Pesquisas

Pequeño cuento chino de verano

Seis chinos fueron capturados el domingo 27 de febrero a las tres de la mañana. Y un dominicano.

No se lo esperaban, pero la DDI de San Martín y la UFI número 8 del mismo distrito les venían siguiendo los pasos desde hacía algunos días. A mediados de febrero se habían recibido diez denuncias de extorsión y amenazas en supermercados chinos de la zona. Algunos comerciantes tuvieron el coraje para aportar datos concretos, cosa que ocurre más bien poco. Con eso –y la última y brutal amenaza que recibió uno de ellos, incluso teniendo custodia: alguien le dejó un papel con una bala pegada- la policía pudo devolverle al menos un golpe a la mafia china.

Mientras en distintos estratos de la colectividad china y de la Justicia argentina se discute si “mafia” es el término adecuado para referirse a los grupos pequeños y autónomos que operan, las extorsiones son cada vez más frecuentes. Y nadie parece entender de qué se trata todo esto.

El megaoperativo del domingo 27 metió a ciento veinte policías en trece domicilios para detener a los siete acusados cuyos teléfonos habían sido espiados con el programa VAIC, Vínculos por Análisis Informático de las Comunicaciones. Los vigilantes cantaron bingo cuando vieron que además se iban a llevar ferretería importada: secuestraron una Magnum .357, un revólver .32, una pistola Gerincoch .40 y dos pistolas Bersa .22. Y también un Toyota Corolla, treinta celulares, quince computadoras y 150 mil pesos.

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Un par de días más tarde, algunos de los detenidos son liberados cuando demuestran que, en un principio, no son parte de ninguna asociación ilícita. Sino, apenas, amigos o parientes de los pocos detenidos que parecen más comprometidos.

En un supermercado del barrio de Lomas del Mirador, Shu Xi Lin, uno de los liberados, parece feliz de la vida, aunque se ha quedado sin empleados. Se fueron mientras estuvo detenido y ahora debe atender solo. “No soy de la mafia. Todo mentira. Trabajé cuatro años sin parar; sólo cinco días de descanso”, dice, refiriéndose a su paso por el calabozo, con un español difícil pero ávido por limpiar su nombre. El lenguaje es poder: en promedio, a un chino le lleva siete años aprender español. Shu cuenta que era maestro en China y que ahora vive bien con su negocio, aunque ya ha padecido “dos saqueos”. Pero no fueron saqueos, sino robos. Es que en la memoria colectiva argenchina, diciembre de 2001 permanece inalterable.

“Es todo mentira…”, insiste, mientras abre una lata de Speed y observa con satisfacción que la gente vuelve a entrar a su comercio, como antes.