Crimen y Castigo

Cae el asesino de Anna Politkosvkaya

El sospechoso de haber matado el 7 de octubre de 2006 a Anna Politkovskaya –famosa periodista de tiempos de Vladimir Putin y referente en la lucha por los derechos humanos en Rusia- fue detenido: se llama Rustam Makhmoudov, según Interpol tiene 37 años, nació en Achkoi-Martan (Chechenia) y estaba en la casa de sus padres cuando lo capturaron.

El asunto cobra importancia de acuerdo a la gravedad de un crimen que salpicó al gobierno de Putin y que siempre lo tuvo como uno de los principales beneficiados (y es que fueron demasiados) de la eliminación de una periodista que solía criticar al Kremlin, a las autoridades chechenas y a las acciones del ejército ruso en Chechenia. Politkosvaya trabajaba para un diario pequeño pero combativo, el Novaya Gazeta, y tenía 48 años cuando fue asesinada con un disparo en la cabeza y otro en el pecho, en el ascensor de su casa. Al lado de su cuerpo el asesino dejó cuatro balas y una pistola: una marca para amedrentar a quienes quisieran seguir el ejemplo de la periodista.

Aparte del detenido Rustam, dos de sus hermanos (Dzhabrail e Ibragim) y un tercer hombre esperan el juicio. Los dos primeros, como cómplices –se los acusa de haber conducido hacia la escena del crimen-, y al último (el ex policía Sergei Khadzhikurbanov), por haber dado apoyo logístico a la célula. Los dos hermanos y el ex policía ya habían sido juzgados en el año 2009, cuando habían sido absueltos, pero el veredicto de la suprema corte rusa ahora los vuelve a acorralar. Rustam Makhmoudov, por su parte, permanecía prófugo hasta el domingo 29 de mayo.

En su libro Rusos. Postales de la era Putin (editado por Tusquets), la periodista Hinde Pomeraniec dedica al caso algunas páginas que hoy vale la pena releer…

“Estoy en la ciudad en donde pueden asesinar a alguien a sangre fría a plena luz del día y nada cambia. En donde las investigaciones de los crímenes se pierden en laberintos judiciales infinitos. En donde, por naturaleza y por cultura, se desconfía siempre de la víctima y los homenajes a los periodistas acribillados a balazos apenas convocan a unas 200 personas.

Recorro el barrio donde vivía Anna Politkovskaya, hacia el norte de la avenida Tverskaya, y trato de reconstruir la secuencia de los que fueron sus últimos momentos con vida imaginando que la nieve en la que se hunden mis botas no está, que no hace este frío que tritura los huesos y que hoy es un sábado de octubre, un tiempo atrás. Más tarde pruebo a escribir el relato de esas horas y sumo testimonios e hipótesis. Lo que se lee es esta historia.

La mujer de cabello casi blanco estaciona el Lada plateado en la calle Lesnaya, a pocos metros de la puerta de su edificio. El primero en bajar del auto es Van Gogh, un bloodhaund de eternos ojos tristes que salta del asiento trasero y la celebra cuando ella desciende abrazada a dos bolsas con alimentos que acaba de comprar en el shopping Ramstore de la calle Frunzeskaya, ligeramente apurada para que los congelados no interrumpan la cadena de frío. Se lamenta por no haber conseguido la bañera plástica que buscaba para la beba de su hija Vera, que nacerá en un par de meses, y así se lo dijo a la futura madre hace unos momentos, por celular. Fue cuando aprovechó también para llamar a Ilya, su hijo, y avisarle que ya volvía a casa.

Antes de entrar, flojo el ceño que la envejece de más a los 48, saluda por encima de sus anteojos a las empleadas de la farmacia, apoyadas las dos mujeronas sobre un mostrador vacío, aburridas de sí mismas en la tarde gris del sábado.

Niebla y llovizna sucia en Moscú, poca gente, veredas quietas y húmedas. No hace frío pero el verano ya es recuerdo. La mujer alta, delgada y vestida de negro sube acompañada de su perro hasta su departamento en el 7º piso con la idea de bajar enseguida a buscar el resto de las compras; tiene la tarde por delante para terminar el artículo que domina su cabeza en las últimas semanas, una nueva denuncia de torturas y confesiones arrancadas a los golpes en el Cáucaso. Investigadora tenaz, opositora rumiante al gobierno ruso, la periodista Anna Politkovskaya (desde ahora también Anna P.) no volvería a salir a la calle.

Cruje el silencio cuando alguien abre la puerta del ascensor. Es Nina, una vecina adolescente, quien encuentra el cadáver ensangrentado. Diseminadas a su alrededor, las vainas servidas de las cuatro balas que su ejecutor plantó en el pecho y la cabeza de la periodista. A los pies de la muerta, la Makarov 9 mm con silenciador, usual posdata de un crimen por encargo, al menos en Moscú. Nadie sabrá nunca si durante ese viaje final hacia la planta baja acomodó su pelo o se miró de reojo en el espejo. Tampoco si tuvo miedo cuando, al abrir la puerta del ascensor, se encontró con el tipo de buzo oscuro con capucha. Sí es seguro que lo último que vio fueron los ojos de su asesino, quien no precisó cubrirse el rostro para dispararle y salir en el acto, sin agitarse demasiado, a juzgar por las imágenes registradas por las cámaras de seguridad del edificio.

