Memoria del crimen

Eugenio Zappietro (a) Ray Collins: historia e historieta del crimen

La lucha eterna entre la ley y el hampa se da más allá, no muy lejos, en los varios metros cuadrados del Museo Policial. Pero en la oficina del director todo está bajo control. El comisario inspector Eugenio Zappietro, que ocupa el puesto de Jefe de la División Museo Policial e Investigaciones Históricas, cuenta que el proyecto del Museo se inició en 1892 y que recién se concretó en 1899, pocos años después de la inauguración del museo de Scotland Yard, que es el más antiguo del mundo. Durante más de un siglo, algunas de las esquirlas de aquella guerra entre la ley y el hampa han encontrado su destino final detrás de estas vitrinas. Aquí, en el séptimo piso de San Martín 353, se encuentran –entre muchas otras piezas- los revólveres de Severino Di Giovanni; la cédula de identidad número 1, otorgada en 1907 a José Rossi; los célebres restos descuartizados de François Farbos, de Alcira Metygher, de Virginia Donatelli y de Arturo Conrado Schneider, todos reproducidos en yeso; y una carterita de hilo tejida por el vindicador Simón Radowitzky. Los retratos custodian las amplias salas: los de Evaristo Meneses y José Sixto Álvarez –también conocido como Fray Mocho-, pero también el Petiso Orejudo.

El director del Museo es uno de los autores del libro que cuenta la historia de la Policía Federal desde el año 1580, pero sus ojos, que brillan por detrás de un par de lentes gruesos, chispean también con la llama del cómic: Zappietro es un héroe oculto de la historieta nacional. Zappietro es Ray Collins, el guionista de mil y una series que despuntaron entre los años ’60 y los ‘80.

Algunas de las piezas de Ray Collins deberían ingresar, también, en un museo: fueron publicadas en las revistas más exitosas de la Editorial Columba (El Tony, Fantasía y D’Artagnan), que vendían unos 250 mil ejemplares por semana a mediados de la década de 1970, y también fueron firmadas con otros pseudónimos, que las hacen imposible de compilar. Zappietro publicó sus historias en miles de páginas. Guionó las series de Joe Gatillo, Johnny Rosco, Garret, Los Vikingos, Larry Mannino, El Cobra, Skorpio, Henda, Mandy Riley, Black Soldier, Larrigan, El Corso… Firmó fotonovelas en las revistas Leoplán, Vosotras y Para Ti. Y, por si fuera poco, escribió algunas novelas. Una de ellas, Tiempo de morir, fue finalista en el Premio Planeta de España, en 1967.

Pero su obra máxima es Precinto 56, “una de policías” protagonizada por el sargento Zero Galván, que el italiano Hugo Pratt –creador del Corto Maltés y verdadera leyenda del cómic mundial- le encargó el día en que Garret, una de cowboys, se le antojó triste y amarga.

– Hacete una policial- le dijo Pratt, que entonces vivía en la Argentina y dirigía la revista Misterix.

– ¿Pero cómo la querés?- preguntó Zappietro, sorprendido.

– Vos sabés bien cómo la quiero.

Basado en la música de la serie La ciudad desnuda, que a su vez venía de una película de 1948 con Barry Fitzgerald, que a su recontravez se había inspirado en un libro de fotografías del reportero Weegee, de 1945, Zappietro hizo Precinto 56, “que curiosamente es el único precinto que no hay en Nueva York, pero eso yo lo descubrí después, porque a Nueva York nunca fui”, agrega ahora, detrás de su escritorio, en el Museo Policial.

– ¿Usó algo de su experiencia policial para escribir Precinto 56?

– Si le dijera que no sería mentira. Porque después de diez años de comisaría, uno se impregna de lo que pasa. A uno le llega de todo y se convierte en un psicólogo aficionado que sabe de los comportamientos humanos y se da cuenta, cuando alguien le hace denuncia, de lo que es verdad y de lo que es mentira.

