Pesquisas

Sol y Luli: una historia inconclusa llega a juicio

Luego de cuatro años, el lunes 13 de junio comienza el juicio por el crimen de Solange Grabenheimer. Su íntima amiga Lucila Frend hoy tiene 25 años y la espada de la Justicia sobre su cabeza: es la única acusada. Luli, que vivía con Sol, siempre se dijo inocente, pero el fiscal Alejandro Guevara la persiguió hasta llevarla al banquillo.

Dos años atrás escribí las líneas que vienen a continuación para iniciar uno de los capítulos del libro Sangre joven. Matar y morir antes de la adultez. El caso de Sol y Luli, “el crimen de las amigas” -como se lo conoció-, reunía todos los elementos para ser uno más en el libro de los jóvenes asesinados por jóvenes. Sin embargo, el fuerte hermetismo de las dos familias conspiró contra mis intenciones. Como sea, dejé alrededor de 38 mil caracteres de una crónica que tal vez ahora, con el juicio, comience a encontrar su cauce. O quizás ni siquiera…

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El fiscal cree que Luli es una asesina. ¿Se equivoca?

Luli dice, grita y jura que no mató a su amiga Sol (porque de eso la acusan). ¿Miente?

Sólo ella sabe la verdad: tal vez es la que dice, tal vez no. El fiscal –-de físico musculoso y elegantes camisas francesas– insiste desde hace casi dos años: para él, Luli es la autora del crimen de Sol. Un juez de garantías le negó el pedido de detención de Luli, la Cámara en lo Criminal hizo oídos sordos a su apelación e incluso estuvo a punto de ser apartado del caso cuando la defensa de Luli pidió su recusación. Pero el fiscal -–la cabeza entre calva y rapada– sigue poniendo el ojo sobre Luli: con perseverancia, logró transformarse en su peor pesadilla… ¿O acaso Luli será la de él?

El caso tuvo amplia difusión en los diarios y en la televisión, y ellas aparecieron en los titulares y en los sumarios, con sus nombres y sus fotografías: Sol y Luli, así se las conoció, protagonistas del “crimen de las amigas”. Mientras los diarios se fascinaban con una historia llena de secretos y misterio, la investigación judicial ha avanzado lentamente, a veces retrocediendo, por momentos perdida en el laberinto del derecho procesal, acechada por los abogados y los peritos que se multiplicaban en cada rincón del expediente. Dos años después del crimen, la Justicia todavía no halló a un autor certero. Tal vez la pista que sigue el fiscal sea la correcta. Tal vez Luli sea inocente. O tal vez el verdadero asesino de Sol esté en otro lado, lejos de las miles de fojas que engordan la causa.

El barrio de Florida es la tierra de los “tal vez”. Ubicado en el partido de Vicente López, está conformado por un puñado de manzanas donde los árboles crecen con el encanto de un bosque y los nenes surcan las calles en bicicletas relucientes. Aquí hay pocos semáforos y menos tráfico. El silencio es salud. La ruta Panamericana, uno de los principales accesos a la ciudad de Buenos Aires, está a un par de cuadras, pero la furia de sus carriles casi no se oye barrio adentro. Hay dos avenidas del otro lado del barrio: Maipú, con sus comercios populosos; y Libertador, que, de cara al río y a sus playitas con sombrillas, es la pista preferida de los autos importados y las motos de alta cilindrada. El barrio se confunde con sus vecinos en los límites, donde aparecen Vicente López y Olivos, dos barrios en los que las calles guardan ese mismo color de verano; pero la división está mejor marcada con San Martín y con Munro, los suburbios que se encuentran del otro lado de la Panamericana, donde comienza a aparecer la desdicha del conurbano bonaerense. En el corazón de Florida y sobre la calle Güemes, la casa que lleva el número 2280, de fachada recta y ventanas de marco verde, está a casi igual distancia del Cielo y del Infierno: doce cuadras hasta el río y nueve hasta la Panamericana.

Puerta 2280: aquí vivían Sol y Luli. A los 21 años, compartían un PH reciclado y devenido en pequeño loft. El complejo es de cuatro viviendas. Ellas alquilaban la suya por seiscientos pesos al mes. El miércoles 10 de enero de 2007 fue un día caluroso que amaneció con lluvia y se fue convirtiendo en una pesadilla: a Sol la mataron a la mañana mientras dormía, o tal vez al mediodía, o incluso, aunque menos probable, pudo haber sido a primera hora de la tarde; con cuatro puñaladas (aunque algunos médicos autopsiantes contaron más) y, acaso, un estrangulamiento previo. Los peritos no están de acuerdo en casi nada: ni en la hora de la muerte, ni en la mecánica del crimen, y mucho menos en las deducciones sobre las condiciones particulares del autor.

