Pesquisas

Sol y Luli en los archivos perdidos del libro “Sangre joven”

Mientras avanza el juicio a Lucila Frend por el asesinato de su íntima amiga Solange Grabenheimer, el misterio comienza a develarse, muy de a poco, en la sala de audiencias del tercer piso de los tribunales de San Isidro.

Ésta es la segunda parte del capítulo que escribí sobre este crimen hace tres años, en 2008, para sumar al libro de los jóvenes asesinados por jóvenes, Sangre joven. Matar y morir antes de la adultez, aunque terminó por quedar afuera del trabajo final ante el fuerte hermetismo de las dos familias. En esa época Luli había concedido una única entrevista (a la revista Para Ti) y antes del juicio sólo volvió a hablar para Veintitrés, brevemente para Clarín y para C5N.

El primer apartado de este capítulo está aquí.

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Sol (petisita de curvas, pura sonrisa, inquieta, con un par de piercings y un tatuaje hindú) y Luli (alta y flaca, reservada, lectora voraz de Cortázar, algo bohemia) se fueron a vivir juntas el 31 de octubre de 2005. Sol, que había vivido con su mamá y con su papá, que estaban divorciados desde hacía 17 años, y también con sus abuelos, sentía que ya era hora de tener su propio lugar y eligió con su mamá el PH de la calle Güemes. Les pareció muy apropiado para dos: Luli, que ya había vivido con su madre y con su padre (también divorciados) y luego ocho meses sola en un departamento, se iba a sumar a la aventura, convencida por su amiga para unir esfuerzos. Las dos chicas se conocían desde que tenían quince años, cuando Sol entró a tercer año del Colegio Nuevo de Las Lomas, en el coqueto y exclusivo barrio de La Horqueta en San Isidro. Muy pronto se hicieron amigas: compartieron recreos, salidas, partidos de jockey, amores adolescentes. Cuando terminaron la secundaria, cada una siguió su camino universitario: Sol se anotó en Administración Hotelera en un terciario privado, La Suisse; Luli probó suerte en Letras, pero dos años después se cambió a Diseño de Imagen y Sonido, ambas carreras en la Universidad de Buenos Aires. Antes del crimen, tenían juntas un nuevo plan de a dos: irse a pasar el verano de 2008 en Andorra, para trabajar de camareras durante la temporada de esquí y volver con muchas anécdotas y unos cuantos euros.

Parece mentira que tantos buenos recuerdos se vean empañados por un presente de incertidumbre en el que Luli ocupa el banquillo de los acusados. ¿Fue ella la autora de este crimen tan misterioso? El tiempo pasa y la verdad huye. Luli no quiere hablar con nadie. Declaró ante la policía un par de veces, y luego calló ante la prensa. El fiscal nunca la citó: ¿acaso aportarían algo las palabras a su hipótesis?

Yo tampoco pude hablar con Luli: “Ella prefiere evitar este tema, se siente muy mal con todo esto”, me explica uno de sus abogados, Rodolfo Tailhade, sentado en un extremo de la gran mesa de una sala de reuniones del estudio Pizarro Posse & García Santillán, que defiende a Luli  y que está situado en una casona paqueta de la calle Talcahuano -muy diferente a los locales con salida a la calle donde mueven sus piezas los abogados del Gran Buenos Aires-, a pocos pasos del Palacio de Tribunales. “Ni siquiera quiere dar una entrevista acá, con nosotros presentes”, se sincera el abogado. Su clienta vive hoy en un barrio cerrado, trabaja en la agencia de prensa y difusión de su madre y hace todo lo posible por tener una vida normal. Una tarea difícil, en estas circunstancias. Sin embargo, concedió una entrevista: no eligió un diario ni un noticiero, sino que le abrió las puertas de su hogar a una revista de mujeres. Apareció en las fotos acompañada de sus padres, su hermana menor y su abuela. Miro las imágenes: ahí está Luli, con una remera a rayas negras y rojas, y unos cuantos kilos menos que en las que aparecía abrazada a Sol. Tiene algo en la mirada que le nubla sus ojos verdes: es la angustia. “Éramos muy confidentes con Sol”, dijo en ese reportaje. “Teníamos una relación espectacular. Todo lo que viví con ella fue muy lindo. Nunca hubo maldad. Estoy en paz porque nunca tuve una pelea con ella. Los pocos problemas que tuvimos, los arreglamos hablando. Toda la tristeza va por dentro. Me encuentro con Sol cuando rezo por ella o miro sus fotos. Con todo esto, empecé a descubrir una faceta espiritual en mí”. Luli contó, además, el giro que dio su vida luego del crimen. Llorando, según anota la cronista Daniela Fajardo, dijo que para ella ahora todo es terrible.

