Crimen y Castigo

Ricardo Ragendorfer, periodista

“Dagemblomer había descubierto, inesperadamente, casi sin ninguna experiencia previa, unos cuantos meses atrás, que era un gran peleador callejero. A pesar de su corta estatura, de la dimensión mansa a la que te trasladaba su mirada, cuando alzaba los puños era cosa seria, tenías que seguírsela hasta matarlo porque el tipo no se rendía”. Dagemblomer es, según anota Enrique Symns en su libro de memorias El señor de los venenos, “el periodista Roberto Dagemblomer, más conocido en el ambiente como ‘Patán’”.

Symns –testigo de los excesos de la década del ochenta- no quiere que el nombre de guerra que inventó aleje a la anécdota de su dueño (aunque también cabe la posibilidad de que Symns nunca haya sido bueno para inventar nombres) y lo cierto es que aquel ya no se pelea más, pero todavía es conocido como “Patán” –por su risa, que recuerda a la del perro animado de Hanna-Barbera-. Su nombre real es Ricardo Ragendorfer. Pero de evocar, poco y nada: “La época que cuenta Symns era bastante divertida. Pero debido a la intensidad de esas noches me quedan pocos recuerdos”, dice. El campeón de los periodistas policiales ahora toma un café detrás de otro en el bar de la esquina y observa, cada tanto, su reloj. La información corre, como siempre, y Ragendorfer edita la sección Delitos y Pesquisas, del periódico Miradas al Sur, y tiene allí su blog.

Patán no es un periodista más. Autor de varios libros (La Bonaerense, junto a Carlos Dutil; La secta del gatilloA pura sangre y Robo y falsificación de obras de arte en Argentina), es también el único de su generación que puede jactarse de haber sido representado en el cine. Y es que un actor –Jorge Sesán- se puso un sobretodo e interpretó el papel de “Ricardo” en la película El túnel de los huesos, donde se cuenta la legendaria fuga del penal de Devoto de 1991, en la que siete presos cavaron un largo conducto desde el hospital de la prisión hasta la calle y encontraron, con horror, los restos óseos de un grupo de presos políticos desaparecidos en la última dictadura.

La nota que Ragendorfer escribió dos años después para la revista Página/30 lo llevó a ganar el premio Príncipe de Asturias. “Esa crónica tenía todos los condimentos para ser una historia interesante: era una fuga contada por su principal protagonista con maestría, y por eso la calidad del texto se basaba en la calidad de sus dichos”, cuenta ahora el periodista. El premio era resonante y merecido, pero lo que no podía esperar aquel joven Ragendorfer era que veinte años después el asunto llegara al cine en la ópera prima de su amigo Ignacio Garassino, con quien compartiría trabajo en El otro lado, el programa de Fabián Polosecki en ATC. Sin embargo, el director no eligió contar la historia de la fuga, sino la de la génesis de la nota: por eso El túnel de los huesos es, antes que nada, una película de periodistas. Y después sí, una de presos.

Ragendorfer se convirtió en uno de los pocos testigos vivos de aquella fuga histórica. La mayoría de los presos que la llevaron adelante ya no están entre nosotros. Raúl Taibo interpreta a “Vulcano”, el líder del grupo, que murió en un tiroteo algunos meses después del escape. El único que sigue vivito y coleando es Oscar Hugo Sosa, celebridad del sindicato del crimen, a tal punto que su alias es doble, con nombre y apellido: Cacho la Garza, le dicen. “Es nuestro Keith Richards”, prefiere Ragendorfer. En una reciente entrevista, aquel famoso hampón dijo sentirse “el mejor ladrón de la historia de este país” y cuando fue entrevistado por Susana Giménez, a propósito del estreno de la película, opinó que “este muchacho, Ragendorfer, es muy respetado en el ambiente”. Después, al calor de los flashazos de la avant première del film y mientras se abrazaba con el periodista, le susurró: “Tenemos que hacer algo juntos, Ricardito”. “¡Yo todavía lo estoy pensando…!”, dice Ragendorfer ahora, y se ríe como Patán.

Pero eso no es todo. El periodista Osvaldo Aguirre también habló de Patán. Los dos comparten la misma pasión por la obra de Gustavo Germán González, el mítico GGG, que despuntó el vicio de los policiales en el diario Crítica convirtiéndose en el secreto mejor guardado del periodismo nacional, sólo celebrado en el mundillo de la tinta roja. Si Ragendorfer descubrió a GGG con el librillo El hampa porteña, que encontró en un kiosco de revistas al que iba a leer a la salida de la escuela; Aguirre en cambio lo celebró con una trilogía de novelas publicadas en la colección Negro Absoluto, que lo tienen por protagonista.

