Crimen y Castigo

Paco Ignacio Taibo II: “Rodolfo Walsh es el jefe”

El 17 de julio de 2010 a las seis de la tarde, Paco Ignacio Taibo II y Juan Madrid se sentaron frente a un auditorio colmado de gente que destapaba cervezas y que hojeaba los libros que acababa de comprar en los stands de la mítica Semana Negra de Gijón. A Taibo y a Madrid –dos nombres grandes, pesados, institucionalizados en la literatura policial iberoamericana- los convocaba el homenaje a Toni Romano, el detective (ex poli y ex boxeador) al que Madrid le viene dando vida en sus novelas desde hace treinta años.

“¿Cómo nació Toni Romano?”, preguntó Paco para comenzar. Madrid eludió la respuesta. Prefirió hablar del género negro, de las secretarias de las editoriales, de sus viejas máquinas de escribir. “Pues muy bien”, dijo Paco, “pero ¿cómo nació Toni Romano?”. Y Madrid, de nuevo, se salteó los recuerdos y habló de la colección Etiqueta Negra, de la Asociación Internacional de Escritores Policíacos y del gusto de la cerveza asturiana. Cuando Paco preguntó por tercera vez, la platea ya sabía que Juan Madrid iba a responder de todo, salvo lo que Taibo quería saber.

El sketch era digno de ver: dos viejos lobos de mar buscándose mutuamente, midiéndose como si ambos estuvieran calzados con las Smith & Wesson .38 Special que pusieron tantas veces en manos de sus personajes. La Semana Negra de Gijón es así. El clima es distendido, se respiran aires detectivescos en cada rincón y se escuchan argots de todos los países latinos. En 2010, en su edición número 23, la Semana Negra confirmó el gran momento de los escritores policiales argentinos, que se llevaron tres de los seis premios que se entregan, revalidando una racha ganadora que en el grand prix, el Dashiell Hammet, inició Leo Oyola en 2008, continuó Guillermo Saccomano en 2009 y confirmó Guillermo Orsi en 2010. Taibo, el fundador del encuentro, es uno de los responsables de que el ambiente sea tan amistoso -y lidiar con los egos de un centenar de escritores invitados no es nada fácil-. Durante las nueve jornadas que dura la Semana Negra, el tipo está omnipresente: cada día participa de varias tertulias, presentaciones y entrevistas abiertas. Y esa es, quizás, la mejor manera de contar quién es Paco Ignacio Taibo II.

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Nacido en Gijón, Asturias, en 1949, y criado en México DF –adonde encontró exilio su padre, el primer Paco Ignacio Taibo, también escritor-, el director de la Semana Negra forma parte de una camada de autores que en la década de 1960 se propuso ensuciar el policial latinoamericano con un poco de mugre sudaca: en las novelas de esa generación, la policía es corrupta y los traidores abundan.

Pero Taibo es mucho más que un escritor prolífico de historias negras (que no es poco). El “asturmexicano” es un difusor cultural incansable, que además de emprenderla cada temporada con la Semana Negra en el verano gijonés, se ha pasado el último año recorriendo México con la Brigada Cultural para Leer en Libertad, un proyecto político de fomento a la lectura y de divulgación histórica que parte de la premisa de que un pueblo que lee es un pueblo más crítico, y que en un año ha editado 22 títulos y regalado 42 mil ejemplares. Desde esa trinchera, Paco eleva la voz por su país: “México está cayéndose a pedazos por el delirio de la guerra contra el narco, que se da sin preparación y con fuerzas policiales corruptas”.

Desde el DF, en comunicación telefónica, Taibo no se amedrenta por las adversidades contra las que podría chocar su propuesta: “Si no es posible el cambio, al menos es deseable. Yo ya me aburrí de pensar qué es posible y qué no. Si sigo pensando en lo que es posible y en lo que no, al final me quedo sin hacer nada. Y ya basta de esperar a que el gobierno haga las cosas; los ciudadanos debemos avanzar porque tenemos más talento y más capacidad”.

Pero la agenda de Taibo da para más: el hombre escribe sin parar sobre (casi) cualquier cosa. Su currículum es una sucesión de unos cincuenta títulos. Uno de ellos, Muertos incómodos, fue escrito a cuatro manos y a través de cartas con el Subcomandante Marcos, y se publicó como folletín en el diario La Jornada. “Yo le pedía que no metiera más personajes secundarios porque me obligaba a explicar y conectar”, recuerda Paco. “Él me respondía: ‘Yo aprendí eso leyendo tus novelas, no veo por qué no puedo hacerlo’”.

En Argentina, este asturmexicano presentó dos libros en los últimos seis meses: El retorno de los Tigres de la Malasia y Ernesto Guevara. También conocido como el Che, ambos de Editorial Planeta. En el primero rescató a los personajes de Emilio Salgari y les hizo vivir una última y gran aventura para homenajear a la novela decimonónica. En el segundo se abrigó en su oficio de historiador para ampliar su biografía del Che -ya célebre y publicada en 28 países- con más de cuatrocientas fotos inéditas y cien nuevas páginas (ahora son, en total, 918 carillas). Mientras tanto, el Grupo Editorial Norma reeditó Días de combate y Cosa fácil, dos policiales protagonizados por Belascoarán Shayne, su detective.

