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El que a hierro mata

El que sigue es un adelanto de El que a hierro mata, un relato que publico en la magnífica colección BICHOS, del sitio Sigueleyendo.es, editada por Cristina Fallarás. Esta novelita vale apenas un euro y se puede descargar en PDF, como todas las de la colección (las hay firmadas por Guillermo Orsi, Raúl Argemí, Kike Ferrari, Sebastien Rutes, Miguel Ángel Molfino, Gabriela Cabezón Cámara y muchos más). Sin dudas,  es un orgullo ser parte de esa biblioteca.

Así empieza el asunto…

El que quiera ver mis heridas puede hacerlo, pero de mi boca no va a salir una palabra. Ya pasaron algunos días. El dolor es, todavía, bastante agudo, aunque no insoportable. Al principio creí que me moriría con esto, pero sabía en el fondo que tenía más chances de morir si me quedaba de brazos cruzados. Cuando lo hice, mi boca era un pompón de espuma sanguinolenta, como el hocico de un perro rabioso. Ahora sólo hay costras: sangre seca, saliva seca y pus seco. En pocos días más la historia sea, tal vez, diferente. No lo sé. Lo que importa es el presente, y cuando digo “presente” debe entenderse realmente el segundo mismo.

Miro fijo entre la rejilla de mi calabozo y veo a un guardia sentado que me mira todo el tiempo –inclusive, cuando prende un cigarrillo pareciera hacerlo sin concentrarse más que en mi presencia. Pero su mirada no es como la mía. La de él está vacía. Es un burócrata más. La mía, en cambio, tiene una certeza: sé que me quieren matar aquí adentro, pero que no pueden porque todo se les escapó de las manos. Lo pensé bien en las últimas horas –cada una, eterna- y llegué a la conclusión de que, si el viento sopla de mi lado, podré contar el cuento, algo que me parecía imposible cuando me trajeron. Apenas llegué, asustado y todavía oliendo a pólvora y a sudores temerosos propios y ajenos, recordé una vieja historia, de esas que circulan en la tumba durante años, de esas que nadie puede confirmar ni desmentir. Me la habían contado alguna vez, hace mucho tiempo, cuando escuchaba estos cuentos con admiración: en una cárcel sin ley un preso se había cosido la boca para no hablar. No quería que sus carceleros le sacaran una palabra. No iba a declarar ni siquiera a los golpes. El tipo había usado un hilo resistente y una aguja larga desinfectada con alcohol y fuego, y se había atravesado los labios con hilo para callar para siempre. No es sólo que en boca cerrada no entran moscas; es también que de una boca cerrada no sale traición.

Me acordé del cuento cuando puse un pie en esta jaula y supe que había llegado el momento de probarlo en carne propia. Soy un tipo normal, nadie vaya a creer otra cosa. Le temo al dolor. Le temí al primer aguijón de la sutura. Le temí al segundo. Y sentí que el tercero era un beso del diablo. Pero aguanté. Ahora las heridas se secaron, la saliva es espesa y el hilo me hace callar.

Sé muy bien cuál es el camino del proceso penal: no quiero que ningún abogado venga a defenderme. Déjenme con mi boca cosida. Y si entra un abogado, pongámosle por caso un defensor de oficio, y me dopan para quitarme la sutura, entonces –tomen mi palabra, aunque vaya muda- me cortaré la lengua. 

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