Pesquisas

Cuádruple crimen de La Plata: las nuevas pistas

El timbre 5 está decorado con cuatro estrellitas negras, dibujadas con marcador. ¿Las habrá hecho Micaela Galle? La niña de once años –alumna de sexto grado del colegio San Cayetano- fue la tercera de las cuatro víctimas asesinadas en la noche del sábado 26 de noviembre en una de las unidades del PH del 467 de la calle 28, en la ciudad La Plata. En ese departamento, el último al final de un pasillo angosto, un asesino  que mientras anochecía había estado charlando con sus futuras víctimas, tomando mate y fumando un cigarrillo tras otro –hasta completar cinco-, dio a conocer su verdadero rostro de demonio cuando, en una secuencia que duró menos de diez minutos, eliminó a las tres mujeres presentes: primero a Bárbara Santos, que fue sorprendida en la ducha; luego a su madre, Susana de Bártole, en la cocina; y finalmente a la su hija, Micaela, en la habitación, frente al televisor. Marisol Pereyra, que –a diferencia de lo que se supo en un principio- conocía mejor a la señora de Bártole que a su hija, llegó pasadas las once y media de la noche y apoyó su dedo en el timbre 5, el que está dibujado con cuatro estrellitas. El asesino, que acababa de terminar su sangrienta faena, salió a recibirla y la hizo entrar. A ella también la apuñaló, antes o después –eso no está claro- de volver a salir para apoyarse en el remís y decirle al chofer Marcelo Tagliaferro que no la espere.

El cuádruple crimen de La Plata estremece por su crueldad, pero también por el enigma profundo que encierra.

A casi dos meses de la masacre hay poco en claro y muchas preguntas que buscan respuestas. La primera de la serie tiene que ver con el timbre 5 y con sus estrellitas. Así el eje del asunto sea Bárbara (según una primera hipótesis que señala a su novio, Osvaldo Martínez –mejor conocido como “el karateca”-, como un asesino frío y celoso) o sea la señora de Bártole (según una segunda hipótesis que pide todavía mayor exploración)… ¿por qué el filo mortal alcanzó también a la última en llegar, Marisol Pereyra? Quizás el asesino no quiso que el exterminio se descubriera esa noche, pero ¿valía la pena cargarse a una víctima más o hubiera alcanzado con no responder al timbre?

Y es que las cosas se verían de otra manera si Marisol fuera el eje de la masacre. Su ex pareja y padre de sus dos hijas, Víctor Rodolfo Chavarría, fue denunciado el 18 de marzo de 2011, cuando ella declaró que luego de once años de convivencia y de una separación en malos términos, la amenazaba de muerte y la visitaba contra su voluntad, gritando en la calle hasta que ella le abría para que sus nenas no lloraran,  por lo que la mujer pidió custodia y restricción de visita. La presencia de Chavarría en la casa de la señora de Bártole charlando y tomando mate mientras su ex pareja se acerca no parece tan fácil de explicar, pero integra un mosaico de hipótesis laterales y quizás tenga que ver con la enigmática desaparición de su celular y de su cartera.

“Todo el tiempo repaso aquella noche, tratando de recordar detalles”, dijo el remisero Marcelo Tagliaferro, convertido en el testigo más importante del caso. Él, que reconoció sin dudar a Osvaldo Martínez –el novio de Bárbara- y que hasta el día de hoy asegura que podría haber sido la quinta víctima o haber evitado la muerte de Marisol –su pasajera frecuente-, se sorprendió y se indignó ante la liberación de Martínez por falta de pruebas el 4 de enero, y por las preguntas que surgen en torno a su testimonio: “Fue algo que no esperaba, yo no tengo por qué estar sospechado, sólo conté lo que vi la noche del crimen, y yo lo vi a él”, aseguró, a sabiendas de que, a medida que pasan los días, crece la posibilidad de un contrataque bajo la forma de una demanda por falso testimonio.

“Mi hijo fue preso por perejil”, dice por su parte Herminia López, la madre de Osvaldo Martínez, en un café del centro de La Plata. Insiste con que no hay rastros de él en la escena del crimen y con que la pericia telefónica que se contradecía con su declaración da muestras de falibilidad al ubicar a Martínez en tres lugares diferentes a la misma hora. La señora Herminia viene ahora de acompañar a su hijo en la primera sesión con un psicólogo y habla en su nombre. Él prefiere resguardarse, dice. “Todavía no pudo volver a su vida normal ni tampoco hacer su duelo; es muy difícil que lo haga después de pasar casi cuarenta días preso sin entender lo que pasó”, sigue ella, que para demostrar la inocencia de su hijo movió montañas guardando recortes y grabando informes televisivos, encadenándose a la Casa Rosada y escribiéndole a la presidenta, fotocopiando panfletos y golpeando la puerta de las fiscalías. Pero aunque esté con libertad con falta de mérito, el muchacho continúa imputado. “Nosotros no nos despistamos”, arremete –en ese sentido y a capa y espada- el fiscal Álvaro Garganta. “Seguimos investigando la situación de Martínez para que adquiera más certeza o para desligarlo”.

