Pesquisas

El crimen del espía chileno ya tiene un acusado

La viceministra de Seguridad, Cristina Caamaño, que había sido fiscal, estaba preocupada y se presentó en la escena del crimen, en el 1ºB del 1438 de la calle Lavalle, donde el hombre yacía con treinta y cuatro puñaladas repartidas en todo su cuerpo y los federales se movían con cuidado. Permaneció allí durante algunas horas, notificándose de una investigación delicada. Pero recién ahora, un mes y medio más tarde, se confirma lo que ya en pocos días parecía claro: la viceministra había ido en vano.

A Enrique Arancibia Clavel, el ex espía chileno que fue condenado por el atentado contra el último jefe del ejército de Salvador Allende, Carlos Prats, en 1974 (cuando una bomba explotó en su coche, en la calle Malabia de Buenos Aires) no lo mató alguien que pretendía ajustar cuentas en relación a las dictaduras sudamericanas y a los desaparecidos de la década del setenta –como creyeron en el Ministerio de Seguridad apenas se enteraron de su asesinato-. En cambio, a Enrique Arancibia Clavel lo mató un taxiboy de 20 años.

El pibe se llama Ángel Cabral y había conocido a su víctima tres meses antes del crimen, cuando se cruzaron cerca del Obelisco. Los encuentros sexuales se sucedían con cierta periodicidad. El joven había llegado de la provincia de Misiones algún tiempo atrás y vivía en una habitación del quinto piso del 1385 de Avenida de Mayo con su pareja, un muchacho paraguayo de 21 años que también fue detenido por el homicidio, pero que recuperó su libertad en pocos días. En frente de la habitación que alquilaban estaba el locutorio al que iban para navegar la Web, chatear con sus clientes y hacer llamadas. Ahí es donde empieza el camino que llevó a los investigadores de la División Investigación Federal de Organizaciones Criminales (DIFOC) y de la División Homicidios a dar con el taxiboy asesino. Porque es desde una de esas cabinas que Cabral llamó a su víctima el día del crimen, 28 de abril de 2011, pasada la una y media del mediodía. Probablemente, sería para acordar la cita fatal. En las horas siguientes ocurrió todo. Y antes del anochecer, el chileno yacía muerto. Las cerraduras no habían sido forzadas y el fiscal de instrucción, Marcelo Roma, entendió que el ex espía conocía a su asesino.

Los federales se llevaron los registros de las cámaras de seguridad del locutorio (al que llegaron desde los registros del teléfono de Arancibia Clavel) y encontraron, a la hora de la llamada, las primeras imágenes de Cabral. Su error fue continuar yendo al mismo local. Al día siguiente notaron que llevaba una mano vendada. En la escena del crimen había sangre que no era de Arancibia: ¿sería de la herida que esa venda protegía? El ADN del acusado daría una respuesta afirmativa.

Cabral le contó del homicidio a su compañero paraguayo poco después de cometerlo, todavía excitado por los treinta mil dólares que se había llevado como botín de la casa del muerto. No era lo único que había traído. Tenía, además, las llaves del departamento y una sevillana manchada de sangre. Ambos elementos serían secuestrados por la policía en un futuro inminente que el asesino no esperaba. También encontrarían en su hotelucho más llaves: ¿otras víctimas, otros crímenes? “Cabral será investigado por otros robos y homicidios perpetrados por taxiboys”, afirmará después un investigador. Pero si Arancibia Clavel iba a comprarse con esos treinta mil dólares un nuevo taxi para agrandar la pequeña flota de cuatro unidades, de la que vivía, ¿qué haría con esa suma el joven taxiboy, que de “taxi” sólo tenía el nombre?

Eso ya no era materia para la jueza de instrucción María Fontbona de Pombo, que anotaría en su resolución: “El ataque fue fulminante y por sorpresa. No dio a la víctima margen a maniobras de defensas significativas o de escape. El tiempo de sobrevida fue muy breve”. Ángel Cabral fue detenido el 18 de mayo y procesado con prisión preventiva en junio, acusado de homicidio agravado por alevosía y hurto agravado.