Y es Aguirre el que dice que hoy, cuando el periodismo se ha convertido en una máquina poco romántica, apenas un solo periodista le recuerda a GGG, y ese no puede ser otro más que Ricardo Ragendorfer: “Él sigue siendo un cronista, sigue en la calle y todavía mantiene una conciencia del oficio y de la tradición”, asegura Aguirre. “No es casual que titule a uno de sus libros La secta del gatillo, como una serie de notas policiales de Rodolfo Walsh, o que duplique el gesto de GGG de colarse en una autopsia caliente, haciéndolo en la del cantante Rodrigo”.

“Pero si me atraso tres meses en las expensas se va todo al tacho, por más que ocupe algún lugar en el periodismo”, se desmarca Patán. “Uno no tiene una estrategia a priori: hace lo que le sale y de pronto se encuentra en lugares donde uno no esperaba estar y se encuentra ausente de otros donde sí pensaba estar. Lo que sí me parece correcto es hablar de las influencias: yo sí leí y amé durante mi infancia y adolescencia a GGG; a Fray Mocho y a Juan José de Soiza Reilly; a Roberto Arlt, cuya crónica He visto morir, del fusilamiento de Severino Di Giovanni, es la más bella que se ha escrito en este país, la más profunda, la más triste y también la que está más llena de vida; a Rodolfo Walsh y a Emilio Petcoff; y por último a Cacho Novoa, maestro de cuerpo presente con quien trabajé en el viejo diario Sur y aprendí el modo de ver para hacer policiales en serio”.

Todo había empezado, en realidad, con algo de ruido. El joven Ragendorfer, militante montonero de la facultad de Ciencias Económicas, se hallaba exiliado en México DF, donde vivía entre argenmex y proscritos, y había conseguido un decibelímetro en el Instituto Alemán de la Sordera. Con ese aparato llegó a la redacción de Interviú, donde Carlos Ulanovsky lo mandó a hacer una nota sobre el ruido de la ciudad. Después vino la segunda, en una secta. “Quiero que hagamos una nota sobre estos tipos, pero no sé cómo entrarles”, le decía Ulanovsky. “Entrando”, le propuso Ragendorfer. “Y así fue como me metí como alumno, pero en realidad era un periodista infiltrado”. “Patán era un tipo muy audaz y comprometido, que trataba de entender la realidad en la que estábamos viviendo”, recuerda ahora Ulanovsky. “Así fue que inmediatamente empezó a hacer notas importantes”. Patán también se convirtió en el lazarillo nocturno del director de la revista, Pedro Álvarez del Villar, una celebridad del periodismo latinoamericano que cada noche terminaba emborrachándose en un cabaret antes de que su joven escudero le mojara la oreja con limón, lo metiera en un taxi y se lo entregara a su esposa.

Y volvió a la Argentina en 1982. “Yo, que carecía de educación, descubrí a partir de aquella primera nota que era periodista y que me gustaba”, asegura. “Esa era la única manera de que me pagaran por escribir y la más divertida de ser pobre: en el periodismo, ir a la oficina es vivir cada día una aventura diferente”. De ahí a la sección de policiales había apenas un paso para alguien que leía novelas negras sin parar y que se sumergía antes que nada en las páginas sangrientas de los diarios baratos. “Ese mundo era y sigue siendo más real que el cubren en la sección de política, de deportes y de espectáculos: nuestros personajes son seres humanos que llegan a un límite desgraciado. Y me fue llamando la atención, cada vez más, el pequeño detalle humorístico de esas situaciones y las historias de vida que siempre se desnudaban por detrás. Así, y con un costo altísimo, el caso Candela instaló la figura de Carola, la madre”.

Este periodista, que vivió como editor la mediatización afiebrada de aquel resonante crimen, también tiene palabras para analizar lo que pasó en esa semana trágica: “Más allá de su vergonzoso instinto de vampirizarlo todo, en el caso Candela el periodismo actuó dentro de una estrategia policial. La cana tiraba migajas que los periodistas convertían en primicias fugaces, pero el objetivo era ajeno. En consecuencia, y más allá de la vergonzosa vampirización de la que ya hablé, acá hubo algo todavía peor: el periodismo dejó de responder a su función de registro de la primera versión de la historia para convertirse en una parte miserable de ella. ¡Y además la cana no le había pedido tanto!”.

Tal vez por todas esas cosas de las que habla, Ragendorfer no quiere poner su fina pluma al servicio de la imaginación. Es que la realidad criminal argentina le muestra situaciones que le interesan más que las de la ficción. “Si viviera en Suiza, tal vez me dedicara a la ficción, pero ¿hacerlo acá? Vamos… ¡Sería un desperdicio!”.