Pesquisas

Un misterio llamado Vera Tchestnykh

Los caminos de El Ensueño se abrían a sus pies como los senderos del otoño moscovita. Extrañaba el ruido de las hojas quebradizas que habían caído de las ramas congeladas de los árboles del suburbio de Jimki, pero sabía que algún día volvería a pisarlas. Al menos, eso le gustaba pensar a Vera Tchestnykh cuando salía a caminar por las calles de uno de los barrios más tranquilos de la localidad de Moreno, El Ensueño, adonde había terminado viviendo con su familia luego de pasar algunos años en una casa de la calle 24 de Noviembre, de la ciudad de Buenos Aires.

El jueves 6 de mayo de 2010, el día que se la vio por última vez, Vera Tchestnykh cumplía 26 años. Como si fuera un día cualquiera, respetó la rutina de la caminata. Salió como siempre, dispuesta a recorrer los caminos de El Ensueño -que no se parecían en nada a los de los bosques nevados de Moscú- y no volvió más. Ni tampoco dio señales de vida.

La chica, dueña de una mirada intensa y de un silencio prudente, había nacido en la Rusia de 1984, que por entonces era el miembro fuerte de una Unión Soviética en rápida descomposición. Su padre, Valeri, era ingeniero civil. Su madre, Ludmila Kasian, que era ama de casa, se encargaba de educar a los hijos, una mujer y tres varones. Ahora la señora Kasian está muerta: fue ejecutada con tres disparos el sábado 13 de noviembre, en su propio hogar del barrio de El Ensueño, sin testigos a la vista.

El crimen no fue el primer hecho violento que sacudió los cimientos de la casa. En agosto, un hombre fue sorprendido en el interior por uno de los hermanos de Vera y sacó un arma de fuego cuando se vio descubierto. Fue uno de esos momentos en los que el destino se tensa: el extraño gatilló ocho veces, pero el arma escupió una sola bala, que dio en la pierna del joven ruso.

La sucesión de incidentes desconcertó a los tres fiscales de la Justicia de Mercedes que investigaban los hechos por separado. Sus expedientes flacos no daban con la tecla. El probable hilo conductor de la maldición que había caído sobre la familia no se dejaba ver. Por eso decidieron enviarle todo a Juan Ignacio Bidone, de la fiscalía de delitos complejos, el mismo que cerró con un moño la investigación por el triple crimen de General Rodríguez de 2008. Desde la fiscalía de Bidone admiten que los matices familiares deben ser investigados a fondo, aunque no hay una hipótesis predominante.

“La familia Tchestnykh tenía un buen pasar en Rusia. Pero largaron todo y llegaron a la Argentina en 1999 porque el padre no quería que sus tres hijos fueran a la guerra en Chechenia. La madre, que nunca se adaptó, volvió en 2003 a Rusia para vender una de las propiedades y terminó quedándose hasta 2009”, cuenta María Esther Cohen-Rua, de la Comisión Esperanza. La chance de que esa larga ausencia estuviera relacionada con todo esto es por ahora difícil de negar o de asegurar.

Cohen-Rua es una señora que lee a Haruki Murakami y que lleva algunas medallitas en el cuello. Nadie esperaría que al abrir su carpeta puedieran aparecer fotos de jóvenes desaparecidos, de posibles víctimas de crímenes y de secuestros o de gente cuya suerte se ha transformado en un verdadero misterio. Pero ahí está ella, abriendo su carpeta, como lo viene haciendo desde que en 1993 fundó la Comisión Esperanza para buscar a personas de paradero desconocido. Cohen-Rua busca entre sus papeles y muestra una foto en la que Vera Tchestnykh aparece como una muñeca de rostro redondo, expresión distendida pero seria, y ojos amables, de un verde cautivante. “En los últimos tiempos, Vera parece haber iniciado un viaje hacia dentro de sí misma”, señala Cohen-Rua: como si la desaparecida fuera una muñeca matrioska, entonces, que podría guardar en su interior la llave secreta que abre todas las puertas del violento misterio que rodea a su familia.

