Cuerpos

Vuelve “Forenses. Cuerpos que hablan”

Que los cuerpos hablaran –como pedía el subtítulo de nuestro programa- no era difícil. Los médicos y los peritos ya lo habían conseguido ante la Justicia. Lo difícil era que la historia que debíamos contar en televisión recogiera todas las pistas. Éramos una quincena de productores los que nos juntamos el primer día de trabajo, cuando “Forenses. Cuerpos que hablan” todavía tenía más de proyecto que de realidad. En el inicio, Javier Zilberman -un productor ejecutivo algo nervioso, pero prolijo y de ánimos conciliadores- y Esther Feldman –la jefa de contenidos, una guionista de excepción que exigía y enseñaba- nos juntaron en la que sería nuestra oficina de Ideas del Sur y nos pusieron un tape de “Autopsy”. Durante media hora miramos en un pequeño televisor nuestro futuro de ciencia y muerte.

A la larga, hacer “Forenses. Cuerpos que hablan” fue apasionante y revelador, pero también fue agotador. Durante ocho meses –entre abril y diciembre de 2005- nos juntamos con policías de todas las jerarquías, con médicos de todas las especialidades forenses, con fiscales y jueces, con testigos y con los deudos desgraciados de las víctimas de los homicidios; es decir, de los protagonistas de nuestros informes.

El mundo de la criminalística se abría para nosotros como un túnel que debimos aprender a transitar con algo de intuición y algo de formalidad. Hubo momentos en los que las cartas que redactábamos con elegancia se estrellaban contra los faxes oficiales, pero también hubo otros en los que nos encontramos grabando en una dependencia de la policía bonaerense, sin más trámites que la palabra empeñada.

Los productores trabajábamos en pareja y cada cual tenía sus fuentes. En una coqueta oficina de los altos del Ministerio de Seguridad Bonaerense, el comisario mayor Osvaldo Seisdedos, titular de la Dirección General de Investigaciones, nos recibió en unas pocas ocasiones a Claudia Abregú y a mí (que trabajábamos juntos) para contarnos historias oscuras donde los investigadores habían encontrado un final feliz. Lo hacía con un mate en la mano, con pizcas de canela y azúcar.

Seisdedos hablaba bajo y no sonreía. Ese tipo, que pocos meses después se iría salpicado por el robo al Banco Río de Acasusso en una purga que también dejaría afuera de la fuerza a otros 113 altos mandos, podía darnos lo que nos desvelaba: videos de pericias, acceso a testimonios, fotografías exclusivas. El “Sargento Termo” entraba a la oficina cada diez minutos a cebar el mate. Le cambiaba la canela, le agregaba azúcar y se iba. La charla continuaba: por momentos el jefe de los detectives cedía ante nuestras intenciones, por momentos se recluía en el acorazado de la burocracia.

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A veces aparecían tipos valiosos. El fiscal Rubén Sarlo se entusiasmó con nuestro trabajo y nos abrió las puertas de algunos de sus casos más interesantes. El perito psiquiatra  Daniel Silva fue concluyente en sus testimonios y revelador en sus conceptos. El comisario Rodríguez, del área de comunicación social de la Policía Federal, recordó con la ayuda de nuestra investigación la cacería que había practicado sobre un homicida. La célebre jueza de menores Irma Lima nos recibió con un café caliente al tiempo que su marido, un viejo pincharrata, nos contaba anécdotas y tradiciones de su amado club Estudiantes. La doctora Marta Maldonado, perito odontóloga, nos iluminó con la sonrisa de los muertos. El capitán D.L., de una DDI de la provincia de Buenos Aires, se ganó la difícil admiración de camarógrafos y productores cuando disparó su pistola al suelo dos veces para darnos las vainas que nos habíamos olvidado en la grabación de una escena. Y Johnny Tedesco, jefe del Gabinete de Homicidios de la DDI de La Plata, se presentó como el mejor contador de historias de la fuerza cada vez que se animó a recordar, con un cigarrillo que reposaba en una calavera de plástico que hacía de cenicero.

Tedesco era un tipo sencillo, bonachón, que le caía bien incluso a los asesinos. No olvido sus historias: aquella noche que un superior lo arrastró de copas contra su voluntad; aquel cuádruple crimen que lo mortificó hasta las lágrimas cuando desenterró los cadáveres de dos niños que le recordaban por la edad a sus hijas; aquella tarde caliente del 20 de diciembre de 2001 en que las calles del conurbano se habían transformado en un campo de batalla imposible entre hermanos…

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Ese primer día de trabajo conocí a Claudia Abregú después de ver “Autopsy”. Le decían “la Turca”: sus rasgos no le dejaban otro alias. Ella sería mi pareja en la producción durante los siguientes ocho meses (e incluso más, cuando tuviéramos que sumarnos al programa “Fiscales”, conducido por María Laura Santillán). Se presentó diciéndome que venía de trabajar con Mauro Viale, con Chiche Gelblung y con Daniel Hadad: a diferencia mía, era un verdadero animal de televisión. Durante todos aquellos meses su obsesión por los resultados y su presión exagerada para consigo misma me resultaron perturbadoras. Pero el tiempo me ayudó a ver lo bueno: al lado de la Turca aprendí ciertos trucos de producción periodística, pero, más que nada, aprendí a perseverar.

