Memoria del crimen

Los fragmentos

Aquí, en el oscuro caserón que se alza en Montes de Oca 280, ocurrió todo. Aquí Jorge Eduardo Burgos conoció a Alcira Methyger. Tenían alrededor de veinte años y mal podrían imaginar el destino que les esperaba diez años más tarde, cuando hacia 1955 ambos protagonizaran una historia de amor, de locura y de muerte que tendría en vilo a la población y cuyos ecos lejanos me propongo rastrear.

La familia Burgos vivía en el 3ºE de este palacio apagado que se marchita con el paso de los días modernos. Se trata de una de esas construcciones señoriales que el Centenario y su epílogo regaron por la gran avenida del barrio de Constitución. En algún momento albergó a los señores más distinguidos del barrio, pero ahora es un nene con una pelota bajo el brazo el que abre el portón de hierro para salir a jugar y me dice: “¿Querés pasar?”. Sí. Estoy adentro. Atravieso el patio del frente, de baldosas cuadriculadas, y mi sombra se arrastra por los muros cubiertos de moho. El ascensor está trabado en su jaula y “Habiendo escalera á disposición del público el propietario no se responsabiliza de los accidentes que pueda ocasionar el uso del ascensor”: elijo las escaleras.

El tercer piso. La puerta E. Que es verde, como todas las demás, y es larga y está resquebrajada. El timbre no funciona, hay unos cables sueltos. Golpeo con mis nudillos. Toc-toc: ¿está el descuartizador?

*

Esta misma puerta verde traspasó Jorge Eduardo Burgos en algún momento de la recién iniciada década de 1940 con una sonrisa nerviosa que le hacía brillar su rostro regordete. Llevaba la pilcha impecable: él mismo había planchado los pantalones y la corbata; de la camisa se había ocupado la madre. Era su primera cita. Algunos pibes del barrio ya conocían a las chicas. Algunos, incluso, a las mujeres. Él, en cambio, venía hablando por teléfono con Alcira desde hacía un año. Se habían conocido en ese departamento tiempo atrás, cuando sus padres le alquilaban una habitación a una bordadora que tenía dos aprendices. Alcira había ido una semana a tomar lecciones con la señora. Se había cruzado con Jorge, pero no habían hablado.

Ella era salteña y había llegado a Buenos Aires cuando sus padres murieron. Una tía la recibió y la cuidó hasta que comenzó a hacer su propia vida. Alcira era rebelde y en pocos años más sería una mujer codiciada y decidida, pero entonces, con quince, era una muchachita vivaracha. Así comenzó lo de Jorge, como un juego. Lo llamaba por teléfono y, sin darse a conocer, lo seducía. Después de mucho tiempo ella misma se sintió atraída por el gordito: no tenía pinta, pero su biblioteca ostentaba más de mil volúmenes, sabía inglés y trabajaba con su padre desde los dieciséis años, vendiendo publicidad. A pesar de su modestia, Jorge era un buen partido y ella, aprendiz de bordadora, aceptó su invitación a pasear por el Parque Lezama.

Cuando se vieron, Jorge se preguntó cómo era que nunca se había fijado en ella. Caminaron por el Parque durante un rato largo. Charlaron. Se rieron. Él la quiso tomar del brazo, pero ella no lo dejó. Así y todo, ya estaba completamente enamorado cuando se despidieron.

Después de algunos meses, Jorge partió al servicio militar. Pasó un año en Entre Ríos y volvió sintiéndose un hombre. El primer día de regreso en Buenos Aires la llamó. Se encontraron en la Plaza Constitución y caminaron por Caseros hasta Vélez Sarsfield. En una placita él le contó de la vida en el cuartel y ella le dijo que trabajaba como doméstica. En un momento, Jorge recordó lo que le habían enseñado los colimbas: la tomó de las manos y se acercó lentamente a sus labios. Con el corazón palpitante, la besó. Sintió que atravesaba la prueba con gallardía cuando ella le pasó una mano por el cuello y lo correspondió.

Unos minutos después, Jorge dobló la apuesta: “Estuve pensando que nos deberíamos casar”, le dijo, romántico. Ya había hecho planes: trabajaría duro por dos años y después podrían comprar una casa propia. Pero Alcira le interrumpió con una mueca burlona: “¡Pobre de vos!”, ironizó. Le dijo que para casarse hacía falta plata y que él no tenía. Jorge le quiso explicar, pero no hubo modo de convencerla porque ella se reía con una risita aguda y odiosa.

