Pesquisas

Las bellas artes del crimen

Nicolás De Sousa no tenía en su biblioteca un ejemplar de “Del asesinato considerado como una de las bellas artes”, aquel irónico ensayo del escritor victoriano Thomas De Quincey, pero en cambio, y como buen hijo de un galerista de arte reconocido, De Sousa  sí tenía un libro grande con algunas reproducciones de las obras de Vito Campanella, el pintor surrealista que algunos consideran el “Dalí argentino”. En “Liberación de la forma metafísica”, un óleo de 1998, Campanella representó a una mujer con una cabeza de madera, redonda y sin rasgos. El asesinato puede estar cerca de las bellas artes, pero jamás será una de ellas: los investigadores lo supieron cuando, no muy lejos del libro de Campanella, encontraron el cuerpo sin vida de Antonia Zárate Mendoza, una joven paraguaya de 28 años asesinada de un modo espantoso, bajo la inspiración del cuadro de Campanella.

La mujer había sido muerta un día antes, el 22 de agosto de 2004. Su rostro estaba completamente cubierto por cinta de embalar: le habían dado vueltas y vueltas a su cabeza hasta asfixiarla. También habían inmovilizado con cinta adhesiva sus tobillos y sus muñecas. Llevaba apenas una bombacha cuando fue hallada. Nicolás De Sousa, en cambio, estaba vestido. Desde el primer momento los sabuesos creyeron que a él –que era el novio de Zárate- lo habían matado primero, con dos golpes de bate de béisbol (o de algún elemento similar) a la cabeza, ejecutados con una potencia extrema que había convertido el living de su casa de Villa Elisa en una sangrienta escena del crimen. Con De Sousa fuera de combate, los agresores se dedicaron a apretar a su novia para que les dé lo que buscaban. Y como no se los diera, pasaron a la tortura de la cinta adhesiva, siguiendo la obra de Vito Campanella. Tal vez buscaran un dibujo de Picasso: un pequeño boceto de “Mujer frente al espejo” que, se decía en aquellos días, estaba a la venta en el mercado negro. Los asesinos habrían creído que el dibujo estaba oculto en la casa y que podía llegar a valer varios miles de dólares. Pero no estaba. Y nunca había estado.

La historia permaneció bajo un manto de misterio hasta el pasado sábado 5 de febrero, cuando los presuntos asesinos de Antonia Zárate y Nicolás De Sousa fueron capturados. Los acusados son Miguel Ángel Graffigna, de 33 años; y Romina Gabriela Iddon Silva, de la misma edad. Como las víctimas, ellos también eran pareja. Y tienen una hija de 5 años. Algún tiempo después del crimen anclaron en México D.F., donde terminaron separándose. Él regresó entonces a Ramos Mejía. Ella se quedó con su hija y tuvo otra bebé con una nueva pareja. Pero cuando, un par de años más tarde, Graffigna trajo a la Argentina a su niña mayor, Iddon supo que debía volver a su tierra a buscarla. Y eso fue lo que hizo el sábado 5. Lo que no sabía era que una guardia mixta de la Policía Federal y de la de Seguridad Aeroportuaria la esperaba para detenerla apenas pusiera un pie en Argentina, y que su ex sería capturado en su propia casa ese mismo día, mientras el avión la traía a ella de regreso. Ahora ambos están acusados por el delito de “homicidio agravado por ensañamiento y robo en concurso real”: es el pasado, que regresa siete años más tarde.

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La extrema crueldad del doble homicidio –pocas veces vista- había llevado a los investigadores a pensar, en un principio, que el origen del tema tenía tufillo a droga. Pero la brújula apuntó a una dirección más exacta cuando descubrieron que De Sousa y Zárate eran swingers, que navegaban sitios del ambiente y que visitaban los boliches New Moon y Anchorena. En alguna de esas pistas conocieron a Graffigna y a Iddon Silva: los cuatro eran jóvenes y hermosos, y no tardaron en llevarse bien y en levantar temperatura. De Sousa se mostraba como un pibe amable y entrador. Había conocido a su novia en un boliche de La Plata y, enamorado, la había hecho su mujer, aunque ella, que había llegado desde Paraguay y trabajaba como promotora, tenía poco que ver con el mundo del arte en el que él se movía. Pero ni ella ni él sabían que había interés por detrás de la seducción de sus nuevos amantes: “Es posible que los acusados ya hubieran contactado a otras parejas para robarles, sabiendo que nadie que participara del mundo swinger los iba a denunciar, y también es posible que a De Sousa y a Zárate se los hubiera presentado algún entregador”, considera uno de los perros de la causa.