Hoy no queda rastro de la tragedia en el complejo de PHs donde vivían Sol y Luli. La casa ya es una más en una cuadra tranquila, sembrada con árboles de hojas doradas y alejada del trajín de la ciudad. Uno de sus vecinos recuerda a las chicas y me dedica una sonrisa nostálgica: “Eran buenas vecinas mías, charlábamos seguido”, dice el hombre, con las llaves del auto todavía en su mano, a punto de entrar a la casa. Entonces le pregunto por el destino del departamento que ocupaban las chicas. “Se volvió a poner en alquiler unos cinco meses después de lo que pasó. Estuvo clausurado mucho tiempo. En esa época era terrible vivir acá, yo me fui por un tiempo porque todas las mañanas estaba la policía en la puerta”, responde. Hoy el pequeño PH reciclado tiene un nuevo inquilino, que se enteró de lo que había pasado adentro de su casa mucho tiempo después de firmar el contrato de alquiler. El tipo prefiere no hablar del tema y es comprensible: no debe ser fácil apagar las luces cada noche ahí adentro. Al menos, me cuentan, cambiaron la decoración del departamento.

Agradable y tranquila, la imagen que da hoy el complejo de PHs parece sacada de un calendario de siete domingos por semana y es muy diferente a la que daba el miércoles 10 de enero de 2007 poco antes de la medianoche, cuando pareció abrirse aquí mismo, en el pavimento, un agujero que conducía directamente al infierno. Fueron Luli y Santiago, el novio de Sol, quienes descubrieron el crimen: Sol estaba tirada al lado de su cama, sin vida. Ellos dos, junto a la prima de Sol y al padre del novio (un tipo de unos sesenta años), fueron quienes recibieron a los primeros policías en llegar al lugar, alertados por dos llamados que el propio suegro había hecho al 911. Su hijo lo había llamado desesperado cerca de las diez y media de la noche para decirle que había descubierto a Sol en un charco de sangre. El suegro se tomó un remis y entró a la casa presuroso para encontrar a la chica y descubrir que era verdad, que ahí estaba ella y había sangre en el piso y en la cama. Mucha. El suegro superó su shock inicial y se acercó a Sol para tomarle el pulso en el cuello y descubrir que su cuerpo estaba frío y tieso. Decidió no tocar nada más y salir de ahí. El horror parecía de una alucinación o de una película, pero no había ningún truco.

La casa estaba tan desordenada como siempre: no más. El PH era un solo ambiente de techo alto donde las habitaciones eran dos entrepisos elevados a los que se llegaba por sendas escaleras. Reinaba una anarquía de objetos que sólo dos chicas podían provocar luego de un año y medio de convivencia. Había algunas ropas tiradas por ahí, unos pocos platos con motivos floridos secándose en la cocina, y una bombacha colgada en la llave de la ducha, detrás de una cortina impermeable con caritas rojas sonrientes. Algunas colillas de horas viejas se extraviaban en el tacho de basura, mientras la gente feliz de las vidas de Sol y Luli sonreía desde las fotos en las paredes, y un oso de peluche vestido con la camiseta de River custodiaba todo desde la cama de Luli. Pronto la casa se llenó de policías, de peritos y de médicos forenses. Estuvieron desde las doce de la noche y hasta las tres de la madrugada, desplegando sus métodos y revisando en cada rincón.

Descubrieron que algo de la sangre se había filtrado por el piso de madera y goteaba sobre los platos en la cocina, algunos metros más abajo. Guardaron muestras de pelos a las que identificaron como P1, P2 y P3; y sacaron sus frascos de reactivo PPR1 en busca de huellas. Pero se volvieron con las manos vacías. Al dejar la casa, colocaron fajas de papel en los marcos de las ventanas con una leyenda ingrata: “Clausurado”. El pequeño loft se había convertido en una escena del crimen donde –-pronto quedaría claro– se imponía el enigma.

 

Links:

– Comienza el juicio, en Crimen y razón.

– Comienza el juicio, en Página 12.

– “Yo no maté a Sol”, dice Luli ante Para Ti.

– Habla la familia de Sol, en Para Ti.

– “Lucila Frend mató a mi hija”, por Cecilia Di Lodovico.

– La única pista de un asesino es un dibujo que hizo en la piel de la víctima, en Clarín, a pocos días del crimen.