Crimen y Castigo

Hasta que la muerte los separe

Era viernes 13, pero Carla Figueroa no sufría de triscadecafobia. Hacía frío en la ciudad de General Pico, en la provincia de La Pampa, y Carla –que acababa de terminar su jornada como doméstica- iba en su motoneta, decidida a cortar el vínculo enfermo que la unía con Marcelo Tomaselli, el pibe algo violento y bastante atormentado por las drogas a quien había conocido tres años atrás, cuando ella tenía 15, y que se había convertido en el padre de su hijito. Él tenía 25 años aquel viernes 13 –correspondiente al último 13 de mayo- y todavía no había podido despegarse de los tóxicos; por el contrario, a esa altura les debía ya varias noches tras las rejas y un carácter imprevisible y violento que lo hacía reaccionar de la peor manera -por ejemplo, asegurándole a su novia que si no estaban juntos se iba a quitar la vida.

Carla sólo estaba dispuesta a hablar con su suegra y no esperaba que Marcelo le saliera al cruce cuando estacionaba la moto en la puerta de su casa, en el populoso barrio Indios Ranqueles. “Tengo que hablar con vos”, le dijo, subiéndose por detrás. Carla se negó, pero él insistió. Ella no quiso saber de nada. “¡Si querés volver a ver a tu hijo, arrancá para donde te digo!”, la amenazó él, poniéndole un cuchillo en las costillas. “Estoy re jugado, no me importa nada…”, agregó, y la guió hacia un descampado.

Cuando llegaron, bajaron cerca de un desagüe, donde él, con el rostro desencajado, le advirtió que la iba a matar, que no le importaban las consecuencias, que no le importaba nada, que sabía que tenía la culpa de todo pero que la iba a matar igual. Carla le rogó y le suplicó, y de algún modo logró apaciguarlo. Pero él le ordenó que se desvistiera y le puso el filo en el cuchillo cuando ella no quiso (“… porque yo acá te cago matando, ¡ya a mí no me importa nada…!”, escuchó ella, como en un sueño demasiado parecido a la pesadilla real que había vivido –y con la que había muerto- su madre, asesinada por su esposo, un guitarrista de folclore, en 1993, cuando Carla era un bebé de apenas ocho meses).

Cuando la vio desnuda, él se le echó encima como un lobo erecto.

Después de someterla prendió un cigarrillo y la dejó vestirse. Pero la pesadilla estaba lejos de terminar y las amenazas continuaron durante un momento demasiado largo, al cabo del que, entonces sí, él arrojó el arma y decidió que era hora de volver.

La historia de Carla Figueroa conmovió a la pequeña ciudad de General Pico en tres actos: el primero, aquel 13 de mayo, con la violación; el segundo, el 28 de octubre, con el perdón, cuando la chica se casó con Marcelo –siguiendo una estrategia del abogado defensor Armando Agüero, que firmó como testigo de la unión (de donde el violador resultó excarcelado un mes después, bajo la figura de “avenimiento”, otorgada por el Tribunal de Impugnación Penal); y el tercero, el 10 de diciembre, con la muerte, a manos del propio Marcelo, que cumplió con sus propósitos de varios meses atrás. En el silencio de esa madrugada calurosa los últimos gritos de Carla despertaron a su hijito y a su suegra, que vio el horror de las once puñaladas y del degüello, y le negó a su hijo el beso del final, ese que él le pidió con un nuevo cigarrillo entre los dedos y la mirada perdida cuando los agentes se lo llevaban detenido… y todavía canturreaba “Mi corazón está aliviado”.

“Carla sabía que su vida estaba en peligro, pero siguió adelante con el plan de su pareja porque no podía alejarse, era su esclava, en sentido literal: él es un psicópata y ella, su complementaria”, explica el médico psiquiatra Hugo Marietán. “La psicopatía siempre refiere al tema del poder, por eso esta violación tuvo que ver con el poder”. Lo que queda sobre el cadáver joven de Carla Figueroa es una guerra de acusaciones en los tribunales de General Pico (con su repercusión en el Congreso y en la Corte Suprema, donde el juez Eugenio Zaffaroni dijo que “en la violación con violencia, violación propia, me parece que el avenimiento es una pieza arqueológica que quedó en el Código Penal”) y un pesadísimo cargo de conciencia sobre varios de los involucrados en la excarcelación, cuyas sillas ya tambalean con juicios políticos a la vista… aparte del intento de suicidio perpetrado por el homicida a poco de su llegada al húmedo calabozo de la seccional 2ª de la misma ciudad y el espanto en una sociedad alterada por la violencia de género.

“Todo esto nos duele muchísimo, jamás se nos ocurrió pensar que podía ocurrir”, dijo el juez Gustavo Jensen –del Tribunal de Impugnación Penal-, uno de los hombres que firmó por la libertad del asesino. En total, cuatro jueces intervinientes denegaron el avenimiento, pero dos de una instancia superior lo permitieron. Por su parte, el abogado Armando Agüero, ahora ex defensor de Tomaselli, eligió desligarse de la estrategia del avenimiento y aseguró que Carla –con quien dijo haber trabado relación en este año- le mandaba mensajes y lo visitaba en el estudio para acelerar la liberación de su pareja. “A Tomaselli se le hicieron pericias psiquiátricas y no se le encontró patología, más allá de los rasgos impulsivos”, explicó. “Se aconsejó un tratamiento psicológico ambulatorio, por eso cuestionar ahora resulta aventurado”. Incluso a la luz de los hechos, el abogado se mostró convencido de que el Tribunal de Impugnación actuó bien: “en todo caso, Tomaselli tenía una patología pero no la supieron ver… pero eso no depende de los jueces sino de quienes lo evaluaron”.

Ahora ya es demasiado tarde para dar vuelta atrás. Y la ficción no tiene nada que hacer frente a la tragedia de la joven Carla, que en una entrevista concedida a la televisión a cara cubierta durante el cautiverio de su novio dijo: “Yo tengo miedo porque no sé de qué es capaz si sale en libertad…”.