Pesquisas

El fiscal Bidone, tras las pistas del caso Tchestnykh

(Esta es la primera de dos entregas sobre la entrevista con el fiscal Juan Ignacio Bidone, investigador del caso Tchestnykh)

El fiscal Juan Ignacio Bidone sabe que el caso de la familia Tchestnykh puede esconder una vuelta inesperada. La historia de los rusos viene siendo anotada en un expediente que por ahora, con ciertas hipótesis de la fiscalía que parecen haber dado en el blanco, completó cuatro cuerpos. ¿Demasiado sencillo? El triple crimen de General Rodríguez, que este fiscal ha investigado puntillosamente, se elevó en un expediente de sesenta cuerpos.

“Todo lo que está acá es pesado”, dice Bidone. Y es que ésta es la Fiscalía de Delitos Complejos de Mercedes. Aquí hay más recursos humanos y tecnológicos, y más tiempo para investigar, que en las demás fiscalías. Pero las causas no dejan de llegar: hay cerca de trescientas en trámite. Una de esas es la de la familia Tchestnykh, que llegó a mediados de noviembre, cuando la desaparición de Vera, el presunto robo sufrido por Ilia (del que habría salido herido) y el crimen de Ludmila Kasian conformaron un rompecabezas extraño para los investigadores ordinarios. “He tenido delitos cometidos en el entorno familiar, donde he tratado siempre de ahondar en el tema psicológico de las relaciones preexistentes y en los celos o en los frenos inhibitorios que terminaban cediendo”, dice el fiscal. “Pero en este caso no tuve demasiado tiempo para mirar esos aspectos frente al hallazgo de las dos armas en la computadora secuestrada en la casa de los Tchestnykh”.

– Una de las armas halladas en la computadora de los Tchestnykh disparó la bala que mató a la madre. A pesar de que Ilia y Sergei -dos de los hermanos de Vera e hijos de Ludmila Kasian- estén prófugos, ¿el caso está cerrado?

– No. Hay tres casos en investigación. Focalicé en el homicidio por ser el más grave, pero la desaparición de Vera y el presunto robo que habría sufrido en agosto Ilia también deben ser investigados. La certeza probatoria con respecto al homicidio, que nos confirma la imputación en contra de estos dos muchachos, abre un espectro completamente nuevo en relación a lo que pasó antes: ¿la desaparición de Vera realmente fue tal o alguien la mató? ¿El robo fue eso o fue una discusión familiar que terminó con un disparo?

– No sería raro que una estrategia de defensa pusiera en duda la veracidad de la pericia que halló a las armas en la computadora. ¿Qué haría si eso ocurriera?

– Hay que invertir la reflexión. Nosotros nos perdimos de detener a los hermanos a tiempo porque quisimos asegurarnos de que se cumplieran todos los pasos procesales y de garantías vigentes para que eso se hiciera como corresponde. La pericia está impecable. Y además arrancó como una pericia informática: ni siquiera nosotros sabíamos que había un arma. El personal de Gendarmería abrió la computadora por protocolo. Era una pericia informática sobre dos computadoras: una portátil y una CPU. En la CPU estaban, atados con precinto, un revólver calibre .38 con numeración suprimida y la pistola 9 milímetros en cuestión.

– ¿Usted estuvo presente durante la pericia?

– No, porque pensé que era una pericia que iba a dar para largo, sin este tipo de sorpresas. Yo iba a terminar viendo el contenido después de muchos pasos que incluyen copias y protocolos de seguridad. “Doctor, no sabe lo que encontramos acá adentro de la CPU”, me dijo el comandante a cargo de la pericia cuando me llamó. Yo pensaba que era algún archivo… pero me dijo otra cosa: “Encontramos dos armas. Pero quédese tranquilo que están los dos testigos y los peritos informáticos”. Es más, también estaba Valeri Tchestnykh, el padre de ellos, que en un momento se fue, no sé bien cuándo. Sus hijos estaban abajo, esperándolo en el auto, y ahí es cuando se profugan.

– ¿Qué otros elementos hay para pedir la captura de los dos hermanos?

– El elemento del peritaje no es el único. Nos tenemos que retrotraer en el tiempo. Ilia tenía cuatro armas de fuego registradas a su nombre: un fusil Mauser y tres pistolas calibre 9 milímetros, registradas en diciembre de 2009. El homicidio fue el 12 de noviembre. El día 13, cuando llega personal policial y judicial a la casa, él dice que había entrado un ladrón y que había matado a la madre con una de sus armas, que además se había llevado. Ante la pregunta sobre otras armas, habrá empezado con una conducta evasiva, no lo sé bien porque no estuve, pero Andrei, el otro hermano, dice en ese marco que Ilia le había dado las otras armas para que se las guardara. En ese momento se secuestraron esas armas.

El 30 de noviembre recibo un llamado al teléfono fijo de la fiscalía. Era Ilia y quería hablar conmigo. Me reclamó por el secuestro del arma faltante: él había ido al Renar en dos ocasiones y nadie le había informado que el secuestro estuviera insertado, lo que significa que, en caso de que ese arma se utilizara en otro delito, me informarían a mí. Ilia reclamaba que se insertara ese arma y que le devolviéramos las demás. “Mire, quizás lo debamos hablar personalmente. Yo quería hablar con usted sobre estos temas”, le dije. Convenimos en encontrarnos en Moreno, donde también tengo competencia, y nos encontramos en la fiscalía descentralizada. Él apareció con un bolso vacío, con la idea de llevarse todo, y cuando empezamos a hablar mostró una conducta esquiva con algunas mentiras sobre cosas que yo tenía confirmadas. Le pregunté por la relación con sus padres. Me mintió: me dijo que era muy buena cuando yo tenía información fehaciente de que era pésima. Así, mis primeras sospechas, surgidas de lo escrito, comenzaron a reforzarse un poco. “Mire, señor Ilia, ¿qué le parece si vamos a su casa y seguimos conversando ahí? A mí me gustaría ver el escenario del crimen porque nunca estuve ahí y, vio, mi forma de trabajar es así: yo arranco con todo de nuevo”, le dije. “Sí, no hay problema, usted me llama un día, coordinamos y yo lo espero ahí”, me respondió. Pero se sorprendió cuando le dije: “Mire, la verdad que me gustaría ir ahora”.

Dicho sea de paso, se le había secuestrado también un libro escrito en ruso con un instructivo de cómo comportarse en declaraciones ante la autoridad. Está en ruso, no pudimos leerlo, pero tiene gráficos muy claros con determinadas posturas corporales y gestuales. Es una especie de “Lie to me”, con páginas amarillentas. Y creo que conmigo lo quiso aplicar algo de esto porque arrancó como una víctima más.

“Bueno, vamos”, me dijo, al final. Y salimos.

Continuará…