Memoria del crimen

Rosario: la Chicago argentina

I

El término “La Chicago argentina” tuvo su origen en la prosperidad económica que las clases dominantes pronosticaron para Rosario entre fines el siglo XIX y comienzos del XX, y que estaba relacionada con la actividad del puerto y el desarrollo de la acción agropecuaria en la región. Sin embargo, la materialización de ese proyecto tuvo consecuencias inesperadas, que se condensaron en nuevo sentido para la expresión de esa sociedad: ya no se trataba de describir un sentido económico, sino de representación de  niveles de violencia y de corrupción para los que no se registraban antecedentes.

Según el periodista Osvaldo Aguirre -en su libro Historias de las mafias en Argentina-: “Era un mundo habitado por personajes que provocaban una mezcla de atracción y rechazos, como Juan Galiffi y Francisco Marrone, los grandes arquitectos de la organización mafiosa de la Década Infame. O como los comisarios Martínez Bayo y De la Fuente, prototipos de la mano de dura en la misma época. O como el Paisano Díaz y el Pibe Ernesto, conscrícuos miembros del hampa prostibulario”.

Este proceso histórico pasó a designar un aspecto indeseable pero a la vez inesperado de la vida de la ciudad.

“Nunca como hoy Rosario merece ser llamada La Chicago argentina: tiene sus bandas todopoderosas, sus policías impotentes para destruirlas y sus periodistas heroicos y mártires”, afirmaba el diario Crítica la noticia del asesinato de su corresponsal en Rosario, Silvio Alzogaray, asesinado por los sicarios de Juan Galiffi el 8 de octubre de 1932.

II

El Madame Safo ocupa un lugar central en la historia oculta de Rosario: fue el burdel más lujoso e importante de la ciudad en el período en que actuaron las grandes mafias de la prostitución. Su ubicación era estratégica para su época: situado sobre calle Pichincha (hoy Riccheri) entre Brown y Güemes, a pocas cuadras de la estación de trenes de Rosario Norte, la zona roja de la ciudad por entonces. Era el punto de de encuentro obligado, no sólo por curiosos, turistas y clientes ocasionales, sino también para planificar los ilícitos que luego se verían en las crónicas policiales de los diarios.

El escritor y periodista rosarino Raúl N. Gardelli confirma esa singularidad. El “lujo insolente y truhanesco” del prostíbulo, escribe en su libro Conmovida memoria, convocaba a clientes y curiosos de distintos puntos del país. “Supo haber quienes viajaban a Rosario expresamente para conocer ese lugar. No venían a Rosario, venían a Madame Safo. Subían al tren en Retiro, bajaban en las estaciones Sunchales y se zambullían sin demora en el vecino mago prostibulario”.

Ese lugar también exhibía un sistema de explotación y violencia hacia las meretrices. El periodista Alberto Londres, en su obra El camino de Buenos Aires, una investigación de la trata de blancas en nuestro país, contó un viaje a Rosario acompañado de un rufián, Robert Le Bleu, que iba a arreglar cuentas con una mujer que reclutaba mujeres para trabajar en el prostíbulo. “Las francesas eran las mujeres más caras y la más codiciadas por sus artes amatorias y su especialidad en el sexo oral. Formaban la aristocracia: cinco pesos. Las polacas formaban una clase inferior: dos pesos”. Los rufianes las internaban (de ahí que se las llamaran pupilas) en burdeles de distintos puntos del país y arreglaban las ganancias con los dueños de los establecimientos. “En Madame Safo, se utilizaba a tal fin ‘el sistema a la lata’. El cliente pagaba a la encargada, a cambio de una ficha de bronce acuñada con el nombre del prostíbulo. Esa ficha, conocida como la lata, era entregada a la prostituta, quien a su vez la derivaba al rufián. Este último canjeaba las fichas por dinero con el dueño del burdel. La mujer  veía poco y nada de ese dinero”, señala Londres.

III

Según algunas de sus declaraciones judiciales, Juan Galiffi llegó al país en mayo de 1910. Provenía de Ravanusa, Agrigento, donde había nacido el 9 de diciembre de 1892. En sus inicios trabajó como peluquero y a la vez descubrió un deporte que lo fascinaría: las carreras de caballos. Llegó a Rosario y al poco tiempo ya tuvo problemas con la policía. Poco tiempo después se radicó en Gálvez, un pueblo cerca de la ciudad de Santa Fe junto a su hermano Carlos.

Durante algunos años Galiffi recorrió diferentes puntos del país y fue ampliando su red de cómplices a la vez que cometía diferentes ilícitos de estafas. El 29 de enero de 1919 asesinaron a su hermano Carlos con numerosos balazos: fue un crímen premeditado que nunca se resolvió. El crimen le jugó a favor: su poder aumentó ya que ahora contaba con más poder sobre los negocios de su hermano muerto.

Chicho Gande, como fue apodado Galiffi en el mundo mafioso, incursionó en la modalidad tradicional, se asoció con delincuentes ajenos a la comunidad y, en vez de apegarse a tal o cual recurso, demostró olfato para cambiar en forma constante de métodos y negocios. Cuando se vio acorralado, en vez de encerrarse en el mutismo, acudió a la prensa y se comunicó con el Jefe de Investigaciones de la policía porteña, Miguel Viancarlos. Estuvo involucrado en innumerables hechos delictivos que van desde la estafa hasta la planificación de secuestros y asesinatos, pero nunca fue condenado por ningún hecho mafioso. Se lo relacionaba con abogados corruptos y dicen que tenía la complicidad de algunos sectores de la policía. También se le atribuyó el secuestro y muerte del estudiante Abel Ayerza y de Silvio Alzogaray, periodista del diario Crítica.

Finalmente, fue deportado a Italia, donde se relacionó con Benito Mussolini. Murió en 1943, en plena Segunda Guerra Mundial. Como telón de fondo, la ciudad de Milán era bombardeada mientras él fallecía de un ataque cardíaco.

Su hija, Ágata Galiffi, también tuvo su fama. La conocían como “la Flor de la Mafia”.

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Juan Pablo Robledo es egresado del Postítulo en Comunicación y Licenciatura en Periodismo en la Universidad Nacional de Rosario, y cursa la Licenciatura en Historia de la misma casa de estudios. Es columnista de la revista Rosario, su historia y región, colabora en el suplemento Señales, del diario La Capital, y es redactor en la sección policiales del diario El Ciudadano.