Crimen y Castigo

Última noche

“Tomamos cerveza frente al billar de la calle Libertad, casi esquina Entre Ríos”, le dijo el muchacho al juez. “Después, me la llevé a mi casa y nos encerramos en mi pieza. Ahí tuvimos sexo oral hasta que ya no pudimos más porque se me rompió el preservativo”.

Cuando, varios años atrás, salía a la cancha en la primera de Comercio Central Unidos, de Santiago del Estero, Pablo Alejandro Peralta se acordaba de su viejo, Marcelino Estergidio Díaz, también ex jugador, y soñaba con el futuro. Tiempos de goles, de contratos y de mujeres generosas parecían acercarse. Y ésta historia, que es la suya, ni siquiera en una pesadilla podría haberse cruzado.

“Entonces no pudimos seguir más. La dejé en la calle y se fue en un remís”.

Ella se llamaba Cecy Medina. O, en realidad, Rubén Rolando Montenegro. Era una travesti de 30 años. Al tiempo que Peralta se ponía la camiseta de Comercio, Rubén se transformaba en Cecy, mucho más despacio de lo que le hubiera gustado. En su hora final había construido la figura de una mujer ilusoria, pero suficientemente seductora para destacar en la baja calle de la provincia santiagueña.

El teléfono parecía un juguete en sus manos veloces, en la madrugada del sábado 8 de octubre. Los mensajes de texto excitaban al ex futbolista, que no había podido volver a dormirse después del encuentro fallido con la Cecy. Aquella no era la primera vez. Se habían conocido en un boliche donde se buscaron y se acorralaron. Después vinieron otras miradas, otros susurros, otros valores.

Qué vida. Qué vida podrida.

El fútbol había terminado definitivamente cinco años atrás, cuando él tenía 27, con un oscuro accidente de tránsito: caído en la mala, Peralta le había manoteado la cartera a una vieja, se había subido a una moto y estaba rajando, con la moto que volaba, endiablada, cuando en la esquina de Roca y Jujuy –en el centro de la ciudad de Santiago del Estero- se la dio de lleno contra un auto. El golpe tuvo la fuerza de un trueno. Y en esa esquina quedó para siempre su pierna izquierda –y el sueño goleador.

Desde entonces usa muletas y le dicen “el rengo”.

La Cecy lo convenció para verse de nuevo esa misma noche en La Banda, un viejo pueblo santiagueño devenido en suburbio capitalino. Pero el sol salió antes del encuentro y recién a las siete y media su remisero la buscó por su casa del Barrio Paraíso y la llevó al hotel alojamiento de ruta 1 y calle 1, donde ya esperaba el ex futbolista.

“Adentro otra vez tuvimos sexo oral”, le contó el rengo al juez, cuando ya no quedaba nada. “En un momento dado entré al baño. Y cuando salí vi que Cecy me había bolsilleado doscientos pesos de los seiscientos que tenía en el pantalón. Encima, me robó mi droga… ¡y se estaba dando como loca!”.

Se le echó encima con furia. La Cecy ya le había robado y él no estaba dispuesto a dejarlo pasar de vuelta. Algunos decían que ella vendía cocaína en la puerta de los hoteles del barrio. La calle 1 era una arteria merquera que de noche se llenaba de clientes desesperados por un gramo. Peralta, el rengo, también había tomado como loco esa noche. Los dos estaban en la misma y mientras forcejeaban la cuenta regresiva cortaba los tiempos de la habitación 6, donde la energía del sexo todavía colmaba el ambiente y los jadeos de las otras camas se escuchaban a lo lejos. Peralta no sabía que la Cecy pegaba fuerte y se defendía bien, pero había sido precavido esa noche trayendo consigo su .32 largo. El recuerdo del brillo del  cañón se le aparecía entre las trompadas que le llovía la travesti y los insultos sucios que le escupía con desprecio.

“Cecy me gritó que tenía SIDA y me dejó tirado en la cama con los golpes. Pero cuando quiso salir, agarré mi revólver y la quemé cuatro veces”.

Le dio en el brazo derecho, en la espalda y en una de sus piernas. Y el balazo mortal cayó en la cabeza. Qué noche. Qué noche podrida.

Peralta todavía sentía el gusto de aquella birra que habían compartido frente al billar de la calle Libertad, cuando todo podía haberse evitado. Todavía le palpitaba la frente de los garrotazos recibidos; todavía le palpitaba el sexo del encontronazo con la boca de la Cecy. Esa boca semiabierta, muda y seca: ya y para siempre.

Peralta salió de la habitación como pudo y pagó dos turnos. “Mi amiga se quedó dormida, déjela descansar”, le pidió a la encargada. Se fue caminando despacio y se tomó un remís a media cuadra. Pretendió borrarse o borrar lo que había pasado, pero estaba escrito con tinta de destino. En su casa, en la calle Posta de Yatasto del barrio Juan XXIII, abrió otra cerveza. Tenía sed. Reflexionó mientras la espuma le mojaba los labios. Decidió ir hacia la orilla del río Dulce y simular una bocanada de aire para acercarse a las aguas y arrojar el .32 largo, y verlo hundirse en un segundo. Después volvió a su casa. Algo parecido a la desesperación le nubló la mente y se dio cuenta de que tenía que irse –irse para siempre. A las ocho de la noche tomó otro remís hasta la ruta, donde al día siguiente –lunes- esperaría una combi que lo llevaría hacia Buenos Aires. Ahí, en el laberinto del conurbano, sabría desaparecer.

La Cecy murió en la sala de terapia intensiva del Hospital Regional Ramón Carrillo tres días después. Entonces el ex futbolista ya había sido detenido, a la vera de la ruta de la localidad de Maquito, mientras esperaba esa combi para viajar al suburbio infinito: para los policías había sido fácil reconocer a un prófugo en muletas. Para peor, en el cementerio santiagueño de La Misericordia los familiares de la Cecy se pelearon con sus amigos. Mientras echaban a la tierra su cuerpo sin vida, algunos de ellos blandieron una pala y un rebenque para amenazar a los otros. “Un adiós sin despedida… Un silencio entre voces… Una mirada sin ser vista… UN HASTA PRONTO… CECY…”, escribió después una de sus compañeras en Facebook.

“No sé qué hice, me mandé la cagada. Si los dos estábamos re drogados…”, le comentó al final Peralta, despabilado y derrotado, a ese juez rechoncho que le tomaba declaración desde lejos.