Pesquisas

Un meteorito cargado de interrogantes

Cada tortilla se vende a tres pesos desde los primeros albores en el barrio Nueve de Julio, de la localidad de Esteban Echeverría, pero para llegar con una buena provisión hay que cocinar durante la madrugada. Y don Quique, vecino viejo, se levantó algunas horas después de la medianoche para comenzar, como siempre. El ritual de lo habitual, sin embargo, quedó por la mitad el lunes 26 de septiembre. “Puse la pava para el mate, pero me quedé duro porque vi por la ventana que venía una luz roja, algo como un globo, pero con una estela larga”, asegura. “Y cuando me di media vuelta, explotó la casa de acá enfrente”.

El siniestro afectó a una casa de la calle Luis Vernet al 3800, que quedó reducida a escombros; a otras dos, que sufrieron daños menores; y a dos coches, que quedaron destruidos –uno de ellos, el taxi del dueño de la casa siniestrada-. El saldo fatal recayó sobre Silvia Espinosa, una mujer de nacionalidad peruana que estaba de visita, y otros ocho individuos resultaron heridos. La causa de la explosión no ha sido descifrada por completo aún, pero se impone la de un escape de gas, a pesar de que las pantallas permanecieron calientes durante algunos días animadas por la versión del impacto de un meteorito, en relación a la reciente caída del satélite UARS –enviado al espacio en 1991-. Esa versión se agrandó con el testimonio de los vecinos que dijeron haber visto luces en el cielo de un barrio tan castigado y arruinado como soporífero que, por vez primera, recibió la mirada de la sociedad. Si la situación tenía bastante de fantasía medieval, con el populacho en la calle temiendo un castigo divino, no faltó el bufón que apareció con una foto del supuesto meteorito, una prueba que muy pronto resultó falsa y que llevó al calabozo al joven embaucador de 19 años, de nombre Víctor Verón.

En Twitter, Pity Álvarez descreyó de las versiones más racionales: “hoy decian que no era un coso qe callo del ciel0 qe era un calefon todomentira qe va a ser un calefon” y “lo ocultaronn todo lo del coso ese qe callo del cielo algo raro ay” y aún “a los extraterrestres los tienen todos ocultos”. A fin de cuentas, la historia de un meteorito en Esteban Echeverría no resulta imposible para un territorio cada vez más fantástico y exótico como es el conurbano bonaerense -y el que no lo crea debería remitirse a los magníficos relatos de Juan Diego Incardona.

Sin embargo, para Mariano Ribas, coordinador del área de Astronomía del Planetario de Buenos Aires, “un globo rojo con una estela no tiene nada que ver con un meteorito”. Y aunque no descarta a priori la caída de un pequeño meteorito o de un pequeño resto de chatarra espacial, le parece poco probable que esa sea la causa de la explosión. “Este tipo de cosas no pasa regularmente. Nunca pasó en la historia reciente argentina y en el resto del mundo se dio tan sólo un par de veces, por más que la caída de meteoritos es algo habitual, cosa de todos los días y todas las noches en tanto la Tierra se mueve en un medio espacial con partículas que también orbitan alrededor del Sol. Es una cuestión probabilística, lo que no es poco: las tres cuartas partes de la superficie de la tierra es océano”.

“En general las señales de noticias de tevé por cable se trabajan en condiciones de competencia directa, que en ocasiones resulta en el abandono de las prácticas recomendables en cuanto a rigurosidad”, aporta Santiago Marino, docente de la UBA y de la UNQui, y coordinador académico de la Maestría en Industrias Culturales de ésta última. “En esa línea se enmarca el efecto contagio que se dio con esta noticia, que implicó la falta de corroboración de las fuentes concretas. El funcionamiento económico de los medios y la competencia frenética no son irrelevantes para el resultado final. Las señales de tevé por cable lideran el rating: en 2010, de las cinco señales más vistas del cable, cuatro fueron de noticias. Además, la falta de rigurosidad se instala una como práctica profesional sin que haya una reflexión profunda en la actividad, de parte de los actores más fuertes. Y esto también se vio en el caso Candela y en el caso Pomar”.

Mientras tanto, don Quique, el vecino, vuelve a lo suyo, a sus tortillas. Él fue el primero que se acercó a rescatar a las víctimas de la explosión: sacó de entre los escombros a una mujer y a dos muchachos ensangrentados. “A mí que no me quieran embromar, el gas no revienta tan fuerte”, dice mientras dobla la ropa que encontró entre las ruinas para devolvérsela a la familia, y le echa una mirada despectiva al muchacho desgarbado que se abre paso entre la multitud curiosa y entre los movileros, para acercarse y preguntar “¿Vende esas zapatillas, don?”.