palermo un paquete de restos descuartizados. Lo hizo en 1915, luego de matar a su socio Augusto Conrado Schneider. Los porteños entonaban entonces una cuarteta que decía así:

“¿Dónde vas con el bulto apurado?

A los Lagos lo voy a tirar

es el cuerpo de Augusto Conrado

al que acabo de descuartizar”.

Graciela Donato de Bonini tal vez recordara aquellos versos burlones en el colectivo que la llevaba por Palermo en agosto de 1929. En una bolsa atada con alambre, Graciela, su esposo y su cuñado Julio ocultaban un torso desmembrado. Lo arrojarían unos minutos después y contemplarían impacientes cómo se hundía, guiado por una piedra que hacía de ancla.

Todo se le había escapado de las manos a Julio Bonini unos días atrás, pero la historia venía de lejos: no podía elegir entre sus dos mujeres. María Luisa Moneta era recatada y quería casarse. Virginia Donatelli era salvaje y probablemente tuviera otros hombres, pero lo seguía queriendo. Y lo peor: las dos sabían que Julio era un novio compartido. Por eso cuando comenzó la discusión con Virginia él perdió la compostura. Estaba harto de ella. Los gritos no alcanzaron y Virginia –que también estaba harta- manoteó un cuchillo, fuera de sí. Julio encontró un martillo y lo usó para contraatacar.

Esa noche fueron a visitarlo Graciela y su marido, Luis, sin saber con qué se iban a encontrar. Julio lloraba y Virginia estaba muerta, con la cabeza hundida por tres martillazos. Graciela y Luis organizaron todo con frialdad e impidieron que el llorón se entregara a la policía, como pretendía. Al contrario, esa misma noche partieron en seis fragmentos el cuerpo de Virginia. Julio, que trabajaba como chofer al volante de un lujoso Rugby 1929 y que antes había sido carnicero, sabía por dónde seccionar y lo hacía con prolijidad, escuchando palabras de consuelo como en un sueño.

A quince años de Serrucho Ernst los Lagos volvían a teñirse de rojo. El poeta Héctor Pedro Blomberg –que escribiría letras de tango para Ignacio Corsini- glosaba entonces los crímenes en romances para el diario Crítica. Sobre el hallazgo de Virginia escribió:

“En el lago flotante, en las aguas

Un sereno encontró el otro día

El cadáver cortado en pedazos

De una pobre mujer. ¿Quién sería?”.

Pero si el descubrimiento había sido misterioso, el resto no lo fue tanto. Luego de identificar a Virginia por sus huellas dactilares, encontraron rápido al desdichado Julio Bonini: había ido a comprar la bolsa para ocultar el torso de su novia en el Rugby 1929 de su patrón.

Links:

– Las fotos son cortesía del Dr. Raúl Torre, que se refirió a esta historia en su libro “Perfiles Criminales” (en coautoría con Daniel Silva). El “cadáver” es una reproducción en yeso de los restos de Donatelli.

– Hay algo sobre el caso en el especial de Crónicas policiales de Lanacion.com

– Y el gran Álvaro Abós también lo investigó.