La historia, en realidad, es una mala novela rosa (reiterativa y con pocos giros en su argumento) con un gran final de novela negra. Se titula Yo no maté a Alcira y la firmó Jorge desde la vieja Penitenciaría Nacional de la calle Las Heras. Es un librito de sesenta páginas publicado por Ediciones B.M. en 1955 y convertido en un best-seller de kiosco, donde Jorge pide a la sociedad un poco de compasión y trata de explicar cómo su tierno amor terminó convertido en uno de los casos más resonantes de la historia del crimen. “Cuando estaba con ella me sentía realmente como un niño”, anota. “Ella lo comprendió así y pronto me perdió todo respeto y me trató como a un ser inferior, consciente de la influencia que tuvo siempre sobre mí”. Y más adelante: “Un día estaba toda cariñosa y sumisa y al otro me ofendía sin ningún motivo”.

Durante una década Jorge y Alcira se amaron y se odiaron, se citaron y se olvidaron, se besaron y se carcomieron, se llenaron y se desgastaron, se compusieron y se apolillaron. Hubo amor y desamor, y un rencor frío que lo fue denigrando todo de a poco.

Hasta que el final llegó como el principio: ella lo llamó por teléfono. Él tenía treinta años y seguía viviendo con sus padres. Ella, que tenía veintiocho y continuaba como doméstica, le dijo que acababa de regresar de Mar del Plata, adonde había ido a trabajar en una casa. Desde hacía poco tiempo, Jorge y Alcira habían vuelto a estar de novios, o al menos eso creía él. Por eso no se sorprendió cuando ella le pidió que la pasara a buscar por la estación. Los padres de Jorge estaban en Necochea, de vacaciones, y con el departamento libre, él creyó que por fin iban a intimar y se puso tan nervioso como aquel día en que la besó por primera vez. Alcira ya era una mujer con experiencia, aunque él pretendía no enterarse. Hubiera querido que fuera la primera vez en el amor para ambos, pero él también le había entregado, hacía rato, su primera vez a cualquiera.

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¿Qué queda hoy del crimen de Alcira Methyger? Papel de diario amarillento, memorias difusas, material de consulta en el Museo Policial, una gran novela (Restos humanos, de Álvaro Abós) y un opaco vacío. Lo mismo que con el Petiso Orejudo: Jorge y Alcira se han transformado en una pequeña leyenda urbana e incluso un paseo turístico pasa por la puerta de Montes de Oca 280 luego de visitar México 1177 (donde vivía Yiya Murano) y Pasco 577 (donde Emilia Basil mató al hombre que la acosaba). Las hemerotecas guardan en tomos viejos y en microfilms los grandes titulares que contaron el horrible final de ese amor desvariado que los vespertinos de 1955 supieron narrar. Crítica, Noticias Gráficas y La Razón compitieron en busca de los datos más sensacionales.

Cuando llego al 3ºE de Montes de Oca 280 el halo de la historia me rodea. Golpeo la puerta y pienso, por un momento, que Jorge está del otro lado, con sus 86 años, esperándome para revivirlo todo.

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Ocurrió un día de verano: el 17 de febrero de 1955. El carnaval estaba por comenzar y no iba a quedar barrio sin risas ni reina sin corona en los corsos de los sindicatos y de los clubes. Los grandes bailes atraían a la gente: Aníbal Troilo tocaba en el Racing Club; la orquesta de Pugliese y Esteban, en Huracán. Perón iniciaba el último tramo de su segunda presidencia y seis meses más tarde sería derrocado. (En su último día, Jorge y Alcira parecían ajenos a su contexto, pero quizás no lo estuvieran tanto). La puerta al abismo se abrió con la forma de una carta, que él descubrió escondida en un libro de ella. Era una carta de amor. La letra varonil de un tal “Pascual” hacía suya a Alcira y la envolvía con pasión, como nunca le habría podido escribir Jorge, como nunca la habría podido amar. Sólo a la noche juntó el valor para mostrársela. Entonces vio, por primera vez, el pudor en sus ojos. Y luego, aquella fiereza bien conocida: “¡¿Quién te manda a vos a leer lo que no te interesa?!”, “¡¿Quién es este tipo?!”, “¡No tengo por qué darte ninguna explicación! ¿Qué querés? ¿Que me conformara con vos? ¿No te has mirado nunca a un espejo? ¡Infeliz!”. Y más.

Terminaron abalanzándose, aborreciéndose por última vez en una lucha sorda, animal. Ella quedó prendida de un dedo de él como un dogo rabioso. Jorge sólo pudo alejarla presionando su cuello y viendo cómo se enrojecía su rostro bonito. Alcira le sostuvo la mirada hasta que perdió el conocimiento y cayó, y él corrió al baño a lavarse la sangre del anular desgarrado. Cuando volvió a su habitación, la encontró desparramada en el suelo. Creyó que estaba desmayada, pero con fenesí se dio cuenta de que estaba muerta.