Así las cosas, pareciera que en la vida de este intelectual –que suele tener a mano un cigarrillo apagado o un vaso de Coca Cola (y esta es otra historia: como catador de la gaseosa se jacta de haber ganado varias apuestas)- la gran cuestión es el tiempo. ¿Cómo hace para producir tanto? ¿Cómo puede ser que en su agenda haya seis conferencias semanales con la Brigada Cultural para Leer en Libertad y aparte escriba sin parar? ¿Cuánto dura su día? “En las noches escribo y, aunque me faltan horas, me las rebusco”, dice, con cierta humildad. Y cuenta que está terminando un libro que le demandó muchos años de investigación en universidades norteamericanas. Se titula El Álamo. Una historia no apta para Hollywood y cuenta una versión crítica de la batalla de El Álamo, que produjo la independencia de Texas y que ha sido referida en decenas de películas yanquis. “Y además estoy trabajando en siete otros proyectos”, agrega, como quien no quiere la cosa.

“La elaboración de la primera versión de esta biografía me dejó en un estado deplorable, repleto de obsesiones y angustias”, anota Paco en el prólogo a la nueva edición de su biografía del Che. “No sabía lo cerca de la locura que te pone el estar varios años obsesivamente encerrado con un personaje, en el cuarto originalmente vacío, que poco a poco se llena de detalles, mientras la historia se fabrica. Resulta peligroso acercarse demasiado a un personaje como éste”.

Si -como cree- la novela es de los lectores y una vez que tiene su punto final ya no se toca; la Historia, en cambio, es de todos, de los lectores, pero también de los autores, y permite actualizaciones y correcciones porque muta día a día. El trabajo original –que a Taibo le demandó cuatro años de investigación- se publicó por primera vez en 1996 y se impuso como una de las biografías más minuciosas sobre Ernesto Guevara, pero también como la más “guevarista”, según dice Miguel Bonasso -amigo del autor, ganador dos veces del premio Rodolfo Walsh al mejor libro de no ficción en la Semana Negra y destinatario (junto con Juan Gelman) de la dedicatoria-: “El texto de Taibo está escrito con una admiración y una cercanía que no atenta contra el rigor”. (Y es que de otra manera no se podría acompañar a Guevara en la vida de “aventurero, vagabundo y romántico” –según la describe Paco- que lo llevó a convertirse en el mito que aquí se rehumaniza una y otra vez).

Con los últimos aires de la primavera, el escritor asturmexicano llegó a Buenos Aires para presentar El retorno de los Tigres de la Malasia. Sus amigos Bonasso y Sasturain lo iban a acompañar en una mesa redonda, en la que iban a discutir sobre la novela de aventuras y los recuerdos que guardaban de aquellos piratas, y Paco iba a explicar por qué esos personajes idealistas lo formaron en lo político y lo convirtieron en un “antiimperialista de Sandokán, más que de Lenin”. Pero, justo un día antes de la cita, Kirchner murió. Y el luto alcanzó también a las actividades culturales, que se suspendieron. Desencantado, Taibo ahogó sus penas en un vaso de Coca Cola, al abrigo del sol matinal, en la terraza de un bar porteño con tradición. “La historia es rigor, organización del hecho, debate de la verdad, información sólida que no admite ficción”, decía aquel día, sobre su trabajo con el Che. “Tú no puedes ponerle a un personaje en la boca un diálogo que no tengas plena constancia de que se escuchó. Pero a la hora de ordenar el material la historia es arte narrativo y  hay que usar la milicia literaria para narrar”.

Paco sabía de lo que hablaba: además del Che, Pancho Villa y el cubano Tony Guiteras fueron objetos de sus biografías. “Si tuviera más años de vida por delante para tantos proyectos como tengo en mente, creo que la cuarta gran biografía sería combinada, para Roque Dalton y Rodolfo Walsh”, agregaba en el café porteño. “Porque son la suma de un tipo de intelectual creado en los años ’60 al que hay que rendirle un homenaje crítico, enamorado pero amable, y al mismo tiempo revisar sus decisiones”.

En aquellos días, Taibo venía bajando por el continente, de país en país, de presentación en presentación. Sus valijas iban repletas con los libros que cargaba en cada nuevo destino, pero en Buenos Aires pudo agregar uno diferente. Era un volumen que le había regalado un admirador porteño: Crimen Satanowsky. Operación homicidio, una edición de 1958 anónima y querellante del libro que hoy se consigue con la firma de Rodolfo Walsh. El autor asturmexicano se sorprendió cuando lo recibió. “Walsh es el jefe”, dijo entonces. “De él es el retrato que tengo detrás de mí en mi estudio de México: él me vigila y me protege del mal”. Después, provisto con el texto de su guardián, Paco Ignacio Taibo II continuó viaje.

(Una versión de esta nota apareció en la revista El Guardián el día 23 de marzo de 2011)