Crimen y Castigo

Enrique Arancibia Clavel: un espía chileno asesinado en Buenos Aires

Aires de misterio se respiran en la ciudad. Es la misma ciudad a la que Enrique Arancibia Clavel, ahora muerto como un perro, le hizo respirar aires de terror mucho tiempo atrás, en una noche calurosa de septiembre de 1974, cuando el Fiat 125 del comandante Carlos Prats, el último jefe del ejército chileno antes del derrocamiento de Salvador Allende, voló por el aire en una operación montada por Clavel. Prats y su esposa, Sofía Cuthbert, que estaban exiliados en Palermo, murieron en el acto.

Aquel ex espía de Augusto Pinochet que se animó a cometer uno de los atentados más audaces y sangrientos de tiempos de por sí muy audaces y muy sangrientos se había convertido luego de cuatro décadas en un viejo que administraba una pequeña flota de tres taxis y que, paradójicamente, vivía cerca del Palacio de Justicia de Buenos Aires. Clavel tenía 66 años y un amante de 21, y cada noche recibía a sus peones taxistas, que le acercaban la recaudación diaria. Tenía una vida tranquila, acosada por unos cuantos años de proceso judicial y cárcel con los que le había caído encima la democracia argentina, pero la rutina, que era lo que importaba, se le daba como a un tipo cualquiera. Hasta que un buen día, el jueves 28 de abril, su vida se acabó de un modo violento y sangriento. Como, en otra época ya lejana, él mismo estaba seguro de que ocurriría.

Clavel fue asesinado con más de veinte cuchillazos –sobre su pecho y su espalda- en su departamento del 1ºB del 1438 de la calle Lavalle varias horas antes de que su amante entrara y descubriera la escena regada ya de sangre seca. Los investigadores descubrirían, más tarde, que todo estaba en orden, pero faltaba el dinero que el ex espía recibía de sus taxis.

Algunos inspectores de la comisaría 3ª quedaron a cargo de la investigación, a las órdenes de la Fiscalía III, e incluso la viceministra de Seguridad, Cristina Caamaño, se acercó a la escena del crimen para ver cómo se desarrollaban las pericias. Entre los móviles del homicidio están la pista del robo y la pasional, pero también la política.

Es que el pasado nunca lo había abandonado.

En esa primavera pesada de 1974, cuando el aire se estancaba en Sudamérica, un tal Michael Townley, ex agente de la CIA reconvertido en hombre de la DINA –la Dirección de Inteligencia Nacional, la policía secreta de la dictadura chilena, a las órdenes de Patricio Contreras-, se había introducido en el garaje de la residencia porteña de Prats, en Malabia 3305, para colocar la bomba que lo haría saltar por el aire. Pero el yanqui no iba solo. Lo acompañaba Clavel, que vivía en Argentina desde 1970. El chileno había llegado a Buenos Aires buscando refugio, luego de su participación en el crimen de René Schneider Chereau,  el jefe previo del ejército chileno, que también resultó muerto en un atentado.

En Buenos Aires, Clavel pudo tejer buenos vínculos con José López Rega, el siniestro secretario del presidente argentino Juan D. Perón que llegó al poder en 1973, el mismo año en que Clavel se puso al servicio de la DINA y Pinochet se hizo con el gobierno. Aunque pasó sus primeros años con cierta comodidad, Clavel también pasaría tragos amargos cuando los horizontes de paz se volvieron negros y la guerra con Chile por el canal de Beagle parecía inminente, en 1978. Entonces sería detenido junto a otros agentes chilenos y debería aclarar que su trabajo no era el de espiar en Argentina, sino que el de desempañarse como un engranaje del sombrío Plan Cóndor. Algo de eso ya sabían los militares argentinos porque, de hecho, el chileno enviaba información hacia el otro lado a través de un télex instalado en una oficina de la SIDE. Por si fuera poco, Clavel también era operativo en otro sentido: en 1975 había hecho aparecer cinco cadáveres irreconocibles en Buenos Aires, con documentos chilenos, para presentar ante la ONU y demostrar falazmente que los ciento diecinueve desaparecidos que por entonces se denunciaban en Chile estaban del otro lado de los Andes, conspirando.

En un enredo muy típico de la confusa política de la época, el exiliado comandante Prats tenía diálogo directo con Perón, el jefe de López Rega (a su vez, el secretario estaba en conexión con Clavel). Mientras Prats estuvo asilado en Buenos Aires, se carteó seguido con el presidente argentino. El 5 de octubre de 1973, Perón le escribió: “Considero lo sucedido en Chile como un verdadero desastre (espero que sea transitorio), como un duro golpe a mis esperanzas de establecer, aunque sólo fuese en el Cono Sur, una zona de libre dominio de las compañí­as extranjeras, cuyos apetitos de rapiña son bien conocidos. A mi entender este revés en el proceso revolucionario chileno servirá a los Morgan, Rockefeller y Dupont para desencadenar una vasta ofensiva en América Latina, no ocultando su júbilo ante el éxito obtenido en Chile”. Tres meses más tarde, el 3 de enero de 1974, le aconsejaba a Prats que anduviera con cuidado: “Vuelvo a recomendarle la mayor prudencia. Le escribo todo esto para que tome con seriedad esos incidentes alarmantes. Usted es indispensable a los suyos, pero mucho más a su patria en desgracia… ¡No lo olvide! ¡Cuí­dese!”. De nada le sirvió el consejo: Clavel ya lo acechaba.

Cuarenta años más tarde, la rutina de los taxis lo hacía olvidarse por momentos de la sangre que había derramado durante los años setenta. Pero el regreso a la cárcel siempre era posible. En el año 2004, Clavel había sido condenado a doce años de prisión por el secuestro, en 1977 y en el marco del Plan Cóndor, de Sonia Díaz Ureta y Laura Elgueta Díaz, dos mujeres chilenas refugiadas en Argentina. A esa pena se le agregó una de prisión perpetua por el crimen de Prats. Clavel estuvo preso desde el año 2000, pero en 2007 fue excarcelado gracias al cómputo que se hizo sobre el tiempo que había permanecido preso sin sentencia. “La libertad es lo legal y lo que corresponde técnicamente después de todos estos años”, dijo entonces su abogado defensor, Eduardo Gerome. La familia de Prats, en cambio, no recibió bien la noticia: “Es tremendamente chocante. No podemos entender que a siete años del juicio que lo condenó a cadena perpetua ya esté en libertad, así es que vamos a trabajar con los abogados argentinos para poder comprender esta medida que tomó la justicia y hacer todos los trámites necesarios para entender esta situación”, consideró María Angélica, la hija del matrimonio asesinado.

La Corte Suprema debía aún fallar sobre el régimen de libertad de Clavel (el procurador general de la Nación, Esteban Righi, sostenía que había un error; en cambio, el abogado Francisco Balart, cuñado del chileno, sostenía que todo era correcto) y también sobre un pedido de extradición de la justicia trasandina. Clavel se esfumó antes de que la balanza se inclinara. Pero, seguramente, mucho más tarde de lo que el destino le podría haber deparado como miembro de la policía secreta y engranaje de las dictaduras australes.

 

Links:

– La noticia en Clarín.

Uno de los fallos de la Justicia argentina en la causa Prats Cuthbert.

– La familia Prats, impactada por la muerte de Arancibia Clavel.