Pesquisas

En busca del crimen perfecto

Las brujas no existen, pero que las hay, las hay. Del crimen perfecto podría decirse lo mismo, pero también habría que agregar que las emulaciones nunca son buenas. Y si la criminalística tiene un apartado especial dedicado a ellas –la teoría de los crímenes por imitación o los copycat-, ésta vez, en Dock Sud y no en el Carmel Country Club, el engaño fracasó.

Aquí la cadena se quebró en la casa de velatorios La Paz, de Lanús, donde los empleados se negaron a recibir el cuerpo muerto de Julio César Caprarulo, un hombre de 58 años. El cadáver venía acompañado de un certificado de defunción que indicaba muerte por paro cardiorrespiratorio (muerte no traumática) y de una esposa a la que, según dicen, no se la veía demasiado angustiada. Cuando los empleados de la cochería descubrieron que la frente del hombre muerto, surcada por curitas, escondía golpes duros, se negaron a cremarlo y dieron aviso a la policía. La esposa, una griega de 57 años llamada Anagiota Alexopoulos y conocida como “Mariana”, probó entonces con otra cochería, Piñeyro, en Avellaneda, y fue recibida. Desde allí se dirigieron al Cementerio Parque Iraola, de Berazategui, donde el horno ya estaba caliente y abierto justo en el momento en el que los agentes interrumpieron la ceremonia.

“A simple vista se constataron las lesiones que tenía esta persona y que daban cuenta de una muerte traumática”, explica la fiscal María de los Ángeles Attarian Mena, dela UFI2 de Berazategui, aunque advierte que es demasiado temprano para asegurar un móvil. La autopsia indicó un “traumatismo craneano con lesiones vitales”: hoy, todo hace suponer que a Juan Caprarulo lo mataron con violentos golpes de maza (las autoridades han secuestrado una plancha de la casa de Dardo Rocha 522, en Avellaneda, donde vivía la pareja y donde se habría cometido el asesinato) y, si quedan dudas, basta con escuchar a la fiscal, que refiere a la técnica del reactivo Luminol, el químico forense que detecta trazas de sangre lavada bajo una luz especial: “Las paredes de la casa estaban impecables, pero cuando se roció el Luminol empezaron a brillar”.

Sin embargo, la viuda declaró ante la Justicia que el hombre murió de un infarto. Y lo mantuvo durante más de seis horas.

En otro momento, un buen maquillaje y unas supuestas gotitas de pegamento habían servido para disfrazar al cuerpo inerte de María Marta García Belsunce, que guardaba cinco balas en el interior de su cráneo. Nadie había notado –o nadie había querido notar- que la mujer había sido asesinada. Las consecuencias de aquel funesto teatro resultaron en un crimen que hizo época y hoy están a la vista: el marido, Carlos Carrascosa, permanece detenido, condenado por el homicidio; y los parientes (el cuñado Guillermo Bártoli; el hermano, Horacio García Belsunce; y el hermanastro, John Hurtig), así como un vecino (Sergio Binello) y el médico que certificó su muerte (Juan Gauvry Gordon), han sido sentenciados en primera instancia por el encubrimiento.

Alrededor del crematorio también han girado las sospechas en el caso de Érica Soriano: ¿pudo haber sido asesinada y cremada bajo otra identidad? Dos empleados del cementerio de Lanús han sido imputados por falso testimonio y mucho se habló del padre del sospechoso Daniel Lagostena, que tiene una casa funeraria en el sur del Gran Buenos Aires. Pero hasta el día de hoy, nadie sabe qué pasó con Érica.

Como en aquellos resonantes casos, en el crimen de Juan Caprarulo también hay médicos incriminados. Se trata de los doctores José Pinto García y Omar Pedro Rossi. El primero es el emergentólogo que constató la muerte. El segundo, el que firmó el certificado de fallecimiento con el cual se armó Anagiota Alexopoulos para ir a cremar el cadáver. “Pero la letra no es de Rossi”, dijo Horacio Markovich, su abogado. “Él trabaja en una clínica y en institutos geriátricos, reconoce que su sello y su firma son propias, pero el certificado pudo haberle sido sustraído”.

Como sea, ninguno de los dos doctores estaba presente en la casa el pasado sábado 26 de noviembre, cuando la señora Alexopoulos invitó a los amigos de su difunto esposo a ver el cuerpo. “Sufrió un ataque al corazón, se desvaneció y se golpeó cuando se cayó. Después, mientras lo arreglábamos, el perrito se subió a la cama y lo lastimó”, les dijo, para justificar las curitas de la frente de Caprarulo. “No estaba compungida ni triste, más bien parecía preocupada”, señaló a la agencia Télam uno de los amigos presentes, de nombre Juan Carlos.

El velatorio improvisado quiere quedar entre los más famosos de la historia criminal nacional, buscando un lugar al lado del de García Belsunce, donde se vio la presencia de los fiscales Juan Martín Romero Victorica y Diego Molina Pico; del de Solange Grabenheimer, en el que varias personas señalaron la frialdad de la acusada –y luego absuelta en un juicio famoso- Lucila Frend; y del de Rosana Galliano, donde un enano fue denunciado por querer matar a la madre de la víctima con un vaso de agua envenenada.

Ante la pregunta por el crimen perfecto, el experto criminalista Raúl Torre, recordado conductor del programa de tevé “Forenses” y ex miembro del Servicio Especial de Investigaciones Técnicas de la policía bonaerense, explica: “Es un crimen donde no hay cadáver, donde se ha hecho pasar la muerte por muerte natural o por suicidio, o donde nunca nadie se entera, que sería el más perfecto de los crímenes porque no existe la investigación. Pero para mí no existe. Lo que sí existe es el crimen mal investigado”.

La muerte de Julio César Caprarulo, que estuvo muy cerca de convertirse en un crimen perfecto, promete todavía nuevos giros.

(Una versión de este artículo apareció en la revista El Guardián).