Pesquisas

¿Dónde está María Cash?

Federico Cash atiende al teléfono con desesperación contenida, en algún lugar del norte del país, rogando que por fin aparezca, del otro lado de la línea, alguien que le dé información real y concreta sobre su hija María del Carmen, de 29 años, cuyo rastro se pierde en una ruta de la provincia de Salta el viernes 8 de julio, el mismo día que él partió hacia las enigmáticas provincias del norte para buscarla. Pero este llamado es –en una realidad que parece un mal sueño- apenas una entrevista más.

“Estoy destinando esta línea a la recepción de llamados que me brinden información sobre María”, es lo primero que dice el padre. Después abrevia la entrevista con las novedades, que todavía tienen el sabor de la incertidumbre: “Lo único que puedo decir es que ahora hemos logrado el apoyo del sindicato de camioneros en la difusión de la foto de María, para que los camioneros la tengan en la cabina y avisen cuando la vean. Otro tema importante es que aquel que la vea avise de manera rápida a cualquier uniformado azul o verde, policía o gendarme, y que le exija a ese uniformado que le participe la novedad a su jefe en forma de rápida”.

Para meterse en el caso de María Cash hay que comenzar con sus señas particulares: mide 1,70 metro; tiene cabello castaño no muy oscuro; ojos marrones; y un lunar en la mejilla izquierda, delante del lóbulo de la oreja. Nadie sabe nada sobre su paradero desde ese viernes 8, un día confuso en el que va a ver a un médico para que le recete un remedio por su estado febril, luego cruza el peaje Aunor –de Salta- y queda registrada en una cámara, hace dedo y se sube al auto del ex concejal Juan Causarano, que la describirá como “extraviada o temerosa” y “rara, como dopada”; y un camionero la deja cerca del peaje de Cabeza de Buey, próximo al límite con Tucumán. Ese mismo día María le envía un mail a sus familiares pidiéndoles los números de teléfono y avisándoles que ha perdido su celular –un correo que, al día de hoy, despierta sospechas en sus allegados: ¿realmente lo envió ella?-.

El viaje había comenzado el día lunes 4, cuando Federico Cash –el padre desesperado que ahora aguarda novedades al teléfono y viaja por las rutas del norte- la acompañó a la terminal de Retiro a las ocho de la noche y la dejó en el interno 1690 de la empresa Mercobus, que llegaría a San Salvador de Jujuy el martes 5 a las seis de la tarde. En Jujuy, María tomaría contacto con Juan Pablo Dumón, un amigo de 23 años a quien había conocido en una escuela de yoga, que “aparentemente” (según se advierte en el blog oficial de la búsqueda) le daría trabajo y casa. María, una diseñadora de ropa independiente, quería pasar un tiempo en Jujuy, por donde ya había andado dos años atrás.

Pero antes de llegar a destino surge el primer enigma: María abandona el ómnibus porque no se siente cómoda con algunos de los pasajeros, según le cuenta a su familia, por teléfono, el martes 5. La joven baja en Rosario de la Frontera, un pueblo salteño a pocos kilómetros de la capital, y desde allí hace dedo… ¡hacia el sur! Efectivamente, retrocede hasta Santiago del Estero. ¿Se ha confundido? No está claro. Lo que hace entonces es llamar a su amigo Dumón y pedirle que le saque un pasaje para volver a Jujuy.

El miércoles 6 a las ocho y media de la mañana llega, vuelve a discar y habla con Paula, la hermana de Juan Pablo, para pedirle un remís que la acerque hasta la casa de su amigo. Los Dumón dicen haberle enviado el coche, pero aquí el rastro se hace todavía más huidizo y extraño: María nunca aparece en la casa de los Dumón. Ese día, a las cinco y media de la tarde, la chica llama desde un locutorio a su madre y le dice que está sin dinero, que no está bien y que tiene ganas de ir para Salta, pero avisa que no puede hablar más y corta.

