Crimen y Castigo

Las escuelas de la Policía Federal cambian de nombre

Parece un trámite administrativo, pero es mucho más que eso: el cambio de nombres de las escuelas de la Policía Federal Argentina es un duro golpe simbólico al perfil más reaccionario de la institución, y a la vez una batalla ganada en el asedio con el que, desde el Ministerio de Seguridad, la ministra Nilda Garré viene presionando a una fuerza que parece autocrática e inexpugnable.

El asunto tomó forma ayer, viernes 15 de abril, durante el acto de graduación de la primera camada de agentes en la gestión de Garré. Así, la Escuela de Cadetes Ramón L. Falcón, que traía a la memoria al fundador de la escuela de policía y feroz represor de los anarquistas, es hoy la Comisario Juan Ángel Pirker, en honor al jefe de la policía alfonsinista; la Escuela de Agentes y Suboficiales Alberto Villar, que honraba a uno de los fundadores de la Triple A, pasa a ser la Don Enrique O’Gorman, rescatando la memoria del jefe de la Policía de la Capital durante el período 1867-1874; y la Escuela Superior de Policía Cesáreo Cardozo, primer jefe de la policía del gobierno de Videla, es hoy la Comisario General Enrique Fentanes, por el académico policía que propuso la fundación de la Policía Federal Argentina.

El primero de los nuevos homenajeados es Juan Ángel Pirker, jefe de la Policía Federal desde 1986 hasta su muerte, ocurrida por un paro cardíaco en su propio despacho el 13 de febrero de 1989. Su gestión estuvo marcada por los aires democráticos que se respiraban después de la dictadura y que él pregonó públicamente. La resolución del secuestro y la muerte del empresario Osvaldo Sivak, que dejó al descubierto la participación de miembros de la Fuerza, fue el emblema de su capacidad. También se refirió al copamiento del cuartel de La Tablada, tomado por el Movimiento Todos por la Patria el 23 de enero de 1989, cuando opinó que él hubiera echado gases lacrimógenos en vez de tanques y ráfagas de plomo. Esas actitudes lo enfrentaron con algunos sectores del poder y levantaron la sospecha, nunca confirmada, de que su muerte no habría sido tan natural.

La senda que dejó Pirker ha marcado a muchos. Entre ellos, al periodista Enrique Sdrech, que en una entrevista lo consideró el mejor jefe de policía: “Pirker quiso cambiar la policía, realmente. No pudo, no se lo permitieron”. Según la resolución del Ministerio de Seguridad, Pirker “supo elevar las capacidades del cuerpo policial para esclarecer delitos y avanzar en la construcción de una sociedad más segura promoviendo la honradez, experiencia, capacidad y respeto por la justicia y el derecho como los valores a partir de los cuales erigir la labor policial”.

El propio Pirker le dijo a Bernardo Neustadt –en una entrevista de 1987 en la que se lo consideraba como una de las figuras del año “por méritos profesionales y humanos, por su coraje y su franqueza”- que juzgar a otro policía es “algo muy duro pero necesario” y que al aspecto negativo de la policía “cuando más rápido y mejor se lo muestre producirá menos efecto contrario. El hecho malo hay que darlo a conocer íntegramente y de inmediato. Es la única forma de parar la pelota. Si se trata de esconderlos, minimizarlos o restarles importancia se deja la pelota picando. Y en cualquier momento nos meten un gol”.

Enrique O’ Gorman es otro de los recordados. El hermano de Camila, la mártir del amor que se cobraron los fusiles de Juan Manuel de Rosas, fue designado Jefe de Policía de la Provincia de Buenos Aires en 1867 y como tal reorganizó el cuerpo y suprimió el uso de las barras y del cepo. Un año más tarde creó una compañía de Vigilantes Bomberos y editó un “Manual del vigilante” para los policías; y en 1870 fundó el Cuerpo de Bomberos Voluntarios de la Provincia de Buenos Aires. En su Manual, O’ Gorman reglamentó el uso del silbato con cinco toques previstos: “Reunión: los vigilantes deben marchar hacia el lugar de donde parte; Auxilio: los vigilantes deben auxiliar al que lo ha dado; Marcha: los agentes deben rondar la manzana a su custodia; Llamada: indica la llamada del oficial, sargento o cabo; Incendio: el que deben dar y repetir los agentes mientras se dirigen hacia el lugar del siniestro”.

En 1871, su policía tuvo que actuar para combatir la epidemia de fiebre amarilla. El folletinista Eduardo Gutiérrez –autor de Juan Moreira, entre otros- escribió en El Plata Ilustrado pocos meses después del final de la fiebre: “En aquellas siniestras e interminables noches de marzo y abril […] cuyo silencio sólo era turbado por el ruido de los carros cargados de cadáveres y el ¡ay! desgarrador de los infelices que morían sin una mano amiga y caritativa que les alcanzara un medicamento, se veía al señor O’ Gorman sereno y abnegado cruzar las desiertas calles de Buenos Aires, cuidando de hacer recoger los cadáveres de los que habían caído muertos en la calle y cuidando la ciudad abandonada de los ladrones que en carros de mudanza habían empezado a saquear. Buenos Aires, sola y azotada despiadadamente por la epidemia, abandonada de ‘todas las autoridades’, era cuidada por el señor O’Gorman que, lleno de un valor temerario y una sublime abnegación, no abandonó su puesto ni un solo momento”.

El último de los nombres recuperados es el de Enrique Fentanes, un comisario general que en 1934 supo ser el primer director de la Biblioteca Policial, la antecesora de la actual Editorial Policial. Se dedicó a estudiar el perfil profesional y pedagógico del agente de policía moderno, y -junto con el comisario inspector Eugenio Salcedo y el abogado Víctor Jiménez- recibió el encargo de estudiar la organización de las policías del mundo para reformar a la vieja Policía de la Capital, que desde 1943 pasó a ser la Federal en base a ese estudio.

 

Links:

– La noticia en Página 12.

– La noticia en Infobae.