Pesquisas

El fiscal Bidone y las sospechas sobre Ilia Tchestnykh (II)

(Esta es la segunda de dos entregas sobre la entrevista con el fiscal Juan Ignacio Bidone, investigador del caso Tchestnykh)

El fiscal Juan Ignacio Bidone, de la Unidad de Delitos Complejos de Mercedes, se dirigió con Ilia Tchestnykh a la casa del barrio El Ensueño, en la localidad de Moreno, adonde vivía la familia rusa. Allí, unos quince días antes, había sido liquidada Ludmila Kasian a sangre fría. La propuesta de la visita había surgido durante un encuentro que el fiscal y el joven estaban manteniendo en la fiscalía descentralizada. Y llegó con la forma de la urgencia:

– Mire, señor Ilia, ¿qué le parece si vamos a su casa y seguimos conversando ahí? A mí me gustaría ver el escenario del crimen porque nunca estuve ahí y, vio, mi forma de trabajar es así: yo arranco con todo de nuevo…- le dijo el fiscal.

– Sí, no hay problema, usted me llama un día, coordinamos y yo lo espero ahí- respondió Ilia, sorprendido.

– Mire, la verdad que me gustaría ir ahora.

Bidone partió en el auto oficial de la fiscalía. El joven Ilia iba en otro auto, con dos secretarios. Cuando llegaron a la casa de El Ensueño respiraron el aire pesado de un clima agobiante y tenso: ahí los esperaba un camión de Gendarmería con algunos técnicos. El fiscal se lo había advertido a Ilia: “Irá un grupo de peritos para darme una mano”.

“Cuando llegamos, empezamos a mirar y a charlar. Subimos para que el hermano que estaba adentro, Sergei, nos abriera, pero hubo algo me llamó la atención”, dice ahora el fiscal, en su despacho. “Un pedazo del vidrio de la ventana estaba roto, con un agujero de unos quince centímetros, y por ahí se podía ver hacia adentro. Ilia habló en ruso con el hermano y yo le pregunté ‘¿Qué pasa, que su hermano no nos abre?’. ‘Se debe estar cambiando, no sé’, me dijo. En ese momento un gendarme me recomendó ponerme a cubierto, por las dudas. Me puse detrás de una pared y cuando vi de nuevo la puerta noté que el hueco del vidrio estaba tapado con un trapo. Se lo mencioné a Ilia. ‘Es que se está cambiando y no quiere que se vea para adentro’, me respondió. Cruzaron unas palabras en ruso y Sergei abrió.

– No debía ser una situación tranquila…

– No, pero uno está acostumbrado a eso. El hermano abrió, con los labios morados y los dedos negros. Me dijo que le gustaban mucho las moras y que había estado comiendo algunas. Pasamos adentro y me mostró la habitación. Había una cama para el padre, dos para ellos, una laptop sobre una mesa, bolsas de mandados en el piso, todo era un desorden general. Le pregunté si nos permitía mirar las cosas y me dijo que sí, que miráramos tranquilos. Él se fue y a un gendarme, accidentalmente, se le rompió una lámpara, que estaba arriba de un armario. Cuando vio que le habíamos revisado toda la habitación, Sergei me recriminó que se nos hubiera roto la lámpara y me preguntó por qué no le habíamos dicho que íbamos a revisar. Yo le expliqué que le había preguntado a su hermano. Además encontramos en un maletín una buena cantidad de pasaportes de la familia, con algunos sellos que a mi juicio tenían relación. “Mire la cantidad de pasaportes y sellos que hay acá, ¿de quién es esto?”, le pregunté. “Ah, no sé, es de mi hermano”. Cuando vino Ilia la situación comienza a ponerse más tensa. Me dijo que ese maletín era de su madre, que según me contó era ingeniera. Había sellos certificatorios y sellos de aparentes visados: la sospecha era que alguien podría armar algo con esos pasaportes. Ilia se puso nervioso: “Yo les di permiso para que ustedes revisaran, pero ¿por qué no me preguntan y yo les muestro? Mire el desorden que me hicieron y además me rompieron esa lámpara, que era un recuerdo de mi mamá”. A mi juicio eso no era muy cierto, porque Ilia estaba muy peleado con su mamá. Todos sus buenos modales se habían ido.

