Crimen y Castigo

Popó Brandán Juárez: uno de los Doce Apóstoles vuelve a caer

La fiscal Valeria Courtade –de la UFI 4 de Morón- tenía enfrente a Marcelo Brandán Juárez, de 43 años, alias Popó. El tipo había sido uno de los cabecillas del grupo de los Doce Apóstoles, que llevó a cabo el terrible motín de Sierra Chica en 1996. Aquella revuelta dejó ocho muertos y algunos mitos del horror tumbero, como las empanadas de carne humana y el fútbol con la cabeza decapitada.

De nuevo en libertad después de la prolongada oscuridad, el martes 25 de enero de 2011 Brandán secuestró al dueño de una fábrica de pañales y a otro tipo más, pero alguien dio aviso a la policía y lo que era un secuestro se transformó en un escape a los tiros que acabó de lleno contra un árbol. Junto a Brandán cayó otro tipo, un tal Gustavo Pedro Ferreyra, acaso otro de los Apóstoles con un nombre falso. Llevaban encima una vieja ametralladora Halcón (de moda entre los parapoliciales de la década de 1970) y una pistola Bersa calibre 9 milímetros. Cuando la fiscal Courtade le tomó declaración, Popó fue sincero: “Doña”, le dijo, “estoy preso desde que tengo 19 años… mucho no me importa volver a caer”.

A Popó la libertad le había durado apenas un par de meses. La sintió de nuevo en el rostro el 2 de octubre de 2010, cuando la Justicia entendió que su pena estaba agotada. Una década atrás había sido condenado por el motín con reclusión perpetua y accesoria por tiempo indeterminado, pero el Tribunal de Casación bonaerense equiparó su reclusión con prisión y computó el dos por uno. La perpetuidad para Popó, entonces, fueron 14 años.

En el año 2008 se publicaron dos libros sobre el motín: “Los 12 Apóstoles”, de Luis Beldi; y “XII Apóstoles”, de Gustavo Mura. Aunque la calidad de los trabajos es impar, ambos refieren nítidamente a Popó Brandán Juárez. Algunas líneas sueltas, entonces, pueden contribuir al dibujo del personaje:

“Nació el 28 de julio de 1967, es el cuarto de seis hermanos. Vivió hasta los ocho años en la villa de Retiro, luego se mudó a Ramos Mejía. A los 14 años ya robaba. A esa edad cayó preso por primera vez. ‘Era pibe y no pensaba lo que hacía, fueron errores de pendejo’, diría un tiempo después. […] A los 16 años se enamoró de Rosa, la mujer que sería tiempo después la madre de su único hijo. La relación fue inestable y finalizó dos años más tarde. A los 19 dejó de estar en las calles. Un tribunal de San Isidro lo condenó a dieciséis años por robos reiterados y tenencia de arma de guerra. […] En Semana Santa de 1996 tenía 28 años y ya había participado en revueltas carcelarias en Olmos y La Plata. […] El análisis psiquiátrico que le practicaron reveló ‘una personalidad egocéntrica, con rasgos narcisistas, irreflexivo, carece de sentimiento de culpa y no tiene interés por estudiar o trabajar’. […] Un interno de Sierra que lo conoce muy bien considera que se trata de ‘buen material humano para el delito: va al frente como los dioses’” (de “XII Apóstoles”, de Mura).

“[Era] un morocho de cara aindiada, bruto y descontrolado, adicto a las pastillas y a cualquier tipo de droga. Tenía varios apodos que definían su personalidad: ‘El loco’, ‘Falopa’ o ‘Popó’. […] Brandán era analfabeto y le gustaba rebelar a los presos del penal contra los jefes por reclamos por mejores condiciones en la cárcel. Los presos lo calificaban como un chamuyero, porque hablaba mal, pero hacía extensos discursos de reivindicación. Era feroz, pero no peleaba bien, había cobrado más de una vez. […] El paraguayo, que era ladino, sabía cómo manejar a Popó. Lo había elegido para que disparara y matara. Sería el chivo expiatorio y el que soportaría la carga de los asesinatos si algo fracasaba. Le hicieron creer que era el líder y uno de los presos más importantes. Popó, que era portador de vanidad, se creyó uno de los jefes” (de “Los 12 Apóstoles”, de Beldi).

En uno de los libros queda claro que Popó fue uno de los iniciadores del motín:

“Popó Brandán se arrimó a Echeverría con la sonrisa cínica del que le va a jugar una mala pasada. Lo miró fijo. El guardia, que estaba serio y seguro de su autoridad, le sostuvo la mirada. Se subió lentamente la camiseta de la selección argentina y le mostró la pistola que tenía en la cintura. […]

-Quedate quieto, cobani de mierda. Estás apretado, puto. Te movés y te ejecuto –le dijo con odio” (de “Los 12 Apóstoles”, de Beldi).

Durante el motín Brandán se contó entre los más duros, a tal punto que fue señalado como el autor de los ocho asesinatos que dejó la revuelta -o tal vez de la mayoría-. Popó fue, incluso, uno de los matadores del siniestro Agapito Lencina, un preso pesado que había llegado a Sierra Chica para desactivar desde adentro la conspiración tumbera:

“Cuando ellos entraron, muchos advirtieron olor a muerte. […] Brandán tenía un arma de fuego en la mano. Sin decir una palabra, con una mueca en el gesto, se ancló frente a la superbanda, y abarcó con su cuerpo prácticamente todo el ángulo de visión de los púrpura. Los siete presos más pesados del SPB se quedaron helados ante el abierto desafío que les planteaban cuatro de los XII Apóstoles” (de “XII Apóstoles”, de Mura).

“[Brandán] se paró frente a Agapito, que se sorprendió al ver el caño de la Ballester Rigaud ante sus ojos. Ladeó la cabeza por instinto y el disparo efectuado desde un metro le atravesó el pómulo izquierdo. Se levantó enceguecido para atacarlo, pero Popó lo tomó del cuello con un brazo y con la otra mano le pegó un tiro en el pecho. El correntino, con dos balas en el cuerpo, lo empujó con la fuerza sobrehumana del desesperado. […] Se volvió veloz, abriéndose paso con las dos facas para buscar la otra puerta del pabellón, la que da al patio […]. Popó intentó pegarle otro tiro cuando venía hacia él, pero Agapito no le dio tiempo de gatillar y le tajeó la mano. Dejó pasar al gigante lanzado en velocidad y le disparó dos veces por la espalda. […] Juan José Murgia Canteros, un preso desconocido hasta ese momento, estaba esperando al correntino con la faca en la mano a la salida del pabellón. Quería la gloria de ser su matador para ganarse respeto en todas las cárceles. Agapito apareció, agonizando de pie. A Murgia nadie le iba a arrebatar ese momento de fama: con un ademán parecido al golpe de revés de los tenistas, le cortó el cuello y abrió la yugular” (de “Los 12 Apóstoles”, de Beldi).