Pesquisas

Valeri Tchestnykh: la historia de un hombre en busca de su hija

De mirada encendida, manos fuertes y contextura delgada, Valeri Tchestnykh parece haber sido burlado por el Diablo. El 13 de abril de 1999, cuando llegó a la Argentina desde Rusia, creía estar aterrizando en un suelo firme donde podría echar raíces y mantener a sus hijos alejados de la muerte, que se imponía en territorio checheno desde 1991. Con la caída de la Unión Soviética, los pequeños jerarcas de la patria chechena entendían que debían liberarse, pero los hombres fuertes del Kremlin no opinaban lo mismo. La guerra duró, al menos, diez años y la tensión todavía continúa. Los tres hijos varones de la familia Tchestnykh ya eran adolescentes cuando el fin del milenio estaba cerca y el débil armisticio logrado en Chechenia se resquebrajaba a paso firme.

Valeri, el padre, conocía bien la disciplina del ejército ruso y sus imperativos. Su paso por el servicio militar en Baikonur, la base espacial más vieja y más grande del mundo -asentada sobre territorio kazajistano-, había sido duro, pero lo que veía en la televisión rusa de la década de 1990 era peor: jóvenes soldados del poderoso ejército que había tomado Berlín en 1945 mendigaban comida, débiles marineros de una armada que enviaba submarinos nucleares a navegar por las aguas del mundo morían de hambre. Valeri supo que debía alejar a sus hijos del servicio militar obligatorio de ese ejército, que pronto marcharía a la Segunda Guerra de Chechenia, inexorable.

El conflicto se reabrió en septiembre de 1999, luego de una oleada de atentados que  destruyó edificios de viviendas en Moscú, Buynask, Volgodonsk y San Petesburgo. Vladimir Putin logró entonces el permiso del Parlamento para enviar 30 mil soldados al polvorín del Cáucaso, donde serían recibidos con un baño de sangre.

Pero seis meses antes de que eso ocurriera, Valeri Tchestnykh ya había decidido emigrar con toda su familia (que, además de los tres varones, incluía a una mujer, Vera). Como los viejos inmigrantes rusos del siglo XIX, los Tchestnykh habían pensado en tres posibles destinos, muy en boga para sus ancestros de cien años atrás: Canadá, Australia y Argentina. Descartaron los primeros dos porque les resultaban caros y les exigían un examen de inglés. Argentina, en cambio, no les pedía demasiado. Pero tampoco les decía demasiado su nombre.

“No sabía nada de Argentina antes de venir”, cuenta Valeri, a la mesa de un café de la calle Corrientes, con su diccionario ruso/español a mano y su dicción dura, pero voluntariosa. En Rusia nunca se había fijado en el virtuoso juego de Maradona ni en la música de Gardel, ni tampoco había reparado en la gesta del Che Guevara. Valeri no sabía que estaba viajando al país que en la década del 1970 era conocido como el país de los desaparecidos. “Tenía un amigo en Moscú, su cuñado vivía acá y tenía una cadena de lavaderos con la que vivía muy bien”, cuenta, en cambio. “Además, con mi mujer habíamos estado de vacaciones en los países del sur de la ex Unión Soviética, Kazajistán y Turkmenistán, y también en Turquía y en Dubai. En esos países las frutas eran muy baratas. Pensaba que en Argentina, un país sudamericano, las frutas también iban a estar baratas y que la carne iba a ser abundante. Pero cuando llegué me sorprendí de que la banana en Moscú fuera más barata que acá”.

***

Lo improvisado del viaje sorprende a la luz de los hechos, pero en aquellos días de 1999 la familia Tchestnykh era una familia feliz que había cambiado el centro atómico y las autopistas cargadas del barrio de Jimki, en las afueras de Moscú, por la seguridad de una casa chorizo en la calle 24 de Noviembre que, bajo la mano cuidadosa de Ludmila Kasian –la mujer de Valeri- se veía, se sentía y hasta olía como una casa eslava. Afuera, el tráfico. Afuera, la noche densa del barrio de Once. Afuera, un país a punto de estallar en un crack bancario inédito y en el que-se-vayan-todos. Pero no importaba. Los Tchestnykh estaban adentro, todos juntos.

Valeri trabajó sin parar desde que llegó: fue obrero, agente de seguridad privada y finalmente taxista. Con el paso del tiempo, pareciera que el Diablo se hubiera burlado de él: a diez años de haber aterrizado en Argentina, sus tres hijos siguen a su lado y evitaron su paso por Chechenia, pero las dos mujeres de su familia, la madre Ludmila Kasian –de quien terminó separándose- y la hija Vera, ya no están. La primera fue asesinada el 13 de noviembre de 2010, en su hogar, víctima de un crimen oscuro que debe ser investigado a conciencia. La segunda había desaparecido antes, el 6 de mayo, cuando salió a caminar por Moreno, adonde estaban viviendo, y nunca más volvió: otro caso que merece urgente atención.

Sobre el “cafecito” que pide con ese acento cocoliche y que casi no toca porque habla sin parar, Valeri, entonces, se convierte en un hombre asediado por el horror.

