Memoria del crimen

El caso Ayerza: secuestro y muerte de un estudiante

I

En la madrugada del 23 de octubre de 1931 Abel Ayerza volvía del pueblo de Marcos Juárez hacia la estancia El Calchaquí, tenía 24 años y estudiaba Medicina en Buenos Aires. De vacaciones en el campo de su familia junto a dos amigos, Santiago Hueyo y Alberto Malaver, viajaba también acompañado por Juan Bonetto, el mayordomo de la estancia. Ayerza era hijo de un médico que había ganado prestigio y reconocimiento por su cátedra universitaria y su práctica; y era el único entre sus cuatro hermanos varones que quería seguir los pasos del padre.

El viaje resultaba normal hasta que, al lado de un Buik y parado delante de un lote de trigo, un hombre les hizo señas con una linterna. Ayerza disminuyó la velocidad y bajó del auto. “¿Le pasa algo, señor?”, dijo. “¿Dónde queda Marcos Juárez?”, preguntó el hombre. No alcanzaron a responder antes de que salieran cuatro hombres armados que habían estado ocultos entre las plantas de trigo, con armas que apuntaban a los integrantes del auto. Sebastián Hueyo, que era hijo del Ministro de Hacienda, y Abel Ayerza fueron obligados a subir al coche de los desconocidos, que se los llevaron sin dejar rastro alguno.

“Nos hicieron entrar en una casa ubicada en una chacra, a mí me pusieron con las manos arriba y contra la pared, que irradiaba luz hacia abajo, de manera que los mafiosos quedaba libres de toda identificación. Después nos acercaron una mesa con un papel, tinta y una lapicera”, declararía Hueyo, que quedó en libertad en la mañana del día siguiente en el Pasaje Cuatro Esquinas, a veinte kilómetros de Rosario, con la carta escrita por su amigo Ayerza: pedían ciento veinte mil pesos para devolverlo con vida.

II

El joven le entregó la carta a su madre, Adela Arning, y ella viajo a Marcos Juárez para reunirse con su familia. Las instrucciones decían puntualmente que la policía no tenía que intervenir en este asunto. Según el diario La Prensa, “el dinero debía ser entregado por Hueyo o la persona encargada de ello, quien debía realizar tres viajes diarios, durante cuatro días consecutivos, de ida y vuelta, entre Rosario y Marcos Juárez, ocupando un automóvil Ford, que se distinguiría llevando una bandera argentina en el radiador”.

Pero los días de lluvia torrencial interrumpieron los caminos y eso dio inicio a la investigación policial, que estaba desconcertada y no tenía una respuesta inmediata. Uniformados de Santa Fe y de Córdoba se unificaron con el objetivo de encontrar al joven sano y salvo, y luego incluso se unirían con una comisión especializada de Buenos Aires.

III

Al poco tiempo cayó unos de los cómplices de los mafiosos sicilianos. Se trataba de Carlos Rampello, un hampón que tenía antecedentes pero que no alcanzó para llegar hasta los secuestradores: el pacto de lealtad y silencio del grupo mafioso se respetaba aun en las peores condiciones.

Al cumplirse un mes del secuestro, la familia de Ayerza hizo público su interés por contactarse con los secuestradores. El rescate ya había sido pagado y el joven todavía no aparecía.

IV

En Rosario se había hecho el pago del secuestro bajo las instrucciones de los hampones, entregado en mano en las inmediaciones del cruce de la calle Ayolas con las vías de ferrocarril. Los delincuentes llevaban pañuelos blancos en sus bolsillos y cuando se encontraron frente a los amigos de Ayerza, uno de los cómplices les dio un billete de diez pesos y les dijo: “¿Tienen algo para mí?”. Era la contraseña. Al instante, los amigos le pasaron un maletín que contenía el dinero pedido.

Al día siguiente, la hija de Graciela Marino escribió un telegrama que decía “Manden al chancho, urgente” y se lo envió a Marcelo Dallera, un jornalero que trabajaba en el pueblo de Corral de Bustos. Fue su esposa quien trasmitió el mensaje a sus últimos receptores: los hermanos Vicente y Pablo Di Grado. En la noche del 1° de noviembre los hermanos sacaron a Ayerza del sótano.

V

Según la reconstrucción judicial, los hermanos lo llevaron a una colonia cercana y ahí le dieron un tiro por la espalda y lo enterraron. Veinte días después los hermanos y Dallera exhumaron el cadáver y le quitaron la ropa para que no fuera identificado, y llevaron sus restos hasta Colonia Carlitos, cerca de Chalar Ladeado, donde finalmente fue encontrado el 22 de febrero de 1933.

Pablo Di Grado y Juan Vinti se acusaron mutuamente de haber hecho el disparo fatal. En realidad, el hecho fatal fue el resultado de una confusión ya que según las investigaciones, el telegrama que envió Marino contenía una errata, o había sido mal interpretado: “Maten al chancho”, habría sido el mensaje que recibieron los últimos captores. Algunos de los integrantes de la organización mafiosa presuntamente comandada por Juan Galiffi, alias “Chicho Grande”, fueron enjuiciados y otros lograron salvarse. Pero el hecho fue clave y abrió una nueva etapa en la persecución de las organizaciones mafiosas.

Bibliografía:

– Aguirre, Osvaldo, “La Chicago argentina. Crimen, mafia y prostitución en Rosario”. Editorial Fundación Ross, año 2000.

– Archivo del diario La Capital

– Zinni, Héctor Nicolás y Ielpi, Rafael Oscar, “Prostitución y rufianismo”. Editorial Homo Sapiens Ediciones, año 2004.

Juan Pablo Robledo es egresado del Postítulo en Comunicación y Licenciatura en Periodismo en la Universidad Nacional de Rosario, y cursa la Licenciatura en Historia de la misma casa de estudios. Es columnista de la revista Rosario, su historia y región, colabora en el suplemento Señales, del diario La Capital, y es redactor en la sección policiales del diario El Ciudadano.