Crimen y Castigo

Carrascosa dice adiós: memoria de su último día en libertad

Country Náutico C.U.B.E., Escobar, 19 de junio de 2009.  “Me dicen de la guardia que vienen por un trámite judicial. Yo veo un sólo policía por la ventana así que vendrán por alguna notificación, voy a hablar con él. Ah no… son como ocho y traen una máquina de escribir. Me vienen a buscar. Te tengo que cortar”.

Así interrumpió su última comunicación telefónica Carlos Carrascosa, después de que el Tribunal de Casación bonaerense lo condenara a prisión perpetua por el crimen de su mujer, María Marta García Belsunce. Desde entonces está detenido en el penal de Campana, aunque sus abogados reclaman que se le otorgue el beneficio de la prisión domiciliaria debido a sus problemas de salud.

A las 15:58 horas de aquella tarde soleada de otoño los efectivos de  la comisaría de Escobar golpearon la puerta de la casa donde el viudo vivía junto a su amigo Héctor Liñeiro. Traían una orden de detención y allanamiento. Carrascosa estaba junto a una prima y una sobrina tomando mate en los sillones del living, y fue él mismo quien le abrió la puerta a los policías. Miró la orden y distinguió dos firmas que ya conocía: las de dos de los jueces que estuvieron a cargo de su juicio. Antes de ingresar, los policías buscaron a dos hombres para que sean testigos. Luego revisaron la casa. La sobrina y la prima se ocuparon de prepararle al viudo el bolso, pequeño y de lona negra, dónde él les pidió que pusieran los remedios, una manta de tela pólar, un suéter, ropa interior, un cepillo de dientes, el libro “Zapatos italianos” de Henning Mankell (que había comprado el día anterior) y un portarretratos con la foto de María Marta.

El viudo se sentó en la mesa del comedor, que tenía un colorido mantel traído de Salta, donde uno de los oficiales instaló la notebook y la impresora para la realización del acta. Carrascosa, vestido con un jean claro, una camisa celeste y un amplio suéter azul, se desparramó en una silla, prendió un cigarrillo negro y recibió el vaso de agua que le acercaron. Con el pelo crecido pero prolijamente peinado, esperó con tranquilidad a que terminaran de escribir. Su prima y su sobrina lo acompañaron en silencio, sin poder disimular la angustia. La tarde comenzaba a caer y, con la única luminaria de las luces que estaban sobre la mesa donde tipeaba el agente, el ambiente se sumía en la penumbra.

En ese momento llegó de trabajar Liñeiro y se encontró con el operativo policial en su casa. “Te aviso que me llevo tu dentífrico porque el mío se me terminó”, le dijo el viudo a su amigo, antes de abrazarse. Carrascosa volvió a la silla. El oficial le dijo que el acta estaba lista y le preguntó si la podía firmar. El viudo pidió leerla: “Hay tiempo, ¿no?”, preguntó. El oficial sonrió. Carrascosa prendió un cigarrillo y se puso a leer el papel en el que se deja sentado que una vez más regresaba tras las rejas. “Le recomiendo que no lleve nada de valor ni celulares porque se los van a sacar antes de ingresar”, le aconsejó el jefe del operativo. Pero Carrascosa lo interrumpió: “Dejo acá los documentos, la plata y el celular. Ya sé todo. Es la tercera vez que voy. Sólo llevo las cosas de higiene, un abrigo, una manta, un libro que me compré ayer y la foto de mi mujer”, le dijo sin ironía y con resignación.

El mate y el termo habían quedado en la mesa ratona. Por la tarde lo había llamado el compañero con el que compartió la celda durante los treinta y cinco días que estuvo detenido en el penal de Campana, para decirle que era un injusticia que tuviera que volver y que en el pabellón de ellos estaba también José Arce, el hombre acusado de pagar para asesinar a su esposa. En la bacha estaban los platos del mediodía con los que Carrascosa había servido unos fideos, sin saber que esa noche ya no comería en su casa.

La casa continuaba en penumbras. Liñeiro caminaba de un lado a otro. La prima no se movía de la silla, sentada junto a Carrascosa, que calculaba que el domingo -Día del Padre- sería día de visita. Luego le pidió a las mujeres que le avisen a la familia y a los amigos que iba a estar en la DDI de San Isidro, un lugar que ya conocía, y que le dijeran a todos que estaba tranquilo. (Y así parecía: ni su gesto ni su tono de voz estaban alterados).

Los agentes imprimieron el acta y Carrascosa la firmó antes que el resto de los testigos, mientras el efectivo cerraba la computadora y enrollaba el cable de la impresora. Los policías comenzaron a ponerse de pie: no fueron necesarias las palabras para que Carrascosa entendiera que había llegado el momento de irse. Se abrazó con su prima y con su sobrina y saludó al amigo que lo alojaba en su casa desde poco después del crimen. El encargado del procedimiento se acercó y le explicó que debía esposarlo; era parte del procedimiento. Carrascosa estiró sus brazos y puso sus manos en forma paralela para que le colocaran las esposas, una vez más dijo que ya lo sabía, que tampoco era la primera vez que se las ponían.

Con el mismo gesto de tranquilidad que había tenido mientras se realizaban los trámites de su detención se fue de la casa acompañado por la policía. Los efectivos se subieron a los tres patrulleros que acompañarían a la camioneta en la que estaba el detenido, pero se dieron cuenta que faltaba el bolso: el amigo se los alcanzó y partieron.

*

Héctor Liñeiro es el mismo amigo que hoy se ocupa cada semana de llevarle los medicamentos y la comida. Según los médicos, Carlos Carrascosa sufre un taponamiento en su arteria carótida, que podría derivar en un accidente cerebro vascular (lo mismo por lo que fue intervenido el ex presidente Néstor Kircner). Según sus abogados su detención es arbitraria y por eso apelaron a la Corte Suprema, pero también hicieron la denuncia en la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Mientras tanto, Carrascosa sigue leyendo todos los libros que le acercan a su “camarote” (como llama a su celda, recordando sus épocas de marino mercante), pero tiene uno de cabecera: “Cinco panes y dos peces”, del arzobispo François Xavier Nguyen van Thuan, donde relata como soportó un encierro de trece años como preso político en Vietnam.

Links:

Primer fallo para Carrascosa: condenado a cinco años por encubrimiento agravado.

Segundo fallo para Carrascosa: condenado a perpetua por el homicidio.

“Todavía se puede saber qué pasó”, una entrevista de María Ripetta con Carlos Carrascosa, en Perfil (24 de junio de 2007).

Así mataron a María Marta García Belsunce (infografía de Clarín).

María Helena Ripetta trabaja en el Diario Crónica y también escribió periodismo policial en los diarios Crítica de la Argentina, Perfil y La Nación. Estudió en la Universidad Nacional de La Plata y realizó el master de Peridismo del diario La Nacion y la Universidad Di Tella.