Pesquisas

Dos dedos

Como de costumbre, el linyera revolvía entre la mugre del basural de avenida Perón al 8000, en Rosario, con la esperanza de encontrar algo que pudiera ser de su utilidad. Pero se topó, en cambio, con algo que ya no le servía a nadie: era un torso calcinado, mutilado y quemado que había pertenecido a un hombre de 31 años que había sido visto por última vez el martes 14 de junio, cuando salió con su Kawasaki Ninja 650 negra, rugiendo sobre el pavimento.

El cuerpo descuartizado se halló disperso en diferentes sitios del basural: por aquí el tronco, por allí la cabeza, más allá el brazo derecho y parte del brazo izquierdo. El cuerpo no presentaba ninguna pista de su identidad, por lo que los detectives de la sección Homicidios tuvieron que reconstruir el organismo como un macabro rompecabezas. Finalmente, después de armar y desarmar las piezas, los peritos pudieron identificar a la víctima gracias a las huellas dactilares de dos de sus dedos: los dos que no estaban quemados.

Así, la víctima resultó ser Sebastián Martín Tedesco, de 31 años. A partir de entonces los investigadores estudiaron las últimas horas de la víctima, que antes de ser vista por última vez se dirigía a arreglar una deuda económica con su cuñado, un policía de 25 años, recién graduado.

Tedesco se comunicó el martes 14, a la tarde, con su cuñado policía y pactaron encontrarse en el bar de una estación de servicio ubicada en Córdoba y Avellaneda, cerca de las siete y media. Cuando estaba allí, la víctima recibió una llamada a su celular para que vaya a su domicilio, en Santa Fe al 5100.Esa fue la última vez que su familia lo vio con vida.

Después se supo que en la casa del cuñado hubo una discusión que derivó en una pelea cuerpo a cuerpo: para defenderse de la agresión, el policía tomó un cuchillo y le aplicó una puñalada fatal en el cuello a Tedesco. Cargó el cadáver a cuestas y lo metió en su Fiat 600. Luego condujo unos seis kilómetros hasta un paredón, en Rivarola y Las Palmeras, en el límite de Rosario. Ahí, en el basural, bajó el cuerpo, lo roció con nafta, lo prendió fuego y se marchó, dejando atrás una columna de humo negro. Pero las llamas no llegarían a consumir todo el cuerpo.

Al día siguiente, una pala mecánica y un camión de residuo de la empresa recolectora Lime trabajaron en el basural. La pala cargó el cuerpo quemado en el camión, que lo habría mutilado en su compactador de basura.

El asesino pretendió borrar todas las pistas y, de regreso en su casa, dejó el Fiat 600 estacionado y se subió a la Ninja 650 de Tedesco, para dejarla abandonada en una estación de servicio de los confines de barrio Ludueña. Sus intenciones eran obvias: confundir a los investigadores y retrasar la pesquisa. Sin embargo, la moto fue hallada por la policía –también al día siguiente-, con la llave puesta, entre los monoblocks del barrio 7 de Septiembre.

La investigación demostró que Tedesco le había prestado ocho mil pesos a su cuñado y que el cobro de ese dinero fue el disparador de la pelea que habría derivado en el crimen. Aunque Tedesco no tenía problemas económicos, la imposibilidad del agente para devolverle la suma desemboco en esa pelea fatal. ¿Cuál era el objetivo de ese dinero? La pregunta todavía busca una respuesta.

El resto salió a la luz cuando, por fin, el policía se quebró y confesó todo.

Juan Pablo Robledo es egresado del Postítulo en Comunicación y Licenciatura en Periodismo en la Universidad Nacional de Rosario, y cursa la Licenciatura en Historia de la misma casa de estudios. Es columnista de la revista Rosario, su historia y región, colabora en el suplemento Señales, del diario La Capital, y es redactor en la sección policiales del diario El Ciudadano.