Después de un día sin novedades, sólo quedan las noticias extrañas e ilógicas. “El viernes 8 mi padre y mi hermano salieron a Salta y llegaron en dieciséis horas”, cuenta Patricio, uno de los hermanos de la joven diseñadora. “En Salta mi padre hizo la denuncia en la División de Trata de la policía y mi hermano salió en el diario El Tribuno. Quizás el tema se manejó de una manera lenta al principio por parte de los responsables, pero ahora interviene otra gente que está tratando de ver por dónde puede estar perdida o quién fue el último que la llevó”, sigue Patricio. En su breve comunicación, el padre de María advierte que “el problema es que el número 911 o el 101 no siempre funcionan, y si funcionan el que atiende puede ser un agente raso que recién llega a la comisaría y que no conoce del tema. Por lo tanto, si se logra llamar a una comisaría, hay que avisar para hablar inmediatamente con un oficial superior”.

Desde aquel viernes 8 las preguntas sobrevuelan el cálido retrato de María Cash, difundido a lo largo del país. ¿Dónde está? ¿Fue víctima de una red de trata? ¿Está atrapada en una secta? ¿Ha sido secuestrada? ¿Perdió la memoria y deambula por algún lugar? ¿Fue vista en Santa Fe? ¿Está dopada? ¿Enloqueció? Ni la teoría del brote psicótico ni la de la desaparición voluntaria tienen asidero para la familia Cash: “No creemos en nada de eso”, descarta Patricio, el hermano. “Que pueda estar pasando por algún tipo de shock, sí, puede ser, pero no entendemos por qué”.

Muchas cosas se dijeron sobre la chica, que es buscada en seis provincias (Salta, Jujuy, Córdoba, Tucumán, Santiago del Estero y Santa Fe), pero más allá del misterio el asunto refleja la desconfianza que suelen generar quienes deben encontrar a la gente y lo duro que es el drama de buscar a un familiar en un sistema trabado por burocracias. De hecho, desde algún lugar del norte del país, cuando al padre de María se le pregunta quién centraliza todo, responde “Yo”. Y aclara: “Desde el estado parece imposible de centralizar, pero yo estoy empezando a hacerlo”.

La herida que dejó el caso de la familia Pomar, que permaneció desaparecida durante veinticuatro días –y que estaba al costado de la ruta-, todavía está abierta en la memoria. Y los nombres de los nuevos desaparecidos argentinos advienen como acusaciones sordas en la oscuridad: Julio López, el testigo que señaló a los militares represores; Florencia Penacchi, la estudiante de Ciencias Económicas que nadie ha visto en los últimos años; Luciano Arruga, una probable víctima de la violencia policial; Sofía Herrera, la niña que se perdió en el camping fueguino; Érica Soriano, una posible víctima de un homicidio pasional; y Vera Tchestnykh, la sensible inmigrante que llegó de Rusia en 1999 y que desapareció en Moreno, hace más de un año, antes del crimen de su madre y la fuga de sus hermanos hacia Bolivia.

El drama de los perdidos es más común de lo que parece y está ante nosotros. ¿Es el de María Cash un nombre más en esta lista? “No sabemos ni siquiera si ella está bien. Ojalá que sí. A esta altura no sabemos qué pensar”, dice su hermano Patricio. “Hasta nos dijeron que las noticias de Santa Fe pueden haber tenido con las elecciones, para tirar una alarma y comprobar cómo funcionaba la seguridad. Es que por el lado de Santa Fe no hemos logrado demasiado”.

La escasa organización en las bases de datos complican todo: las fuerzas que intervienen actúan por su cuenta y aparte de las policías provinciales se suman Interpol y Gendarmería. En ese sentido, el comisario Alejandro Trobbiani, jefe de la División de Trata de Personas de la policía salteña, acusa a sus colegas de otras provincias: “Hace semanas que estamos buscando a María Cash en Salta, pero creemos que está afuera de la provincia, en Santa Fe, en Entre Ríos, en Mendoza, donde ella solía tener amigos y por ahí su inconciente la está llevando hasta allá… Nosotros nos hemos comprometido con esto y sentimos, por ahí, que las otras policías no tienen el mismo compromiso y por eso no aparece”. A la hora de darle forma al caso Cash, el hombre no arriesga: “Es la primera vez que a esta división se le encarga buscar a una persona mayor de edad que anda sola, sin que tengamos conocimiento de que haya sido víctima de un delito. Cuando uno está frente a un delito de trata, enseguida se da cuenta. Pero no es este el caso”. Como el comisario salteño, nadie parece estar convencido de nada ante el incierto destino de María Cash.

(Una versión de esta nota apareció en la revista El Guardián el día 28 de julio de 2011)