Memoria del crimen

Tras los pasos del Petiso Orejudo

No veo más que mi rostro y me resulta incómodo. El hombre que atiende en el hotel alojamiento El Velero se esconde por detrás de una ventana espejada y responde a mis preguntas sin interés. Cuando le digo que aquí mismo, en Pavón 1541, Cayetano Santos Godino, mejor conocido como el Petiso Orejudo, cometió uno de sus crímenes más horribles, me dice, a través de un micrófono, que no. “No, no, acá no hubo ningún asesinato”, asegura. Pero no sabe. No sabe que el 25 de enero de 1912 aquí no había ningún hotel alojamiento sino una casa vacía, disponible para alquilar, donde se halló el cadáver de Arturo Laurora, un nene de trece años bien querido en el barrio, que aquella tarde no había acudido a la cita de siempre con sus amigos en la esquina de Solís y Cochabamba.

El hombre del telo se hace el gil: cree que le estoy hablando de un crimen cometido ayer nomás aquí adentro, en una de estas habitaciones donde el amor es fugaz y carnal. El doctor Veyga, que examinó en 1912 el cadáver del niño Laurora, anotó en su pericia “desfloración rectal”. El doctor Cassini, “distensión abdominal por gases de putrefacción, cianosis de la cara y miembros superiores y signos de violencia salvo en la región anal donde descubrió demasiada distensión del esfínter con ligera equimosis (moretón) de la mucosa”. Siguiendo a Leonardo Contreras, autor de La leyenda del Petiso Orejudo, el cadáver del niño yacía panza para arriba y vestía apenas una camisa con manchas de sangre. El pantalón, el cinturón y los zapatos de hule estaban desparramados más allá. Alrededor del cuello de Laurora todavía colgaba un piolín atado a un cordel.

El Petiso Orejudo, por quien he venido a preguntar, violó y mató aquí mismo, donde ahora entran dos de la mano, a su primera víctima. Entonces le explico al hombre que atiende y atisbo a ver, a través del espejo, que se encoge de hombros: no le importa. Me pregunto si acaso el Petiso Orejudo, leyenda negra del crimen, ya no le importa a nadie… No es tan así. Su nombre continúa sonando a horror. En el libro Enemigos públicos Osvaldo Aguirre anota que se convirtió, a su captura, en “el delincuente con el que soñaba la criminología argentina”. A los dieciséis años ya había matado a cuatro niños y había herido a siete. Pero el sueño se concretaba con confesiones vanidosas en las que señalaba que sólo había buscado placer. Inimputable en un principio, fue luego condenado a prisión por tiempo indeterminado. En 1915 un repórter del diario La Patria degli Italiani lo entrevistó en la cárcel y le preguntó qué sentía cuando estrangulaba. “No sé… me gusta”, respondió el Orejudo. “Además, me da todo un temblor por el cuerpo que me sacude, siento ganas de morder”.

Aprendió a leer en la Penitenciaría Nacional de la calle Las Heras y murió en el presidio de Ushuaia, en 1944. En la cárcel del fin del mundo ocupó durante veinte años una celda donde hoy un muñeco reproduce sus orejas aladas, su metro y medio escuálido, su rostro infame. A pesar de todo, el muñeco es bastante simpático. El oscuro Godino jamás hubiera imaginado que iba a tener su homenaje. Mucho menos, que su retrato enmarcado vigilaría un pasillo del Museo de la Policía Federal. De hecho, la leyenda cuenta que sus propios compañeros de prisión lo asesinaron a golpes luego de que él matara a los dos gatitos del penal (“Como quien rompe una astilla de madera, le quebró el espinazo –¡Crac!–, lo dejó en el suelo e hizo lo mismo con el otro gato”, escribió el periodista Juan José de Soiza Reilly, que lo entrevistó para Caras y Caretas). La leyenda cuenta, también, que la mujer del director de la cárcel usaba su fémur como pisapapeles  y que en su tumba no se halló ni un hueso. La leyenda cuenta que el Petiso Orejudo robó, incendió, violó y mató. Pero ya nadie cuenta la leyenda.

En Entre Ríos 522 cometió su segunda fechoría, el 7 de marzo de 1912. Allí aprovechó un descuido de la madre de Reina Bonita Vainicoff, una nena de cinco años, para dejarle un fósforo encendido en el vestidito, que ardió y envolvió en llamas los gritos de Reina Bonita. Un policía se arrojó sobre ella para apagar el fuego y su abuelo, que la vio desde la vereda de enfrente, cruzó para salvarla. Pero la suerte estaba echada y era mala: el policía no pudo evitar que la niña falleciera por las heridas dos semanas después y el abuelo fue embestido por un tranvía mientras corría hacia la niña.

Ahora Entre Ríos es una calle densa, donde late la ciudad. En el 522 hay una peluquería. Cuando les hablo del Petiso Orejudo a las empleadas, se ríen, desconfían del cuento y me preguntan qué tendrá el petiso cuando las provoca. Pero no, no me refiero al petiso que las vuelve locas, y cuando les explico sobre Cayetano Santos Godino sus expresiones se afectan. “Acá hay espíritus”, me dicen. “Hay ruidos en el piso de arriba, que usamos para comer y como sala de estar. Se ven sombras y una vez aparecieron dados vuelta unos zapatos que habíamos dejado”. ¿Será el espíritu de la niña Reina Bonita? María Moreno entrevistó a su hermano en el libro El Petiso Orejudo: Isaak Argentino Vainicoff tenía ya 85 años pero recordaba la pena de su madre. “La mía fue una familia arruinada por el Orejudo”, le dijo a la autora. Ahora las chicas de la peluquería cuentan que el local abrió sus puertas hace nueve años y que antes había aquí un conventillo. Las fachadas cambian, pero los dramas permanecen como capas arqueológicas.

La puerta de Urquiza 1970 no dice nada. No dice, por ejemplo, que de aquí se llevaron a Godino a fines de ese mismo año de 1912. Esta era su casa. Aquí volvió luego de pasar por el velatorio de Jesualdito Giordano, su última víctima. Dicen que a ese niño muerto Godino le acarició la frente, para palpar en realidad el agujero fatal que le había hecho él mismo con un clavo, unas horas antes. Ese niño era muy parecido a un hermanito fallecido que el Orejudo no llegó a conocer más que por las palabras de su padre, un calabrés analfabeto que lo recordaba con la confusión del alcohol. De pronto, la muerte espantó al Petiso. Ante su víctima, su propia cabeza comenzó a later con un dolor creciente: debía irse sin perder más tiempo. Escapó por las calles oscuras de Parque Patricios y antes de entrar al conventillo recuperó aire y compró un vespertino donde vio una foto del baldío en el que había liquidado al niño. La recortó y se la guardó, sin saber que alguien lo había visto llevando a la víctima y que al día siguiente lo capturarían.

Yo también siento que debo irme. “Hace poco que me mudé y no conozco nada de la historia del barrio”, me dice una a través del portero eléctrico. Siento entonces que debo escapar ya mismo de Parque Patricios y de San Cristóbal, donde nadie quiere enterarse del muchacho horrible, donde nadie recuerda que en estas calles hubo miedo y revancha, y entonces deseo refugiarme, para siempre, en las crónicas policiales de papel amarillento.

(Una versión de esta nota apareció en la revista El Guardián el día 21 de julio de 2011)