Memoria del crimen

Infierno y resurrección

Colgué el teléfono preocupado.

– Allá no podemos hacer nada, tenés que llegar hasta aquí -fueron las últimas palabras.

Sabía que empezaba la cuenta regresiva. En cuestión de horas teníamos que salir del país. Había que llegar a Brasil. En Brasil había que nos guardaría. Pero no teníamos documentos y todo se complicaba por el hecho de que Pablo era menor y no teníamos a quién pedirle dinero. Hubo que confiar en alguien sin detenerse a considerar en quién. Ya estábamos casi cercados: habían bloqueado el Aeropuerto Internacional de Ezeiza y todos los aeropuertos alternativos. Busqué un remise: si lográbamos llegar a Mar del Plata podríamos tomar un avión que nos cruzaría a Uruguay. Y llegamos: Mar del Plata, una ciudad balnearia en pleno invierno. Nos registramos con nombres falsos en el hotel.

Inmediatamente me puse en contacto con la gente que iba a cruzarnos.

– Por el mal tiempo –dijo el piloto que vino a vernos- recién podremos volar mañana.

Fue una noche interminable. En cuanto amaneció contraté un taxi que nos llevara hasta el avión, en un pequeño aeroclub a diez kilómetros de la ciudad. pero toda la policía disponible en la provincia, las delegaciones de la Policía Federal y el personal de las bases de la Armada habían sido convocados para cerrar la ciudad. El cerco era inexpugnable: las rutas, los medios de transporte, todo estaba copado. No había escapatoria.

(De “Schoklender. Infierno y resurrección”, el libro de Sergio Schoklender publicado por Ediciones Colihue en 1995)