A pesar de que es un ingeniero civil educado en un país de vanguardia, trabaja en su taxi, recorriendo las calles porteñas de siete de la mañana a once de la noche, de lunes a lunes (y se queja porque en algunos medios lo señalaron como dueño de una flota de taxis: “Es mentira”). Al volante recibió las peores noticias de su vida –esas que, aunque los investigadores insistan, él no cree conectadas-: “En estos últimos días estoy muy desesperanzado… Con Vera tengo sólo dos opciones. La peor es que ya la mataron. La otra, que le da calor a mi alma, es que está secuestrada. Cuando hicimos la denuncia en la policía, me dijeron que se habría ido con unos amigos y que ya iba a volver. Pero yo no pensé lo mismo. Con respecto a la mamá, la policía me dijo que fue una ejecución. ¿Para qué? Ludmila no tenía dinero ni era jefa de nadie. Yo pienso que entraron a robar y como no había dinero se volvieron locos y la mataron. Pero es mi opinión… tal vez haya algo que no sé. Este es un drama que cambió mi vida, que destruyó todo. Fue una masacre, no hay otra palabra para describirlo”.

El inmigrante se quiebra en el relato y no comprende qué es lo que está pasando a su alrededor, con su familia. O por qué los investigadores –que se concentran en la fiscalía de delitos complejos de Mercedes, bajo el mando del fiscal Juan Ignacio Bidone- sí sospechan que los incidentes se relacionan entre sí (incluyendo un supuesto intento de robo en la casa de Moreno, que terminó con un balazo en el cuerpo de uno de los hijos de Tchestnykh) e interrogan con esmero a los miembros de la familia.

***

“Vera no aparece desde ayer”, fue lo que le dijo Ludmila cuando lo llamó el 7 de mayo de 2010. Valeri lo recuerda como si fuera un sueño pesadillesco. Y habla de la búsqueda infructuosa y de las esperanzas que se consumen con el paso del tiempo; pero también del asunto de un tal Mijail, que le prestó mil pesos a Vera en la biblioteca de la Casa de Rusia, un asunto que para él no tiene nada que ver con la desaparición, pero que tampoco puede explicar por completo porque no sabe para qué quería el dinero su hija.

En su relato el padre se avejenta con el peso de su drama. Evoca los choques que vivieron Vera y Ludmila cuando la madre volvió de Rusia (luego de un viaje que se había prolongado demasiado, entre 2003 y 2009, y que había producido la separación de la pareja). Entonces Vera ya era grande y tenía carácter fuerte, como su madre. Valeri habla luego del arpa, que le sacó llagas en los dedos a su niña cuando la tomó por primera vez a los 12 años, para dominarla con sus maestros moscovitas, que le enseñaron el secreto de la armonía para que ella pudiera resolver en tres años lo que a sus compañeros argentinos les llevaba ocho en el conservatorio. Y habla su padre de las piezas clásicas de Mozart que ella escuchaba, y de la arcilla que moldeaba y de la madera que tallaba. Valeri se cruza también con la historia de Anastasia, el movimiento ecologista y new-age de raíz eslava al que Vera se había acercado a través de los libros y con el que a veces se convencía de volver a Rusia para vivir en una aldea rural. “Pero claro, una cosa es decirlo y otra es hacerlo”, se justifica el padre.

Y los libros… ¡Ah, los libros! Páginas y páginas impresas con letras cirílicas o latinas, llevando el mensaje de la historia o de la literatura: un tesoro para sus ojos verdes. “Vera conocía muy bien la historia rusa en todas sus versiones y también la historia argentina”, dice el padre. “Yo no he leído como ella. Incluso había leído la historia de Rusia de Nikolái Karamzín, un famoso escritor de principios del siglo XIX. Vera no hablaba con nadie, pero tenía un mundo interior muy grande”.

Desconsolado, Valeri recuerda cuando le ofrecía a Vera un préstamo para iniciar un emprendimiento y Vera le respondía que lo iba a pensar. “Me tengo que buscar algo para hacer…”, decía.

Pero antes de que pudiera darle una respuesta, se la llevaron.

De algún modo y luego de una hora, Valeri se ha bebido su “cafecito”. Su diccionario reposa al lado de la taza. Casi no lo ha tocado. Sólo lo necesitó para decir “casualmente” y “aburrirse”. Para alguien que aprendió a hablar en español a la fuerza, es notable. Por su lado, Vera ya había dejado su diccionario hacía rato. Ella hablaba español de corrido. A veces los hijos, que se salvaron del terror de los chechenos, le preguntan a Valeri para qué vinieron a la Argentina. “Si uno supiera lo que iba a pasar…”, se excusa él. Ellos, entonces, se distienden. Admiten que ya están habituados a Buenos Aires y reconocen que si volvieran a Moscú tendrían que empezar todo de nuevo.

Sin embargo, Valeri sabe que ya no puede irse de ninguna manera. No, por lo menos, hasta descubrir qué fue lo que pasó con la madre de sus hijos y –todavía más importante- a dónde está Vera.