Cuerpos

El empalador de La Plata

Cuando encontraron su cuerpo –golpeado hasta el hartazgo y semidesnudo- creyeron que estaban ante un crimen político. O que algún rufián le enviaba al intendente de La Plata un mensaje mafioso a través de un joven casi muerto que seis días más tarde terminaría de fallecer a causa del terrible golpe que le habían dado en la cabeza con una baldosa y de las heridas que con una rama le habían sido infligidas en su aparato excretor y en el ano: a Santiago Barberán lo empalaron y lo arrojaron en los jardines de la municipalidad platense.

Sin embargo, el caso resultó de una cotidianeidad oscura e inesperada. La pista política estaba lejos de la historia en la que dos jóvenes se conocen en un boliche que se llama De la hostia, charlan un rato, toman un trago y deciden salir a la calle a fumar un porro, donde –bajo efectos narcóticos que deforman la noche y las palabras- un diálogo se transforma en una discusión y una celebración (“Qué linda campera que tenés”, dice uno), en una amenaza (“Creí que me la quería robar”, explica el otro, cuando la sangre ya ha corrido, irremediable).

El condenado se llama Nicolás Marletta, es oriundo de Junín y tiene 22 años, apenas dos más que su víctima. Durante el proceso surgen las dudas: ¿actuó solo? ¿Era Barberán su objetivo o se confundió de víctima? Él, que ve pasar a sus jueces con la mirada de un cuervo inmóvil, acepta haber golpeado al muerto, pero niega el empalamiento y dice: “Es posible que algo haya tenido que ver yo con todo eso”. Y es posible que se sintiera traicionado por esos siete amigos a los que les contó la horrible historia, y que lo vendieron por una recompensa mugrosa. Aquellos dijeron que tenían un peso en la conciencia, pero el dinero parecía pesar más.

La sentencia llega en 2008 y condena a dieciocho años de prisión a Marletta por encontrarlo responsable de un abuso sexual gravemente ultrajante en concurso real con homicidio simple: los jueces anotan que el empalamiento atenta contra la libertad sexual de Barberán, que lo burla y que lo humilla. Tres años más tarde, en 2011, la Cámara de Casación confirma el fallo.

Pero si algo llama la atención del caso es la perversa técnica –nada común en la historia criminal argentina, que sólo de vez en cuando se deja ver– a la que recurrió el asesino. “El empalamiento deja lesiones muy graves”, explica el médico legista y psiquiatra forense Miguel Ángel Maldonado. “La muerte llega por una hemorragia interna o por un shock séptico si se infecta esa zona en la que están el colon descendente y el recto, cuyas bacterias diseminadas por la cavidad pélvica pueden ser muy nocivas en una peritonitis grave”. ¿Y el agresor? “Tiene un grado de sadismo importante. Es difícil comprender que una mente elabore semejante castigo para matar”, asegura Maldonado.

Por cierto, el empalamiento se conoció mejor en la Valaquia del siglo XV, donde hoy se habla en rumano. Aquella era una provincia regida con el terror por Vlad III (también conocido como Vlad Tepes), el sanguinario príncipe que inspiró la figura de Drácula. A Vlad III le decían “el Empalador”; a Marletta, vaya uno saber.