En ese momento la situación llegó a un punto de no retorno. Ilia sospechaba que el fiscal le estaba haciendo un allanamiento y se lo echó en cara.

– Usted me engañó: dijo que quería venir a ver, pero está haciendo un allanamiento. Y para allanar, yo ya me asesoré con un abogado, usted necesita una orden de un juez…

– Mire, usted tiene razón- le respondió el fiscal Bidone-. Yo necesito una orden judicial, pero tengo facultades suficientes para disponer un allanamiento sin la orden de un juez ante una situación de emergencia como ésta. Así que a partir de ahora esto es un allanamiento.

– ¡Pero usted no es juez!

– No, soy fiscal, pero en la provincia de Buenos Aires un fiscal puede allanar en caso de emergencia y creo que este es un caso así porque tengo la firme sospecha de que, si me voy, usted va a hacer desaparecer elementos que pueden tener que ver con la causa.

– ¿Pero cómo? ¿Por qué piensa eso?

– Por la actitud que usted demostró el mismo día del homicidio de su madre, que escondió en otra casa armas de su propiedad…

Sin más, el fiscal dispuso el allanamiento. Y también el secuestro de varios celulares, incluidos los teléfonos celulares, el CPU de una computadora y una laptop.  Ilia no quería, de ninguna manera, que nadie se llevara nada. La situación era de una violencia latente y el fiscal decidió irse un rato al auto para evitar la crisis de nervios del joven ruso, que desde entonces sólo pudo dialogar con los secretarios o con los gendarmes.

La jornada terminó en la fiscalía, donde los hermanos estuvieron declarando hasta las dos de la mañana.

* * *

El viernes 10 de diciembre, algunos días después de aquel allanamiento difícil, Ilia Tchestnykh fue a la fiscalía de Mercedes con su padre, a pedir que le devolvieran los pasaportes y las computadoras. Pero allí, en cambio, lo notificaron de los peritajes que se iban a hacer. “Cuando se enteró de eso hizo una exclamación en ruso, le pegó una trompada a la pared y se fue”, dice el fiscal Bidone. El lunes siguiente, durante la pericia en la CPU, se encontraron dos armas: una de esas había disparado las balas que mataron a la madre de los hermanos Tchestnykh.

– Su teoría es que gatilló Ilia. ¿Por qué?

– Porque es el que más conoce de armas. Y además es su arma. Por último, porque tiene una posición dominante con respecto al hermano.

– ¿Cree el crimen de Ludmila Kasian esconde algo relacionado con la desaparición de Vera?

– Eso podría llegar a formar parte del móvil. Probablemente. No sé si la fallecida tuvo algo que ver con la desaparición de Vera, pero es posible que los hermanos hayan creído que fue así. O tal vez han conocido algún dato fehaciente de que la madre pudiera tener alguna vinculación y eso generó esa reacción. Madre e hija tenían una situación de desapego muy importante. Incluso, Ludmila le había comentado a terceras personas que ella ya no aguantaba más a la hija. Esto es una patología familiar. Nosotros hemos tenido experiencia en otros delitos dentro del entorno familiar: hay que ponerse en el contexto y en la realidad sociocultural y económica de esa familia para poder empezar a comprender las cosas que tiene como comunes.

– ¿Qué medidas está la fiscalía sobre el caso de Vera?

– Hace pocos días que nosotros tenemos las investigaciones, por eso empezamos a focalizar sobre la persona que estaba fallecida. No sabemos a ciencia cierta si Vera está muerta o no. Con la pericia sobre el CPU se abre un espectro nuevo y lamentablemente las esperanzas de encontrar a Vera con vida se pierden un poco, pero no descartamos que esté viva en algún lugar. Se está profundizando el tema del relevamiento vecinal, porque no tenía muchas amigas. Había tenido un novio hacía mucho tiempo, pero ya había cortado. Hay muy poca información con respecto a ella. Pero se sabe, por ejemplo, que el día que desapareció había sido golpeada por uno de sus hermanos, aparentemente durante el pequeño festejo de cumpleaños de ella. Vera fue vista herida, caminando por la calle. Nadie la vio cuando ella se fue, supuestamente, a correr: esa versión la da la madre. Pero es un caso muy cerrado en cuanto a la prueba.

Link:

– La primera parte de la entrevista con el fiscal Bidone.