Pero la hipótesis que pone a Luli en el lugar de la homicida sigue en pie y se basa fuertemente en varios indicios que incluyen la hora del deceso y unas cuantas contradicciones en los testimonios que la dejarían en una posición comprometida. Sin embargo, el punto flojo de esa acusación es el móvil: ¿por qué Luli le podría haber quitado la vida a Sol? “Ese es el gran déficit del fiscal: acá no hay ningún móvil que justifique el homicidio de Luli a Sol”, se jacta el abogado Tailhade. En la vereda de enfrente no están tan seguros. Para los familiares de Sol, todo puede tener que ver: desde una relación lésbica oculta a un ex novio que hizo cortocircuito entre las dos, pasando por el dinero, los celos, la envidia y los problemas domésticos.

En aquel reportaje Luli contaba sobre Pablo, el hombre que llegó a enemistarlas, un odontólogo de 31 años que había mantenido una larga relación con ella. Se habían conocido los tres juntos en un taller de teatro en Martínez, que Sol abandonó a poco de comenzar. Ellos dos continuaron con las clases y pronto se dieron cuenta de que no necesitaban una escena de amor para besarse. Comenzaron una relación que se prolongó durante dos años y medio. Luli todavía no tenía 20 años y Pablo ya estaba pisando los 30: la atracción era intensa pero asimétrica, con picos de pasión y pozos de rechazo. El tiempo hizo su trabajo y erosionó lo que se daba: a mediados del año 2006 la relación llegó a un callejón sin salida.

Es curioso: en esos días, Sol también estaba mal con su novio. La de ellos era otra relación larga y conflictiva, llevaban casi cuatro años de amores y peleas, tratando de conjugar el entusiasmo de Sol con el ánimo introspectivo de Santiago. Hay situaciones que sólo se dan en el marco de una vida compartida: por ejemplo, un cruce de novios. Pablo y Sol siempre se habían caído bien, pero en esos días de corazones rotos se dieron cuenta de que los dos eran los decepcionados de sus relaciones. Creían que Santiago y Luli eran fríos con ellos, y decidieron juntarse a charlar. “Una noche que yo me había quedado a dormir en lo de mi abuela, Pablo apareció en casa para hablar con Sol”, contó Luli en la entrevista que concedió. “Yo ya me había peleado con él hacía tres semanas. Se quedó hasta tarde, tomaron varias cervezas y después, a los dos días, Sol me confesó que él intentó avanzarla a pesar de su resistencia”.

Luli descubrió con pavor que su mejor amiga y su ex novio habían charlado durante largas horas, hasta las tres de la mañana, cruzando risas amables y miradas seductoras. Sol se lo contó con algo de culpa, pero sabiendo que hacía lo correcto. Le dijo que Pablo fue tan insistente que tuvo que encerrarse en el baño para que él se diera cuenta de que no quería seguir adelante con el coqueteo. Entonces, más pavor. Y una llamada por teléfono a los gritos que se completó con un mail dirigido como una braza candente directo a la casilla del ex, con algunas frases que él difícilmente pueda olvidar: “Me clavaste el peor de los cuchillos que me podría haber imaginado”, “¿Vos te pensás que vas a hacer un pacto secreto con mi mejor amiga en mi propia casa?”, “Siento una ira, una bronca y un dolor que espero poder superar”, “Si te veo, te voy a intentar matar, fuera de joda”. ¿Podría Luli haber dirigido toda esa bronca hacia su amiga? Mucho tiempo después de este mail, cuando todo tomó una forma inesperada y ella quedó en la mira de la Justicia, la psicóloga perito de parte de la familia de Sol volvió sobre este mail, y evaluó en Luli “fantasías vengativas de carácter fuertemente agresivo”.

Pero para ese informe todavía faltaban seis meses. Luli perdonó a Sol: “Como vino de frente a contármelo, me puse de su lado”, le contó a la revista. “Entonces ella me sugirió romperle el auto. Accedí y se lo hicimos bolsa”. Es decir: se subieron al auto de Sol y fueron hasta Belgrano, donde encontraron estacionado el de Pablo, y le escribieron “Pito chico” y “Puto”, le rompieron una calco de Mundo Marino y el espejo retrovisor, y le pincharon las cuatro ruedas. El problema, en ese momento, no estaba entre ellas. Y a los pocos días, Luli retomó su relación con Pablo, que nunca más vio a Sol.