El vegetarianismo y la vida sana que Vera predicaba en su adolescencia habían adquirido en los últimos meses la forma de un ecologismo radical. Pero no era el que había poseído a Soledad Rozas –la nena bien de Barrio Norte que terminó como ecoterrorista okupa en Turín y que murió en situación dudosa en prisión-, sino un ecologismo desconocido en Occidente, de raíz eslava: Vera se entusiasmaba con el movimiento Anastasia, construido sobre los cimientos literarios concebidos por el ruso Vladimir Megré, un best-seller que desde 1996 viene desarrollando la historia de una mujer de nombre Anastasia, a quien dice haber conocido a la orilla del Río Ob. Allí, en el medio de la estepa siberiana, ella le habría develado el secreto del hombre en relación a la naturaleza, al universo y a Dios.

Tal vez en busca de alguno de esos libros de Anastasia, Vera se acercó a la biblioteca de la Casa de Rusia, en Caballito. Su padre y su hermano se enterarían más tarde del asunto, cuando tuvieran que cancelar una deuda que ella había contraído con un tal Mijail, un habitué del lugar que le había prestado unos mil pesos, tomando su pasaporte como garantía. La chica desapareció antes de pagar. Su familia recuperó el pasaporte buscando al tal Mijail y cancelando la deuda. Pero nadie puede explicar para qué había pedido el dinero Vera.

Ella, que en su adolescencia vestía con ropa blanca y sobria, y tocaba el arpa con un nivel demasiado elevado para el Conservatorio López Buchardo –adonde había llegado en 1999, pocas semanas después de inmigrar a la Argentina- se había transformado en los últimos tiempos en una mujer de cabello rapado que paseaba por las calles que bordeaban al country San Diego, cuando salía a caminar o a correr. “La Vera de la adolescencia y la Vera de los últimos tiempos parecen dos personas distintas”, considera Cohen-Rua.

Las fotos que se ven en el grupo de Facebook Buscando a Vera Tchestnykh lo corroboran. “Su casa de la calle 24 de Noviembre era una casa típicamente rusa en todo, incluso en los olores”, cuenta Judith, la creadora del grupo. Judith y Vera se conocieron en el conservatorio, a donde la joven inmigrante llegó con un vocabulario que incluía una sola frase: “Hola, me llamo Vera”. Con Judith, su primera amiga en Argentina, ella aprendió el español cotidiano y comenzó a despegarse del diccionario que siempre llevaba encima. “Vera era una chica culta, como todos los de su familia. En su habitación, que era muy prolija, tenía sus perfumes, sus adornitos y sus libros”, sigue Judith. “Hace tres años nos fuimos alejando, por esas cosas de la vida, y la última vez que fui a su casa todo en su cuarto había cambiado: tenía alfombras, tules de colores y cortinas alrededor de la cama. Vera se había vuelto… más liberal”.

La evolución continuó en El Ensueño: a veces Vera salía a caminar descalza, para tomar contacto directo con la tierra. Solía detenerse a contemplar a los pájaros o a los árboles. Y entonces los guardianes del country San Diego se sentían perturbados por su mirada extraña y su silencio. Habiendo rumiado todo el día sin novedad, los hombres de la seguridad privada y de las charreteras de fantasía llamaban a la policía para que alejara a la chica de los ojos verdes. Como si actuaran bajo una superstición.

En el entorno íntimo no admiten punto medio: creen que a Vera la secuestraron de una red de trata o que ya falleció. Pero descartan de plano la huida voluntaria. Un llamado anónimo a la Comisión Esperanza trajo una pista al respecto: una voz anónima dijo haber visto a una joven similar en una fecha cercana a la desaparición. La chica se mostraba asustada, parecía estar escapando de algo y mencionaba un problema con un country. “La persona me dijo que la chica estaba como escapada de un manicomio”, agrega Cohen-Rua. “La vio venir corriendo desde el lado del country Campos de Álvarez hacia La Reja Chica, sucia y diciendo que una camioneta la perseguía. La persona que nos llamó estaba muy asustada y no dejó un teléfono, pero prometió volver a llamar”. Es el primer dato que aparece desde su desaparición, hace ya más de seis meses.