Crimen y Castigo

La redención de Amanda Knox

El día que entró a la sala de audiencias con un remera que decía –que gritaba, en letras enormes- “All you need is love”, la americana Amanda Knox pareció burlar a todos. Aun en su lugar de rea se animaba a mantener su frescura y su armonía, su belleza con mayúsculas (una condición poco conocida en aquellos tribunales del crimen) y su candor, ingenuo a pesar de todo. Quizás ese día Amanda Knox se convirtió definitivamente en una estrella de la tinta roja, etérea al lado de los guardianes deformes de la Polizia que la llevaban del brazo hacia el banquillo de los acusados, lúcida como un ángel celestial en el infierno.

Y sin embargo, ni todo el amor del mundo –que decía, que gritaba desde su remera- podría ayudarla para evitar recibir una condena en primera instancia de varios años por el crimen de su amiga inglesa Meredith Kercher. Aquella había sido apuñalada cuarenta y tres veces el 1º de noviembre de 2007 en una casa de aspecto inesperadamente siniestro, en la ciudad italiana de Perugia, donde ambas, la americana y la inglesa, pasaban sus temporadas estudiantiles de intercambio. Amanda Knox, oriunda de Seattle, tenía entonces 20 años; Meredith, de Londres, uno más. El filósofo francés Paul Nizan escribió en su libro de viajes Aden Arabia al menos una verdad: “Yo también he tenido veinte años; no permitiré a nadie decir jamás que es la edad más bella de la vida”.

Amanda Knox, por su parte, tampoco lo consentiría.

El crimen de Meredith Kercher tiene formas bien conocidas en nuestras latitudes: dos chicas jóvenes en escena, las puñaladas, un novio vacilante, evidencias de sexo rudo, una habitación cerrada, un proceso judicial confuso, pruebas de ADN sin resguardo, un fiscal obsesionado y un circo mediático gradual… Son estrictamente los mismos elementos que se conocieron en el caso argentino de las amigas Lucila Frend y Solange Grabenheimer, un homicidio ocurrido diez meses antes que el de Meredith Kercher, el 10 enero de 2007, en un PH del barrio de Florida, donde la primera resultó acusada del asesinato de la segunda. Hace cuatro meses Lucila Frend fue absuelta en un juicio conmovedor en el que afloró una verdad inobjetable que pocos esperaban. Hace algunos días, no más, Amanda Knox también fue absuelta, luego de un proceso de cuatro años donde se la acusó por el homicidio y se la condenó en un primer juicio junto a su novio –Raffaele Sollecito, un nene bien al que había conocido apenas un mes antes del asesinato, en un concierto de música clásica. También fue sentenciado otro sospechoso: Rudy Guede, nacido en Costa de Marfil, criado en Italia y joven, tan joven como todos ellos.

Las huellas sangrientas del muchacho africano, halladas en la almohada de la víctima y cotejadas con registros genéticos que guardaba la policía de algún viejo paso suyo por la celda, lo ubicaron en la mira de la Justicia apenas quince días después de las puñaladas. Prófugo en Alemania, Guede cayó cuando se conectó a Facebook para responderle una entrevista a un periodista inglés. Interpol rastreó su pista cibernética hasta dar con él, el 20 de noviembre.

Lo de Amanda fue diferente: la posibilidad de que ella también hubiera hundido el puñal en la carne de su roommate fue emergiendo lentamente –al tiempo que su semblante ingenuo se transformaba en el de una femme fatale en el imaginario mediático, y su apodo “Foxy Knoxy”, algo así como “la zorrita Knoxy”, pesaba más que su candoroso nombre de pila-. El interrogatorio que la hundió fue severo, sin traductor y con alguna cachetada. Luego llegó el luminol: el reactivo que devela la presencia de rastros hemáticos borrados señaló una serie de huellas en la casa. “Esas huellas ensangrentadas fueron dejadas por Amanda Knox”, acusaron los investigadores. Y se habló, también, de un cuchillo hallado en la casa de Raffaele Sollecito, el novio de la Knox. El ADN de Amanda estaba en el mango y el de Meredith, en el filo. El fiscal Giuliano Mignini incorporó a ambos y al africano Rudy Guede en la hipótesis de un juego sexual y drogón que terminó en la violación y el homicidio de Meredith cuando ella se negó a participar junto a los otros tres. Y, como ocurrió en el caso de Lucila Frend –donde las dudas caracterizaron a la instrucción-, el fiscal, tozudo, empujó la causa hasta llegar a juicio. En primera instancia los jueces también quisieron creer y culparon a Amanda (con veintiséis años de prisión) y a Raffaele (con veinticinco).

Sin embargo, Amanda Knox y Raffaele Sollecito apelaron. Rudy Guede también, pero no le fue bien: hoy purga una condena final a dieciséis años. Su paso por el lugar del hecho parece indiscutible y sus versiones contradictorias no lo ayudaron. Pero la suerte de los dos novios podía encontrar un destino mejor y sus abogados lo sabían: en el cuarto de la inglesa no se había encontrado evidencia concluyente y todo el ADN recolectado resultó objetado por su contaminación. Por eso las defensas de ambos señalaron a Guede como el único asesino en un clásico ataque sexual de final fatal. Amanda y Raffaele, en cambio, estaban –según sus declaraciones- en la casa del padre de aquel mientras la joven inglesa moría. La acusación del fiscal Mignini se cayó como un castillo de naipes en el segundo juicio, donde los dos fueron absueltos.

El calvario de cuatro años terminó y la pesadilla pasó a ser parte del pasado. De un día al otro se hizo justicia y Amanda Knox acaba de volver a Estados Unidos, donde fue recibida con hurras. Aquella chiquilla de 20 años que había viajado para aprender italiano y alemán vuelve siendo una joven mujer de 24 que conoce el infierno de una acusación falaz y de un cautiverio indigno. Y entre nosotros, Marina Harvey, la madre de Lucila Frend (quien también creció a la sombra de una inculpación tramposa), recibió la noticia con emoción: “Quedé impresionada por el paralelismo de los casos”, le contó a la periodista Cecilia Di Lodovico. “Vi como hablaba Amanda Knox, tranquila pero con la voz quebrada, y obviamente lloré… Creo que todos debemos reflexionar sobre el peligro de juzgar a una persona por su parecer físico: a esta chica la llamaban ‘el ángel con ojos de hielo’, algo muy parecido a lo expresado con mi hija. Qué duro es, además, que estos temas se posicionen en los medios y se influya sobre la opinión pública. Pero, como siempre me han dicho mis abogados Sergio Pizarro Posse y Francisco García Santillán, a la verdad no hay con qué darle: tarde o temprano sale a la luz, sólo es cuestión de tiempo. Y gracias a Dios así fue en ambos casos”.