Memoria del crimen

La muerte del Lobo

El cadáver agujereado de Augusto Timoteo Vandor ya estaba bien podrido cuando sus matadores se adjudicaron la espectacular acción con la que lo habían liquidado el 30 de junio de 1969, en el “Operación Judas”. Dos años más tarde, en 1971 y bajo el nombre falso de Ejército Nacional Revolucionario, cerraban el comunicado advirtiendo qué le podía pasar al que, como Vandor, desafiara a Perón e intimara con los gobiernos militares: “Para los Judas no habrá perdón. Elijan libremente todos los dirigentes sindicales su destino. Viva la Patria”.

Vandor, que se hacía conocer como “el Lobo”, había demostrado durante unos cuantos años ser el animal más hábil del bosque peronista. Había desarrollado su propio orden burocrático y sabía convivir con los revolucionarios (aun cuando tuvo con ellos un encuentro a sangre y fuego en una pizzería de Avellaneda, donde cayeron muertos Domingo Blajaquis y Juan Salazar –de parte de ellos- y Rosendo García –de parte de Vandor-), con los sindicalistas rebeldes (que formaron la “CGT de los Argentinos” para hacerle sombra a la original) y con el propio General, que digitaba los destinos de la política argentina desde su exilio y sabía que el Lobo preparaba un peronismo sin Perón.

No eran pocos los seguidores del General que querían matar a Vandor. Un mes después del Cordobazo, cuando el fervor revolucionario se podía palpar en el aire, los Descamisados  -un minúsculo grupo que luego se articularía con Montoneros-, decidieron ir a buscarlo a su guarida: la sede de la Unión Obrera Metalúrgica. Habían vigilado al Lobo durante un año. Pero les alcanzaron apenas cuatro minutos para dar el golpe.

La excusa para entrar fue un expediente falsificado. El portero los condujo al hall y cuando vieron que no podrían seguir adelante se abrieron los pilotos y dejaron ver sus ametralladoras. Dos de los verdugos se quedaron abajo y los otros tres subieron en busca del Lobo, cada uno con un empleado como escudo humano ante una posible balacera. “¡¿Dónde está Vandor?!”, gritaban a medida que iban pateando las puertas.

El jefe sindical escuchó los gritos y colgó el teléfono. Antonio Cafiero, del otro lado de la línea, tendría que esperar para seguir charlando. “¿Qué carajo pasa?”, se fastidió el Lobo. Y entonces los vio: sus ángeles de la muerte, vengadores de todos y de nadie, armados hasta los dientes. El caño de una 45 le anunciaba el fin del camino. Vandor hizo un ademán espantado para cubrirse, pero dos balazos en el pecho -y tres más de remate- acabaron con él. El grupo de asalto cubrió su retirada con tres kilos de trotyl: en un desenlace atronador, el vandorismo implosionó junto con una parte del edificio de la UOM.

*

Tres meses antes del resonante crimen, Juan Domingo Perón mandó a llamar a Vandor para advertirle que su posición era muy delicada: “Yo le dije ‘A usted lo matan; se ha metido en un lío que a usted lo van a matar’. Lo mataban unos o lo matan otros, porque él había aceptado dinero de la embajada americana y creía que se los iba a fumar a los de la CIA. ¡Hágame el favor! Le dije: ‘Ahora usted está entre la espada y la pared: si usted le falla al Movimiento, el Movimiento lo mata; y si usted le falla a la CIA, la CIA lo mata’. Me acuerdo que lloró”. Esta reveladora historia se publicó en el diario Mayoría, en enero de 1973.

(Este texto pertenece al libro “100 crímenes resonantes”).