Injusticia

Sandra Cabrera: siete años de impunidad

Setenta y dos horas después de la última denuncia de corrupción, la gremialista y meretriz Sandra Cabrera fue asesinada en Rosario. Eran entre las 3 y 5 de una madrugada calurosa de enero de 2004: amanecía el día 27. Su cuerpo fue encontrado en la calle con una bala en la nunca -proveniente de un arma calibre 32- disparada desde atrás, con alevosía.

Sandra Cabrera, que era sanjuanina, había visto en Rosario un horizonte mejor que el que le proponían sus tierras natales. Morocha, rebelde y luchadora, dedicaba su causa a que las meretrices fueran reconocidas como trabajadoras. Por eso vivió y murió. Era la voz latente de una serie de denuncias contra la policía por tráfico de drogas, persecución a prostitutas y administración de las “cajas negras” de la zona en la que ella trabajaba en la noche rosarina.

A mediados del año 2000, Cabrera realizaba su primera denuncia pública, a raíz de una paliza que le había dado un grupo de dueños de prostíbulos y patovicas. Era la primera de una larga listas de reclamos. Un año después nacía la Asociación de Mujeres Meretrices de Rosario (AMMAR), de la cual Sandra Cabrera era secretaria general.

Desde allí trabajó incansablemente en todo el país por la derogación de los códigos contravencionales que criminalizan el trabajo sexual. En Rosario los artículos 83, 97 y 93 (prostitución escandalosa, travestismo y ofensa al pudor) del Código de Faltas son utilizados para detener, hostigar y cobrar coimas a las trabajadoras sexuales. A eso se le suma su tarea con talleres e información para prevenir enfermedades de transmisión sexual. Cabrera siempre acompañó a sus compañeras ante las necesidades.

Durante todo el año 2003 denunció todo tipo de maltratos y amenazas ante los medios de comunicación.

En los primeros días de septiembre, AMMAR denunció en los Tribunales de la Provincia de Santa Fe a los jefes de la División Moralidad Pública de la Policía por recibir dinero de boliches para impedir el trabajo de las mujeres en la calle y sacar del mercado a las competidoras, además de liberar los lugares de explotación sexual infantil y cobrar coimas a las trabajadoras sexuales para no llevarlas presas. A raíz de estas denuncias –firmadas por tres integrantes de AMMAR; entre ellas, Sandra Cabrera- fueron desplazados el jefe Javier Pinati y el subjefe Walter Miranda.

El  9 de octubre de ese mismo año, recibió en la sede de AMMAR una amenaza telefónica: “Decile a Sandra que a la piba la va a encontrar muerta antes de mañana”. La piba era la hija de Cabrera, que por entonces tenía 8 años. Desde ese día, la casa de la dirigente fue custodiada por la sección de Seguridad Personal de la Policía. Ese mismo mes, una denuncia anónima presentada en el juzgado de Menores Nº 2 señalaba que “Sandra Cabrera manda a su hija a mendigar y que no la envía a la escuela”. Una asistente social confirmó que era una falacia.

Mientras tanto, Cabrera participaba en toda actividad que tuviera como objeto la dignificación de la mujer. Su vitalidad era su naturaleza.

Poco tiempo después, y por orden de la Justicia, la custodia policial la abandonó. “No se puede hacer una custodia personal sobre una prostituta callejera, es muy difícil”, se escuchó desde los altos escalafones policiales. A principios del año 2004 dos individuos entraron a su casa, la golpearon y le pusieron un revólver en la cabeza a su perro mientras le decían, horribles, “Dejate de joder”.

Tres días antes de su asesinato, Cabrera acompañó a una compañera a los Tribunales de Rosario para denunciar a la sección de Moralidad Pública de la Policía. Su compañera contó que había sido detenida por aquellos agentes junto a otras trabajadoras sexuales, a pesar de haber pagado a un policía de esa dependencia la cuota semanal de 50 pesos que la debía alejar de los problemas.

Pocas horas después Cabrera fue asesinada. Tenía 32 años.

A partir de ese día negro, diferentes organismos reclaman por el esclarecimiento. Cabrera tenía una relación amorosa con un oficial de la policía que resulta el principal sospechoso, Diego Parvluczyk. Por eso en un momento se habló de “crimen pasional”, algo profundamente rechazado por las compañeras de Cabrera: con ese argumento se tapaba una red de corrupción profunda y siniestra.

Lo cierto es que el único imputado de la causa fue sobreseído a fines de 2007 y el crimen espera ser resulto algún día.

El legado de Cabrera pasó a ser un motor de lucha y un reclamo constante que no busca sólo el esclarecimiento de su asesinato, sino también la tranquilidad para que las meretrices puedan trabajar sin recibir amenazas, en un clima digno. La sangre derramada dejó una huella indeleble. El tiempo dirá qué forma tiene esa huella.
Trailer del documental “Sexo, dignidad y muerte”, de Lucrecia Mastrangelo.

Links:

– Una nota en Las/12.

– Otra nota en Las/12.

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Juan Pablo Robledo es egresado del Postítulo en Comunicación y Licenciatura en Periodismo en la Universidad Nacional de Rosario, y cursa la Licenciatura en Historia de la misma casa de estudios. Es columnista de la revista Rosario, su historia y región, colabora en el suplemento Señales, del diario La Capital, y es redactor en la sección policiales del diario El Ciudadano.