Memoria del crimen

A 30 años del caso Schoklender

Sergio, el mayor de los hermanos, cumplía años cuando volvió del festejo con su familia y se había ido a la cama tarde, sabiendo que muy pronto su vida iba a cambiar para siempre. En cambio, su hermano Pablo se había escondido en el placard y cuando ya todos dormían, salió y se acercó al mayor para despertarlo. La elección ya estaba tomada.

Cuando la madre, Cristina Silva, se levantó de la cama para ir a tomar un vaso de agua, los hermanos se la encontraron en el living. Ella era alcohólica y había tenido más de un encontronazo con sus hijos: las discusiones era parte del escenario familiar.

La barra de acero que destruyó su cráneo fue manipulada por unos de sus hijos e intentó borrar ese pasado, pero no pudo. Los hermanos limpiaron la sangre y envolvieron el cuerpo. Se dirigieron entonces adonde descansaba el padre. Mauricio Schoklender fue víctima de otro golpe con la pesada barra de acero. Fue mortal. Él había tenido una vida exitosa: se recibió de ingeniero industrial y llegó a ser directivo de Pittsburg & Cardiff, una compañía proveedora de armamento del ejército y la marina con alta facturación en 1976. A medida que crecía su patrimonio, crecían las amenazas por negocios ilícitos.

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Del auto de la familia, un Dodge Polara estacionado frente al parque Las Heras -en Barrio Norte-, caían gotas de sangre del baúl. Eso alertó a algunos vecinos y llamaron a la policía, pero nadie imaginaba el escenario que se escondía detrás. A las 19 horas de ese 30 de mayo de 1981, personal de la brigada de explosivos abrieron en baúl y se encontraron con el macabro escenario: dos cadáveres maniatados y golpeados, con varias heridas. Eran los cadáveres de de Mauricio Schoklender y de su esposa Cristina Silva, que estaban con pijama y envueltos en sábanas. Los forenses luego determinaron que el asesinato se había producido al menos doce horas antes.
Uniformados identificaron a alas víctimas y se dirigieron al piso de Belgrano donde el matrimonio vivía con sus hijos Sergio -de 23 años-, Pablo -de 20- y Valeria -de 18-. No había nadie.

La noticia invadió los medios de comunicación: todos querían encontrar a los hermanos varones, que se había dado a la fuga. Cinco días después, Pablo fue encontrado en Santiago del Estero escapando a caballo y el mayor de los hermanos, Sergio, fue atrapado por personal uniformado en la terminal de Mar del Plata cuando intentaba tomar un colectivo que lo llevaría a la Patagonia.

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Sergio confesó el crimen en la comisaría a la que lo llevaron una vez capturado, y en una segunda declaración aseguró haber sido el único autor, desligando a su hermano Pablo del doble homicidio.

El mayor de los hermanos denunciaría poco tiempo después que había hablado bajo tortura de algunos militares y policías que tenían que resolver el caso rápido. Con el advenimiento de la vida democrática, en 1983 volvió a testimoniar cambiando rotundamente su argumento. Dio entonces una hipótesis que sostiene hasta hoy: sus padres fueron víctimas de  traficantes de armas amparados por los militares que dieron el golpe de estado del 24 de marzo de 1976. Pero la Justicia no escuchó su argumentación y tres años después fue condenado a prisión perpetua. Pablo, en cambio, fue absuelto. Pero un año más tarde la Cámara de Apelaciones revocó la absolución del hermano menor y le impuso la misma pena que a Sergio, con un fallo que quedaría firme para los dos recién en 1988.

Sergio encontraría en el encierro un lugar para estudiar y formarse. Fue así como con el paso del tiempo se recibió de abogado y psicólogo. En cambio, Pablo escapó y recién en 1994 fue capturado con un nombre falso en Bolivia. Al año siguiente, Sergio salió en libertad. Era un hombre distinto: “un intelectual formado tras las rejas”.

Los hermanos prometieron que contaría lo que pasó aquel 30 de mayo de 1981. En su libro titulado Schoklender. Infierno y resurrección (aquí, el comienzo) el mayor de ellos describe las malas relaciones de su familia y su experiencia tras las rejas: “Me acusaron junto con mi hermano Pablo de haber asesinado a nuestros padres. Después de una batalla judicial de más de siete años, fui sentenciado a cumplir una pena y prisión perpetua. Los últimos catorce años de mi vida transcurrieron en prisión…”.

El libro inspiró a la película Pasajeros de una pesadilla, dirigida por Fernando Ayala en 1984 . Posteriormente saldría Yo, Pablo Schoklender, escrito por el menor de los hermanos desde la cárcel de Devoto junto al periodista Emilio Petcoff.

Ya en libertad, Sergio se unió a la Fundación Madres de Plaza de Mayo, que dirige Hebe de Bonafini. Durante años fue unos de los que coordinó la institución, pero actualmente está acusado de corrupción por parte de algunos sectores políticos. Sergio aseguró que no vivía del dinero que administraba en la asociación presidida por Hebe de Bonafini y justificó su millonario patrimonio, producto de “buenos ingresos, patentes, royalties, desarrollos propios y contratos con empresas muy importantes”.

El mayor de los hermanos vive hoy con su esposa y sus dos hijos varones en el mismo barrio en el que vivía antes del arresto. “A los únicos que les debo alguna explicación si me la piden es a las Madres, a mi hijo y a la gente íntima que me rodea. Creo que es injusto que te sigan acosando cuando cumpliste con la ley”, dijo hace poco.

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Juan Pablo Robledo es egresado del Postítulo en Comunicación y Licenciatura en Periodismo en la Universidad Nacional de Rosario, y cursa la Licenciatura en Historia de la misma casa de estudios. Es columnista de la revista Rosario, su historia y región, colabora en el suplemento Señales, del diario La Capital, y es redactor en la sección policiales del diario El Ciudadano.