Según la hipótesis de los investigadores, De Sousa y Zárate recibieron en su casa a Graffigna y a Iddon luego de haber tenido algunos encuentros en los boliches. No imaginaban su destino. Entre las 23 y las 3 de la madrugada –franja horaria del crimen-, los dos varones se habrían quedado charlando en el living, mientras ellas iniciaban sus juegueteos íntimos en la habitación. (Para Iddon no sería la única vez: su tendencia lésbica quedó registrada en fotos y videos halladas en poder de su ex). Según pudo reconstruir la investigación, Zárate ya estaba en bombacha cuando escuchó un golpe seco que la alarmó y la obligó a correr al living, donde vio el inicio del horror: su novio yacía con la cabeza partida; miradas codiciosas apuntaban a ella.

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La pista que les faltaba a los investigadores para darle el sentido final a la pesquisa llegó inesperadamente desde México a mediados del año 2010. Un tal Alfonso Velasco Aznar se contactó con la policía azteca para denunciar a Graffigna por el crimen. Velasco Aznar nunca había estado en la Argentina, pero era, en realidad, un hombre despechado que había sido abandonado por Iddon: él era la pareja que ella había formado en el prudente exilio al que había marchado. A ella le fue bien en México: inició una agencia de “modelos y edecanes” para compañía de señores y señoras. Y cuando terminó con Velasco Aznar descubrió en un table-dance (donde dicen que se hacía llamar “la Reina del Nilo”) a un supuesto nuevo novio: un narco pesado que responde al alias de “la Mámola”.

Poco después de conocer a Velasco Aznar –también en un boliche- Iddon empezó a confesar la historia del crimen, en pequeñas dosis y apuntando siempre a su ex. “Velasco Aznar se horrorizó por lo que había pasado y por eso habló”, dijo el fiscal Fernando Cartasegna, que le tomó declaración por videoconferencia: él, con un testigo en una sala de los tribunales plantenses; el mexicano, desde un locutorio en el DF. Durante tres horas Velasco Aznar contó todo lo que había escuchado en sus años de relación. Contó de cómo Graffigna habría obligado a su mujer –que por entonces estaba embarazada de tres meses- a quedarse quieta mientras él interrogaba y mataba a Antonia Zárate, y de cómo habría golpeado por detrás a Nicolás De Sousa. Guillermo Atencio, el juez de garantías, convalidó el relato porque “da cuenta de circunstancias que únicamente pudo haber conocido a través de alguien que hubiese estado presente en la escena del crimen”.

La casa del acusado sorprendió a los policías por su orden: cuando la allanaron descubrieron que a Graffigna le gustan los deportes americanos, la vajilla fina y las colecciones de DVDs originales. Pero lo que realmente les llamó la atención fue una caja repleta de recuerdos. Entre ellos, un fichero, conservado desde 2004, con los datos de De Sousa. También había artículos del robo de “Proa al sol”, una obra de Quinquela Martín que decora el despacho del intendente de Bahía Blanca; y material pornográfico que incluía dos películas protagonizadas por su ex, Iddon. Los recortes de “Proa al sol” no son nada casuales: su ex suegra, Edith Silva (la madre de Iddon) fue la autora del robo. Es que ella también “gusta” del arte y el 13 de mayo de 2007 provocó un incendio en la municipalidad bahiense, junto a otros dos cómplices, para aprovechar el caos y descolgar el cuadro. Imputada por este delito y por una estafa a una galería, la madre violó su libertad condicional y se dio a la fuga. Desde entonces, su rastro se ha perdido en México.

A Graffigna también lo complica un técnico en computación, que declaró que en aquellos días de 2004 recibió de él una computadora para formatear. La máquina, con carcaza azul, era idéntica a la que había sido denunciada como robada de la escena del crimen. “Probablemente la quiso formatear para borrar las evidencias de los chats con De Sousa”, evalúa uno de los detectives del caso.

Mientras los familiares de De Sousa y Zárate recuperan la confianza en la Justicia, Iddon pasa sus noches en la Comisaría de la Mujer, en La Plata, sin abandonar sus armas de femme fatale ni siquiera en el peor de sus momentos; y Graffigna duerme en una comisaría de Berisso donde se muestra sorprendido por el delito que se le imputa. Pero el Picasso que habría provocado el horror sigue sin aparecer. Y es que tampoco lo encontraron el pasado martes 8 de febrero, tres días después de la captura de Iddon y de Graffigna, cuando Interpol halló cuatro valiosas obras de arte en un departamento de Avellaneda. Aquellas habían sido arrebatadas a un coleccionista por su ex mujer, a modo de botín de separación, en 1999. Al dibujo de Picasso –que habría formado parte de este botín- se lo tragó la tierra. O el mercado negro de arte. Aunque si realmente existió ya no importa.

(Una versión de esta nota apareció en la revista El Guardián el día 17 de febrero de 2011)