Memoria del crimen

La última noche del Gato Bonica

Los hombres de la División Homicidios bajaron del coche dispuestos a todo, sin sospechar que realmente todo estaba por ocurrir en pocos minutos, a las tres de la madrugada de aquel miércoles 24 de octubre de 1984, en una calle céntrica de Buenos Aires. El inspector Luis Aníbal Fuensalida iba adelante, con la metra Halcón en sus manos y la orden de allanamiento en el bolsillo de su chaqueta negra. Los dos suboficiales que trabajaban con él sabían el riesgo que corrían: “Hasta que no te pongas el chaleco antibalas, no te vamos a dejar bajar”, le habían dicho.

Fuensalida, que venía siguiéndole los pasos al hampón Jorge Alberto Bonica, golpearía, junto a sus colegas de la policía bonaerense –que también lo buscaban-, la puerta del 10ºG del edificio de Hipólito Yrigoyen 1310 y le daría la voz de “¡Abra, policía!” para esperar una respuesta incierta. No sería la primera vez que escuchara la voz del hampón. El inspector lo conocía bien. Sabía que le decían “el Gato”, por su agilidad, y que no erraba en la puntería. Y también sabía que era un tipo de cuidado. En su teléfono pinchado, Bonica le había dicho a su madre: “Me están siguiendo muy de cerca, vieja, y me tengo que ir ya mismo. Pero si me llegan a agarrar antes, te juro que al menos me llevo a dos conmigo”.

Una prostituta de un cabaret de San Telmo fue la que les había pasado el dato de que Bonica estaba escondido junto a su mujer, Miriam Gerónima Herrera –que también había conocido los puticlubs-, en un dos ambientes a pocas cuadras del Departamento Central de Policía. Para Bonica, la venganza había sido la perdición. Es que ya no toleraba a su socio, Carlos Colazzo: los celos volvían siempre y no importaba que su mujer le dijera que la relación que habían tenido ya fuera parte del pasado. La desconfianza crecía con la certeza de que, cuando robaban juntos, Colazzo metía sus manos en la parte del botín que no le correspondía. El Gato Bonica, que tenía un apodo fino pero que no era ningún gentleman, sorprendió entonces a su socio después de un asado en el aguantadero de la calle Mirella, en Mataderos, y con la ayuda de algunos más lo ató a una mesa, donde lo torturó con agua hirviendo y con electricidad, y le abrió dos surcos con el gancho de un gran anzuelo en las mejillas. A Colazzo ya no le quedaban ganas de reírse cuando recibió el tiro del final en la nuca. Precavido, Bonica trozó sus dedos para evitar el reconocimiento y descuartizó sus restos para desparramarlos por ahí, mientras la sangre se espesaba en todos los rincones del aguantadero.

Pudieron identificar a Colazzo, apenas, por sus tatuajes.

Fuensalida, el inspector que aquella noche golpeó la puerta, también tiene sus ilustraciones. En el brazo izquierdo se lee, en letras hebreas, “Tzahal”, la sigla del poderoso ejército israelí. En el brazo derecho su propio nombre, también en aquellas letras milenarias, subrayado por una daga. “Sí, soy judío”, le dijo –ya como director de la oficina argentina de Interpol- a Paul Schäfer, aquel viejo nazi y degenerado que se ocultaba en la Colonia Dignidad, del otro lado de los Andes, el día que le puso las esposas y una Estrella de David brilló colgada en su cuello. Obsesionado por demostrarle a sus colegas que los judíos no eran cobardes, Fuensalida, que había ingresado como un muchacho de Caballito a la policía, se convirtió con los años en un referente operativo e intelectual, dueño de varias medallas y títulos académicos. Pero en aquella noche larga Bonica no estaba dispuesto a dar ni dos centavos por la historia de su perseguidor.

Y Miriam tampoco: “¡Un minutito que busco las llaves!”, respondió desde el otro lado de la puerta. Sin embargo, el ruido que hacía no era de llaves, sino de cargadores, y Fuensalida miró al de la bonaerense, el principal Ángel Salguero, para, sin más, arremeter a patadas contra la puerta. Como esperaban, la mujer los esperaba en el vestíbulo del departamento, sorprendida en ropa interior, y el saludo tronó desde su .38.

Los policías respondieron con mejor puntería y el pleito se resolvió a pocos centímetros, en un instante. Sobre el cuerpo de Miriam, Fuensalida y Salguero entraron de lleno y notaron que la habitación de Bonica tenía, además de la puerta, una salida al balcón terraza. “¡Cubrime!”, pidió Fuensalida para cruzar hacia el balcón, pero Bonica fue más rápido e hizo fuego desde la habitación con pulso certero: el primer tiro dio en las costillas del inspector, que giró con el impacto y recibió el segundo de lleno en el corazón. (Aquel día Fuensalida nació de nuevo: el chaleco lo salvó para siempre). En el suelo, aturdido como si hubiera recibido una trompada de Ringo Bonavena, veía la nieve que caía sobre él sin comprender que era la mampostería de la pared a la que Bonica le daba sin quitar el dedo del gatillo, hasta que un aguijonazo en el pie –un tercer balazo- lo trajo de nuevo al living endemoniado. “¡Vení, vení!”, le gritaban sus compañeros desde la puerta, pero el inspector no podía correr y tuvo que esconderse, herido, detrás de un carretel de madera que hacía de mesa, a pasos del dormitorio en penumbras donde Bonica escupía fuego. Fuensalida recobró su frialdad –no era su primer enfrentamiento; en 1979 había perdido medio dedo frente a un ladrón de autos- y esperó el momento para vaciar su ametralladora en esa cueva inexpugnable en que se había transformado la habitación.

Pero el Gato seguía vivo y maullaba plomo sin asco. Se había cargado a ocho tipos y no le importaba que los refuerzos sumaran pronto más de cien policías y un helicóptero que barría su habitación con ráfagas de metralla. Cuando el principal Horacio Belcuore pudo rescatar a Fuensalida, el Gato ya había decidido morir en su ley, como el último pesado del crimen nacional. Y fue el propio Belcuore uno de los dos policías muertos que le había prometido a su madre. El otro, Jorge Verti, enceguecido por la masacre, entró tirando y cayó cerca del asesino. Una vecina que se asomó en el piso de abajo, Cristina Arce de Tutzer, fue la quinta víctima, cuando una bala cayó en su cabeza.

El diálogo fue infinito: a las seis de la mañana todos estaban maltrechos y fatigados, pero seguían disparando, ya sin puntería. El Gato sabía que sus proyectiles se consumían como un reloj de arena para señalar la vida que se le resbalaba a cada gatillazo. El tiempo era cruel. El golpe final fue con gases lacrimógenos y disparos azarosos al todo y a la nada de esa humareda que se iba con la brisa suave de la noche: hicieron fuego sin cesar, hasta que ya nadie respondió. El cadáver del Gato Bonica apareció cuando se dispersó el humo.