Es cuestión de buscar el móvil. De tratar de entender si la relación entre las amigas se fue desgastando hasta llegar a un final fatal. De tomar uno por uno los vectores de la relación y someterlos al microscopio del fiscal. Así, cabe la pregunta: si el crimen no pasa por Pablo, ¿podría ser un homicidio pasional ante un amor homosexual no correspondido? “¡No es correcto!”, respondió Luli, rigurosa, cuando la periodista que la entrevistó le hizo una pregunta similar. Si algo distinguió a la cobertura de este crimen en los medios fue el interés que se puso en la teoría de un amor lésbico y prohibido entre Sol y Luli, una posibilidad alimentada por las declaraciones de tres testigos (entre los que se encuentra Pablo, el ex de Luli), que indicaron que la acusada se había besado con otras chicas y que conocía una disco gay, la Sietges. “Sólo alguna vez fui con una amiga a un boliche gay por curiosidad y para divertirme”, aclaró la propia Luli. Su abogado sale al cruce: “Ella tiene una amiga lesbiana desde la secundaria y cuando se peleó con su ex, esta chica le dijo ‘Dale, salí, divertite’, y la llevó al boliche”. Elegante y meticuloso (anota en un cuaderno ideas que pasan veloces, para no olvidárselas cuando llegue el momento de traerlas a su largo relato), el abogado enciende un nuevo cigarrillo y deja de lado la lógica esencialmente judicial. “Yo tengo 37 años y ellas 21. Ellas salían bastante, son lindas chicas y tenían cierta capacidad de gasto, entonces iban a boliches como Rumi o Asia de Cuba. Tenían una vida social muy activa. Y yo me puse a pensar en estas chicas jóvenes con energía y vida nocturna… y, salvando las distancias, las comparo con estas famosas que están en boga en Estados Unidos, como Paris Hilton o Lindsay Lohan, que se la pasan besándose entre ellas, en cualquiera. A mis 21 años, la cosa no era así, pero a los 21 años hoy eso existe y es bastante común. Me llamó la atención, entonces, que se hablara con bastante apresuramiento sobre posibles móviles homosexuales, porque en el expediente no hay más que un testimonio que habla de un piquito: las dos eran heterosexuales, a las dos les gustaban los chicos, de eso no queda ninguna duda”.


La relación entre las chicas, dicen algunas amigas, fue carcomiéndose a lo largo de quince meses de convivencia, con algunas peleas domésticas de por medio. Parece que Luli le usaba la ropa a Sol, incluso la ropa interior, y que eso a ella la molestaba. Parece que Luli no ayudaba con las tareas del hogar y que no limpiaba el desorden que dejaban sus amigos. Parece, por último, que una vez perdió las llaves y que Sol no se lo perdonó. “Son cosas que a estas chicas les parecían importantes, pero que de ninguna forma podrían justificar un crimen”, opina el abogado de Luli. Sin embargo, Robbi, el padre de Sol -que tampoco tuvo muchas apariciones en los medios-, cree que hay algo más, y lo dijo en la única entrevista que dio (sí, él también): “La amistad no estaba como siempre. A ellas se les terminaba el contrato y yo le estaba insistiendo a Sol para que se viniera a vivir conmigo. No recuerdo exactamente qué palabras usó, pero me dijo algo así como ‘No es como parece. Luli no es tan amiga mía como antes’. Pero Sol cometió un error muy grave cuando se fueron a vivir juntas… Como Luli tenía problemas económicos, le propuso a Sol pagarle 50 pesos menos de alquiler a cambio de dejarle la pieza más grande. Esa no es forma de resolver entre amigos porque el código que se gesta no es bueno. Yo me enojé mucho cuando lo supe porque Sol se habría estado abusando de la falta de dinero de su amiga. Hay otras formas de resolver: un sorteo, un mes cada una…”.

Algo está claro: ninguna de las dos pudo haber esperado este final para su convivencia.

Links:

– “Es mentira que estábamos peleadas”, declaró Lucila Frend en el juicio.

– La madre de Solange y un médico legista complicaron a Lucila Frend.