La historia es ahora una pieza de colección. Una reseña del Museo Policial la cuenta así: “Desesperado [Jorge] caviló sobre la forma de deshacerse del cadáver y evitar un disgusto a sus padres. Seis horas después llevó el cuerpo al baño colocándolo sobre la bañera y con un serrucho, un cuchillo de cocina y otro de mesa procedió a descuartizarlo, haciendo correr el agua de la canilla para eliminar la sangre. Bebiendo continuamente alcohol, terminó la macabra tarea a las diez de la mañana del día 18”.

Entonces cobra valor lo que el crítico Jorge B. Rivera escribe en el epílogo de Restos humanos: que Jorge y Alcira, en su pequeño horror doméstico, se convierten en “figuras premonitorias de un clima de opresión, crueldad, desencuentro y violencia que iría revelando sus tenebrosos laberintos desde las celebraciones banales de ese mediocre Carnaval de 1955”.

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El caso, que para Álvaro Abós es “el último crimen romántico”, también se convierte en la primera pesquisa científica. Jorge se transforma en un autómata despiadado, un monstruo loco que envuelve los fragmentos de su querida y los arroja por la ciudad. En los días siguientes se halla el torso en Martín Coronado, las piernas en Lugano y la cabeza y los brazos en el Riachuelo. Hoy, esos restos reproducidos en yeso se observan en una vitrina del Museo Policial: Alcira es un rompecabezas maldito.

Policías de sombrero y traje cruzado invaden las calles y los tugurios en busca de alguna pista. Entre ellos, personajes míticos como Evaristo Urricelqui y Evaristo Meneses. En su despacho del Museo Policial, el director Eugenio Zappietro recuerda al primero de ellos, que encabezaba la pesquisa. “Urricelqui era hijo de una pintora y había encontrado un sentido estético en la investigación del crimen”, dice. Zappietro es un hombre de la cultura y en 1974 incluyó un cuento de su admirado Urricelqui en 24 cuentos policiales argentinos, una antología de policías escritores. Para Urricelqui, no sería la única vez en las letras: luego de su retiro, narró algunas historias basadas en sus casos (como las de Sangre bajo la lupa), aunque el crimen de Methyger nunca lo inspiró para escribir.

“Cuando había un caso como el de Methyger, él vivía sólo para eso”, continúa Zappietro. Y no duda cuando tiene que evaluar su trabajo: “Urricelqui fue el mejor detective que tuvo la Policía Federal en los últimos sesenta años. Su competidor maldito era el crimen”.

El torso desmembrado de Alcira le dio la clave a los investigadores para desentrañar el pavoroso misterio del que hablaba la ciudad: una cicatriz en la clavícula se reveló en su singularidad. Un médico del hospital Argerich recordó entonces que había operado a una mujer atropellada por un jeep en 1954.

Esa mujer era Alcira Methyger.

El resto fue sencillo: su hermana, Ana Urbana, contó sobre Jorge. El comisario Urricelqui encabezó la redada contra el lobo suelto que desafiaba a la policía y que atormentaba a los porteños. Cuando los perros de la Federal llegaron a Montes de Oca 280 descubrieron que el descuartizador se había ido esa misma noche. Estaba viajando a Mar del Plata, y la partida policial alcanzó al tren a la altura de Maipú. Urricelqui lo abordó. Jorge pensaba en cualquier cosa, miraba por la ventana y no se dio cuenta de que el detective acababa de sentarse a su lado hasta que le cerró una esposa en la muñeca y le dijo, en un susurro: “¿Por qué la mataste?”.

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Para mi desilusión, una mujer me grita desde el otro lado de la puerta que ahí, en el 3ºE, ya no vive ningún Jorge Eduardo Burgos. “Murió hace ocho años”, me dice. “Era un viejo que se dedicaba a lustrar muebles y que vivía solo. No sé nada más”. Es que el barrio no lo recuerda: con su bastón, su sordera (resultado de los golpes que había recibido en los nueve años tras las rejas) y su prédica evangelista (otro souvenir carcelero) paseaba como un vecino anónimo. Los titulares de aquel verano lo trataron de “tímido”, “enamorado”, “audaz”, “astuto”, “pobre infeliz” y “feroz asesino”; y aun Perón elevó una carta al jefe de la Policía para aplaudir su captura.

De Alcira, en cambio, nadie dijo nada.

(Una versión de esta nota apareció en la revista Ñ el día 12 de febrero de 2011)

Links:

– Una nota de Álvaro Abós en La Nación.

– Una nota de Ricardo Canaletti en Clarín.

– “Alcira, la salteña que fue descuartizada en el barrio de Barracas”, en El Tribuno.