En el equipo de producción de “Forenses” también militaban dos figuras actuales del periodismo policial televisivo: Mauro Sztajnszrajber –reconvertido en Mauro Szeta– y Paulo Kablan. Los dos sabían bien de qué se trataba la materia y pronto se convirtieron en los productores estrella. Mauro había trabajado en Diario Popular y en Télam hasta que se inició en la producción televisiva en “Ser urbano”. Después de haber dejado su Gualeguay natal, Paulo se había asentado en La Plata, donde se ocupaba de la edición de los policiales del diario El Día en una oficina antigua y oscura, con pisos crujientes de madera y paredes tapizadas en recortes, donde resonaba una radio que intervenía la frecuencia policial y se confundía con los relatores de fútbol de la AM.

El equipo de producción estaba coordinado por Nacho Ramírez, un gladiador que se había reunido unas cuantas veces con el médico forense Osvaldo Raffo para convencerlo de que condujera el programa junto al criminólogo y ex policía Raúl Torre, y para ver los videos de autopsias que aquellos podían aportar.

Raffo y Torre aparecían en la productora de vez en cuando y se cruzaban como en un sueño con las estrellas que invitaba Marcelo Tinelli y que deambulaban con glamour. A veces los conductores hacían comentarios sobre lo que veían en el crudo de “Forenses”, pero no les quedaba más remedio que resignarse. “Está bien, ustedes son los que saben de televisión… Yo sólo sé de crímenes”, aceptó un día Torre.

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“Forenses” me dejó en las manos las fojas inútiles de una de las historias más tristes que conocí. No me refiero al pai umbanda que descuartizó a una profesora para instalarse a vivir en su casa; ni al cruel asesino que metió en un freezer a sus dos víctimas ganaderas para desconcertar a los forenses; ni tampoco al estúpido hombre que asesinó a su amante y llamó a un remís para cargar el televisor que se robó después.

En cambio, hablo del caso de dos jubilados porteños que, acosados por las deudas, la falta de trabajo y la muerte de un único hijo, terminaron sus días en un espanto profundo cuando él le descerrajó un disparo a ella mientras dormía y luego se perdió en la Reserva Ecológica, para quitarse la vida y ser hallado tres años más tarde; puro esqueleto. La carta que escribió el viejo antes del fin estaba archivada en un expediente, en Tribunales: encontrarla fue un pequeño éxito profesional; pero leerla fue un trance hondo y angustiante.

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El trabajo de “Forenses” no hubiera sido posible sin los aventones de Miguel y de Emilio, los dos remiseros contratados a tiempo completo. Sus Fiat Duna (rojo el de Emilio, negro el de Miguel) surcaban cada día la ciudad y el conurbano en todas las direcciones posibles. Con el kilometraje, Miguel y Emilio se fueron transformando en nuestros consejeros y en nuestros confesores.

Eran dos tipos muy diferentes: Miguel promediaba los treinta y pico y estaba de licencia médica en una escuela donde daba clases (era una licencia falsa que le permitía mantener los dos trabajos a la vez). Cuando era adolescente, su novia había quedado embarazada. Su suegra le dijo entonces que entendía que eran niños, que él hiciera su vida y que ellos criarían al bebé. Pero Miguel, sorprendido ante una comprensión que no esperaba, no aceptó nada de eso. “Yo amo a su hija”, le dijo, “y nos vamos a casar”. Cuando me subí a su remís, Miguel ya tenía dos hijos.

Emilio, en cambio, había pasado ya los cincuenta. Llevaba encima un divorcio y solía recordar sus aventuras en España, donde había pasado 17 años rebuscándoselas. Y eso incluía, también, los viajes a la India, a los que iba con tecnología y de los que volvía con telas y especias.

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Recibo entonces la noticia de la repetición del programa con una sonrisa. Hace tiempo que quería volver a verlo. Me voy a estremecer y reconozco que es posible que en algún momento cambie de canal. Pero también sé que voy a recordar lo mejor de aquellos ocho meses de buena compañía y de trabajo duro, de entrega y de recompensa cotidiana.