Cuerpos, Pesquisas

La momia robada

Vivió entre los siglos VIII a.C. y III d.C., dentro de la cultura Nazca o de la Paracas (dos pueblos del antiguo Perú que hacía rato habían entrado en decadencia para el momento en que Colón puso un pie en el continente) y participó de una época preincaica de cerámicas policromadas y de artes textiles, donde la agricultura era intensiva y el maíz, el frijol, la calabaza y la yuca formaban parte del menú. Cuando murió, su cuerpo fue trasladado a una cueva, a una torre de piedra, a un pozo, a una necrópolis al aire libre o a cualquier otro sitio seco donde se momificó de modo natural y en posición fetal.

Allí pasó los tiempos de buena parte de la eternidad hasta que, en algún momento más o menos cercano al presente, un saqueador lo retiró. Ese saqueador moderno –un “huaquero”, como se conoce a los profanadores de la arqueología- envolvió su cuerpo milenario con piezas de yeso en un paquete y lo recubrió con papel de aluminio, para declararlo como réplica de cerámicas peruanas y enviarlo desde Bolivia a Buenos Aires. Creía que el aluminio iba a reflejar los Rayos X del scanner de la aduana, pero se equivocó. El 26 de mayo pasado, unos 2.500 años después de la muerte del cuerpo momificado, los sabuesos de la sucursal del correo en Retiro lo descubrieron en un paquete que también contenía tres cráneos antiquísimos. Luego de la sorpresa y del llamado a la Justicia –dando intervención al Juzgado Penal y Económico número 5-, el destinatario del envío, un argentino con domicilio en Recoleta, fue detenido.

Ahora, el cuerpo momificado de aquella persona que vivió en las culturas Nazca o Paraca del antiguo Perú se encuentra en el Instituto Nacional de Antropología y Pensamiento Latinoamericano, donde permanecerá hasta que el proceso judicial termine y sea devuelto al gobierno de Perú. Es que el envío se encuadra dentro del tráfico ilícito de bienes culturales y está penado por la Ley de Patrimonio Arqueológico y Paleontológico.

“La momia está entera, pero fue muy maltratada”, dice la arqueóloga Malena Vázquez, del Instituto. La momia no va a ser estudiada en la Argentina, porque no es un bien nacional. Será, en cambio, resguardada y devuelta a Perú, donde, si quisieran ponerle fecha exacta, podrían analizar la iconografía de sus textiles o realizar la prueba de Carbono 14, aunque es costosa y necesita de muestras puras que tal vez esta momia ya no tenga. “Determinar la antigüedad exacta es importante, pero es más importante descubrir qué nos cuentan las cosas de la gente que las utilizó”, considera Vázquez.

Desde que en el año 2004 entró en vigencia la Ley 25.743, de Patrimonio Arqueológico y Paleontológico –que pone énfasis en el control del tráfico ilícito-, ésta es la primera vez que se detecta contrabando de restos humanos. Lo que se ve con mayor frecuencia es el tráfico de restos paleontológicos (huesos de dinosaurios y maderas fosilizadas, por ejemplo) o de cerámicas y herramientas aborígenes. “En todo el territorio nacional hay yacimientos arqueológicos precolombinos”, explica Vázquez. Esa misma Ley 25.743 es la que creó el Registro Nacional de Yacimientos, Colecciones y Objetos Arqueológicos (ReNYCOA) y otro similar en el campo paleontológico, además de un Comité de Tráfico Ilícito formado por diferentes actores, entre los que se encuentra la Secretaría de Cultura de la Nación, la Aduana e Interpol.

Sin embargo, los detractores dicen que, al legislar y prohibir el comercio del patrimonio cultural (algo que se hacía y que se sigue haciendo –aunque ahora de modo ilegal, lo que eleva los precios y atrae el interés extranjero-), la 25.743 generó un mercado negro.

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Una pregunta que viene al caso es la del destino de la momia: ¿iba dirigida a algún coleccionista argentino o desde Buenos Aires sería enviada a un particular o a un museo de Europa o de Estados Unidos? Que la Argentina tiene un tráfico de arqueología de bienes propios y ajenos es algo sabido en el ambiente local. Pero los coleccionistas y los comerciantes argentinos no son muchos más que veinte. “Desde hace muchos años, el nuestro es un país exportador de bienes arqueológicos”, dice el arqueólogo Daniel Schávelzon, director del Centro de Arqueología Urbana de la UBA y del Área de Arqueología Urbana del Gobierno porteño.

“Durante mucho tiempo la legislación amparó esta situación, sin oponerse demasiado, y en la medida en que otros países se pusieron más estrictos con su patrimonio, la Argentina se transformó en un lugar de paso, que permite blanquear el comercio de objetos que provienen de otros países con condiciones más estrictas”. El tráfico local no se compara con el de naciones como Bolivia, Perú, Guatemala, Honduras o México; y en ninguna gran venta del mundo aparece más de una o dos piezas argentinas, que pueden ser textiles, cerámicas, objetos de hueso o de madera. Mientras la arqueología argentina no esté promocionada a nivel internacional, esto no cambiará.

Entre los entendidos, el caso de la momia detectada por la Aduana argentina llama la atención. El envío por correo de una pieza tan particular no es una jugada inteligente. Más sencillo sería meter el paquete en un cajón y enviarlo por micro para evitar los Rayos X. “El tema podría ser más complicado de lo que parece”, sigue Schávelzon. El especialista habla desde el sentido común, sin ninguna participación en la investigación, pero sus palabras son, al menos, dignas de escuchar: “En los últimos tiempos se le han hecho trampas a varias personas del ambiente. A mí no me extrañaría que esta situación no fuera más que una inversión de dinero para causarle daño a alguien. No hay que invertir demasiado: yo creo que, para alguien que sabe cómo moverse en el altiplano, ese envío no puede haber costado más de quinientos dólares. Además hay que tener en cuenta que casi no hay mercado para las momias porque lo que se comercia son objetos. En definitiva, en el negocio de la arqueología hay intereses muy fuertes y ésta podría ser una operación”.

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Uno de los responsables de llegar al final de la historia es el Subcomisario Marcelo El Haibe, jefe del Centro Nacional de Protección del Patrimonio Cultural, una sección de Interpol especializada en este tipo de hechos y en robo de bienes artísticos, paleontológicos e históricos. El Haibe está al frente de doce agentes que recorren las webs de las grandes subastas mundiales para detectar artículos robados argentinos, del mismo modo que visitan los negocios de compra/venta de antigüedades en San Telmo. “Cuando el Juzgado Penal y Económico número 5 lo ordene, nosotros investigaremos en detalle la ruta de ingreso y el remitente. Por ahora, el destinatario, que ya fue detenido, se despega del asunto y dice que a él lo mandaron a buscar eso, y es posible que sea cierto, pero hay que ver quién envió el paquete”, dice.

El subcomisario El Haibe recuerda el caso una momia robada de la Museo Histórico de La Boca. Se trataba de una pieza de novecientos años de antigüedad, perteneciente a la cultura diaguita. “Es posible que la hayan llevado a Europa”, considera. El fantasma de los coleccionistas o de los museos del primer mundo comprando de modo ilegal siempre ronda. Pero esta vez, la momia de la cultura Nazca o Paraca fue detectada a tiempo. Y quizá cuando la investigación termine pueda volver a dormir el sueño de los tiempos que los hombres modernos le han interrumpido.

(Una versión de esta nota apareció en la revista El Guardián el día 9 de junio de 2011)