En una historia plagada de espejismos, el joven conocido como “karateca” no lo es tanto: si bien es cinturón negro, en realidad dejó el karate hace cinco años, cuando comenzó a estudiar Ingeniería Electromecánica en la Universidad Nacional de La Plata y a trabajar en la planta de YPF, que envió a su supervisor de visita a la cárcel para brindarle su apoyo. El jefe encontró a su empleado con quince kilos menos. En la Alcaidía Petinatto, el antiguo karateca compartía calabozo con el carpintero Ramón Altamirano, preso por el crimen de la niña Candela, leía libros y recordaba los instantes finales de la vida normal, cuando celebraba el cumpleaños de Bárbara el día anterior a la masacre, con una torta que él mismo había llevado a la casa de la calle 28, futura escena del crimen.

Ese mismo día, el viernes 25 de noviembre, el jefe de la señora de Bártole, Blas Enrique Billordo, juez de la sala III de la Cámara Segunda en lo Civil y Comercial, se suicidaba con un disparo. El “Negro” Billordo era un “NyCeT”, un “nacido y criado en Tribunales” que desde hacía más de veinte años compartía el trabajo con la señora de Bártole y que había ayudado a la hija de aquella (Bárbara, la primera víctima) a conseguir un puesto administrativo en Tribunales. Aunque los investigadores descartaron la pista, se escuchan muchas cosas en torno a la masacre misteriosa y una de esas es que la secretaria del juez, la señora de Bártole, se llevaba expedientes calientes y comprometedores a su casa.

Y es que luego de que la sala III de la Cámara de Apelaciones y Garantías en lo Penal de La Plata dispusiera la libertad de Martínez, las hipótesis del cuádruple crimen comenzaron a girar en torno a Susana de Bártole. Todos los males de la sociedad parecerían ahora mancharla: magia negra, poder, prostitución y juego. Una amiga suya declaró que hacía masajes indecentes, y Fernando Burlando –el abogado de la familia de Marisol Pereyra- sostuvo que iba seguido al bingo de La Plata y que algunas horas antes de la masacre se peleó con un hombre a la salida del local. Hay testimonios que refieren a sus despilfarros en el salón de juego y varios recibos de préstamo de dinero a su nombre, hallados en la casa, han sido adjuntados a la causa. “Su vida da lugar a que pueda ser blanco de algún tipo de ataque”, sigue el fiscal Garganta. “Evidentemente tenía un alto nivel de endeudamiento, que podría haber tenido algo que ver con esto, aunque eso solo no nos lleva automáticamente a nada”.

Durante algún tiempo se habló, también, de la chance de que de Bártole practicara el rito umbanda de un modo aterrador; y se escuchó además sobre una travesti conocida como “La Sirenita”, una prostituta con HIV que trabajaba en la zona roja de La Plata y que solía acompañar a de Bártole al bingo. Se dijo que ella era la asesina. La hipótesis despierta las mentes afiebradas de los folletinistas, pero es en realidad otro espejismo: lo cierto es que el personaje de La Sirenita se corresponde con dos personas –un musculoso gay y una travesti- que se presentaron espontáneamente ante las autoridades y que se prestaron a un análisis de sangre que las despegaron de cualquier acusación. ¿Y la sangre del asesino, hallada en la escena del crimen? Esa no tiene HIV.

Una última hipótesis cierra el mosaico. Es la que refiere a una cantidad importante de dinero que habría tomado como testaferro el cuñado de la señora de Bártole. Luego de la muerte de este hombre y de la de su mujer –hermana de de Bártole-, el dinero habría caído en las arcas de la dueña de la casa de la calle 28. Según este cuento, de Bártole no habría querido devolverlo y por eso la habrían liquidado, eliminando también a su hija y a su nieta para deshacer la línea directa de sucesión.

“Si mañana aparece un amigo de Martínez como autor material, se descarta al acreedor de Susana, pero si aparece un acreedor psicótico, se descarta a Martínez”, piensa en voz alta el fiscal Garganta. “Esto es como los estudios médicos: uno va haciendo averiguaciones y va pasando de una situación a otra. Pero es evidente que alguien miente, y es alguien del círculo íntimo”. Así las cosas, el misterio del caso es más profundo que las sepulturas donde las víctimas yacen esperando justicia.