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Si Pratt fue “uno de los más grandes guionistas”, Héctor Germán Oesterheld fue, para Zappietro, “un poeta”. Y además, autor de Mort Cinder, una de las obras preferidas del comisario. “Yo tuve la suerte de conocer al Viejo, como le decíamos cariñosamente”, sigue Zappietro. “Y he tenido conversaciones con él de las que aprendí mucho. Por ejemplo, a trabajar los personajes por dentro, algo que se nota mucho en Ernie Pike”. Ray Collins continuó algunas historias del creador de El Eternauta, antes y también después de que aquel –que militaba en Montoneros- fuera secuestrado, en el oscuro otoño de 1977: Santos Palma, Loco Sexton, El Indio Suárez y Nekrodamus fueron algunas. “Me quedo con la integridad de sus personajes, con eso de que no se venden”, agrega. “Porque hay un poco de idealismo en la historieta: todavía creemos en la palabra dada y en la dignidad”.

Hacia 1978 se supone que Oesterheld fue asesinado. A Zappietro se le nublan sus ojos azules. “Eso fue un misterio, y no lo digo para sacarme el peso de encima”, evoca. “Pratt me preguntó en ese momento si sabía algo y yo le dije que no sabía cómo había sido, ni quién. Porque el ‘quién’ podría parecer fácil de saber. Y sin embargo no lo pude saber. Vivíamos en un tiempo difícil, en una olla a presión. Qué encrucijada… Oesterheld por un lado, yo por el otro. Parecía una encrucijada digna de una novela de Graham Greene, pero fue en serio y terrible. El desastre era cuestión de todos los días. Y no hay nada peor que la muerte real”.

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Hace poco, el comisario, que es del ’36, festejó los cincuenta años de su primera historieta publicada. Un par más lleva, incluso, de vida policial. “Le daba a mi trabajo de policía la misma intensidad que al de escritor de la editorial Abril, donde trabajé unos cuantos años”, dice. En un momento los planetas se alinearon y pasó a trabajar en el área de comunicación de la Federal y a dirigir la revista Mundo Policial en horas francas de servicio (un hobbie que duró quince años). “Usted me pregunta por mi capacidad de trabajo. Tengo un privilegio: a los once años mi padre me envió a las Academias Pitman. Egresé dando las cincuenta palabras que había que dar en el examen, entre cuarenta y cinco y cincuenta palabras por minuto. Pagaba tres pesos por mes. Estudié once meses. Todo esto me costó treinta y tres pesos. Y llegó un momento en el que aprendí a pensar a máquina, como un automatismo”.

Así, a máquina, estará pensando su nuevo libro, una novela de Precinto 56 que todavía no está terminada. Así también habrá elaborado su historia anterior: un policial –que todavía no llegó a corrección- ambientado en la Buenos Aires de la fiebre amarilla. “A veces escribir es una necesidad, aunque no publique lo que haga”, asegura Zappietro (a) Ray Collins.

La charla continuará durante algún rato. El director del museo se irá por las ramas, trazará firuletes discursivos y volverá al tema principal. Hablará de detectives legendarios (y reales) y de dibujantes inolvidables. De la vocación y de la inspiración. De la bohemia y del servicio. Y en un momento, antes de contar que en 1959 el director de la editorial Abril le dijo “Búsquese un nombre de fantasía, en lo posible que sea americano o inglés” porque estaba a punto de entregarle la historieta Joe Gatillo y el guionista debía llevar un nombre anglosajón (y así apareció, prístino e imprevisible, el pseudónimo de “Ray Collins”); antes de desembuchar toda esa historia, entonces, será cuando Zappietro se acomode los lentes, espante a los fantasmas hampones del Museo Policial de un manotazo y reflexione sobre el oficio que lo ha convertido en un policía diferente: “Uno escribe porque hay algo que no puede explicar”, dirá. “Porque ahí, en algún lugar suyo, hay un misterio que contar”.

Links:

– Leila Guerriero escribe sobre Eugenio Zappietro en el diario La Nación.

– Un artículo sobre Ray Collins en Tebeosfera.

– Un artículo sobre Ray Collins en Replicante.