Crimen y Castigo

Triple equivocación

No habían pasado las primeras cuatros horas de este 2012 cuando una ráfaga de balas atravesó los cuerpos de tres jóvenes de 17, 19 y 21 años que estaban en una canchita de fútbol de la Agrupación Infantil Oroño, ubicada en el modesto barrio Moreno de la ciudad de Rosario.

Según algunos testigos, se trató de un crimen a sangre fría. Los jóvenes fueron víctimas de una trampa mortal y los fusilaron en medio de la noche sin mediar palabra alguna. A las víctimas no se les encontraron armas ni se pudo comprobar un enfrentamiento: los asesinos fueron a fusilarlos directamente. Los investigadores levantaron de la escena del crimen cerca de 35 vainas.

Las víctimas eran bien conocidas en el barrio: Jeremías Jonathan “Jeri” Trasante, de 17 años; Claudio Damián “El Mono” Suárez, de 19; y Adrián Leonel “Patón” Rodríguez, de 21. Según las primeras versiones, los asesinos creían estar vengándose del ataque contra uno de los jefes de la barra brava de Newells, Maximiliano Rodríguez, mejor conocido como  “el hijo del Quemado Rodríguez”. Pero con el correr de las horas, los compañeros de trabajo barrial de los jóvenes acribillados aclararon que ellos no tenían nada que ver con ese hecho.

Los testigos de la causa trataron de reconstruir esas horas teñidas de sangre en la canchita de fútbol señalando que cerca de las tres y media de la madrugada del 1º de enero tres desconocidos ingresaron al club cruzando el descampado hacia una de sus entradas adyacentes. Caminaron sin llamar la atención y sin ánimo de ser reconocidos escondidos bajo la oscuridad de la noche y cuando estuvieron frente a los pibes, cerca de un árbol, les preguntaron: “¿Dónde está el Negro Exequiel?”. Pero ni siquiera dejaron balbucear una palabra a nadie: el muchacho de apellido Trasante fue el primer blanco, molido con ocho balazos que acabaron con su vida.

Al instante y alertado por la ráfaga de tiros, Rodríguez trató de escapar pero fue alcanzado por cinco balas que lo dejaron en un charco de sangre cerca del ingreso de la canchita. El Mono Suárez, sin entender lo que estaba pasando, corrió lo más rápido que pudo por el andarivel izquierdo, pero los siete impactos de plomo lo dejaron sin vida en el córner. La chancha de fútbol, que unió en gritos de gol al barrio Moreno, fue el escenario del trágico final de tres jóvenes en esa madrugada en la que se renovaban las esperanzas y las alegrías de todos. Salvo las de ellos.

Los tres pibes que fueron masacrados en la madrugada del 1º de enero eran militantes del Movimiento 26 de Junio, una agrupación de base territorial que integra el Frente Popular Darío Santillán y que, desde hace más de dos años, tiene un puesto de trabajo a dos cuadras de donde fueron asesinados.

“Hacia poquitos días junto al Jere, el Mono y el Patón (al igual que junto a tantos otros compañeros y compañeras que participamos en el Movimiento) celebrábamos el fin de un año en el cual habíamos realizado algunos de nuestros sueños: construimos nuestro local y refaccionamos una canchita del barrio (ambos a 40 metros de donde los pibes fueron ultimados); después de mucho laburo, juntando moneda por moneda, pudimos viajar con todos nuestros pibes al Campamento Nacional de Jóvenes de nuestra organización; y pensábamos arrancar en febrero con los ensayos de la banda de cumbia que tanto entusiasmaba al Patón”, denuncia un comunicado de la organización barrial. Y añade: “los pibes eran pura voluntad de salir adelante, de cuerpearle al estigma de ‘vivir en un barrio’; y alegría, sobre todo alegría… Todavía resuenan algunas carcajadas del Jere, aunque nos quieran vender que nuestros pibes eran poco más que delincuentes. En este dificilísimo momento, no podíamos sino escribir estas líneas de desagravio, palabras que ya reflejan enormes ausencias y la predisposición a no olvidarlos nunca y pedir Justicia para ellos…”.

En los próximos días se esperan movilizaciones para exigir a las autoridades locales el esclarecimiento del triple crimen de tres inocentes. “Se establece una lógica inexacta que patrocina el ojo por ojo y presenta una masacre de jóvenes como meras venganzas. La falta de políticas específicas para los barrios, de presencia policial para prevenir el delito y de acciones concretas para la lucha contra el tráfico de drogas se hace evidente en un estado que sólo parece invertir en las zonas céntricas y deja abandonados a los barrios”, dijo un concejal rosarino. Mientras tanto, otro afirmó que “se trata de referentes sociales juveniles. Es decir, los jóvenes tienen valores. Deben dejar de convertirlos en victimarios y darles oportunidad de desarrollo y equidad”.

Lo concreto es que los tres muchachos realizaron un solo error que pagaron con su vida: estar en el momento justo y en el lugar menos indicado, a pocas cuadras de donde cayó muerto un personaje bien conocido dentro del mundo delictivo.

Juan Pablo Robledo es egresado del Postítulo en Comunicación y Licenciatura en Periodismo en la Universidad Nacional de Rosario, y cursa la Licenciatura en Historia de la misma casa de estudios. Es columnista de la revista “Rosario, su historia y región”, colabora en el suplemento Señales, del diario La Capital, y es redactor en la sección policiales del diario El Ciudadano.