Cuando la mataron eran las cuatro y media de la tarde del 7 de octubre de 2006, día del cumpleaños 54 del entonces presidente Vladimir Putin. Algunos creyeron adivinar un “regalito” en el crimen de la calle Lesnaya”.

[…]

A Anna la recuerdan como una furia hecha mujer. Una periodista aguerrida que avanzaba sobre las historias de adolescentes chechenos secuestrados y transformados de la noche a la mañana en guerrilleros abatidos en combate por las fuerzas rusas. O como la autora de desesperados relatos de madres de soldados muertos sin cadáver para enterrar. O la divulgadora de historias como la del coronel Yuri Budanov, quien en un alarde de ebriedad y virilidad nacionalista, secuestró a Elza K. (17), la torturó, violó y golpeó hasta darle muerte y ordenó a sus subalternos enterrarla en el cuartel. El militar acusaba sin pruebas a la niña de ser la francotiradora que había dado muerte a varios de sus hombres meses antes. El juicio se convirtió en símbolo de la “justicia selectiva” denunciada por Anna P. Después de vanos intentos por salvar a Budanov -considerado “héroe de guerra” en vastos circuitos-, un tribunal inusualmente valiente lo condenó a 11 años de prisión y lo convirtió en el primer militar ruso de alta graduación en ser condenado por crímenes de guerra en Chechenia.

[…]

Muchos también recuerdan a Anna P. como la valiente mujer que pidió entrar a negociar con los terroristas chechenos dispuestos a hacer explotar el Teatro Dubrovka en octubre de 2002. Estaba en Boston cuando se enteró de la noticia y voló inmediatamente a Rusia. Entre los rehenes había un íntimo amigo de sus hijos, quien negoció con el líder guerrillero el ingreso de Anna P. al teatro. Los chechenos la respetaban, sabían claramente quién era. Consiguió poco: llevarles bebidas y golosinas a los rehenes agotados. Cuando se disponía a mover piezas con sus contactos en el gobierno, el director de Novaya Gazeta la llamó al celular y mintió al pedirle que volviera a la redacción porque necesitaba que escribiera la crónica de la toma. El hombre había recibido un llamado de una fuente oficial, que le avisó que iban a recuperar el teatro y no podían garantizar la integridad de nadie.

Supe que unas 40 causas se iniciaron a partir de las investigaciones de Anna P., en un mundo judicial que vive en trenza con el poder político y donde manda la “justicia telefónica”, red de amiguismos y contactos que domina el imperio de los premios y castigos en Rusia, como me contó en Londres Alena Ledeneva, una académica siberiana experta en la economía negra rusa y residente en Gran Bretaña hace varios años.

Supe también que si bien Anna P. aseguraba que habían querido asesinarla al menos tres veces, sus colegas no terminaban de creerle. La percibían algo paranoica luego de tantos años en el Cáucaso y algunos la veían convertida en mártir casi por decisión propia. Hacía rato que ya no era bienvenida en conferencias de prensa oficiales y los funcionarios que se dignaban a hablar con ella lo hacían al mejor estilo Guerra Fría, a escondidas, en breves paseos por parques helados o puentes solitarios. Nadie quería correr riesgos.

-Hizo una labor de denuncia única.

La vista fija en la pared blanca del moderno café del Hotel Nacional, único espacio de vanguardia en el clásico edificio centenario, quien habla es M., periodista extranjero acreditado en Moscú hace años. No habla, susurra. Conoció a Anna a mediados de los ’90 y compartían el jurado de un prestigioso premio anual que los obligaba a encuentros pautados, “aunque no se puede decir que hayamos sido amigos”.

La charla con M. fue al día siguiente de la elección con “cambio de guardia presidencial” del Kremlin donde Dmitri Medvedev, el delfín ungido por Putin, ganó con el 70% de los votos, en una coreografía electoral diseñada sin sorpresas. Abrumado, como decepcionado consigo mismo, M. dice que la muerte de Anna se veía venir, pero que en una maratón de desidia e indiferencia pocos le prestaban atención.

-Finalmente la mataron; pagó con su vida por su trabajo y eso es lo único que cuenta al final de la jornada.

M. pide reserva de su identidad, delicadeza necesaria en tiempos difíciles, algo que él hace cuando protege la de sus fuentes, porque “en este país nunca se sabe”.

[…]

Imposible no ver la indiferencia ante la naturalización del crimen en una sociedad apática en materia política, que se refugia inconscientemente en el sistema de partido único, y en “donde el debate público pasó a temas vinculados con la identidad rusa y los valores espirituales, con Rusia como contrapeso del Occidente del capitalismo salvaje”, como me dijo un diplomático extranjero en Moscú, buscando explicar el desinterés local por el caso. Una sociedad que históricamente siente que “ante cualquier conflicto con las autoridades llevás las de perder”, me graficó un veterano escritor latinoamericano, que vive en Rusia hace más de 30 años.

No puedo dejar de pensar en Nina, la chiquita que encontró el cadáver de Anna P. en el ascensor y subió con él desde la planta baja hasta el 8º piso, buscando ayuda. Allí, otra vecina miró la escena con desdén y enseguida consultó su reloj. Serían las cinco de la tarde y estaba apurada, le dijo a Nina cuando la abandonó: estaban por cerrar los negocios y temía quedarse sin comida el fin de semana.