Memoria del crimen

Alyssa en el País de las Maravillas

“I am the future of cute!”, proclama desde su remera Alyssa Bustamante al tiempo que un flashazo en plano picado la congela para siempre en la típica autofoto, y listo: Alyssa, la adolescente atormentada de Saint Martins (un suburbio de Jefferson City, en un estado perdido del polvoriento medio oeste americano) ya tiene una imagen nueva para su perfil de Facebook.

A los 15 años, Alyssa es más niña que mujer. Todavía se divierte con sus hermanitos y a veces juega, incluso, con su vecinita Elizabeth, de nueve. A Alyssa le gusta pintarse las uñas de varios colores y aparte de su remera de Hello Kitty tiene una de “El extraño mundo de Jack” con la que se siente cómoda. Es una emo decidida y piensa que Tim Burton, el director, se la llevaría a Hollywood si la viera –ya quisiera ser Alyssa en el País de las Maravillas. Pero Tim Burton está lejos de Saint Martin, lejos del medio oeste y lejos de los white trash.

Un día, Alyssa convence a su vecinita Elizabeth para ir a jugar al bosque. Es el otoño de 2009. Las ojas caen, cubren con un manto dorado la tierra y envuelven el hoyo que la teenager cavó una semana atrás –y que no es el primero: a Alyssa le gusta cavar tumbas. La niña Elizabeth se adentra en el bosque encantado sin darse cuenta de que, esta vez, los ojos verdes de Alyssa están rojos, como si el flashazo de Facebook no acabara. Y no están rojos por el llanto de una madre que se fue hace tiempo y que nunca volvió, o por el de un padre que pasó varios años tras las rejas; ni están rojos por la propia depresión, a sabiendas de que una vida de mierda siempre será una vida de mierda y de que bien vale la pena acabar con ella cuanto antes, incluso a los trece años, cortándose las venas mientras los vecinos salen a la calle a festejar el Labor Day.

Nada de eso: el Prozac barrió con toda esa basura hace tiempo. Se la llevó con la ayuda de un diario íntimo que sirve para la catarsis. Esta vez, los ojos pícaros de Alyssa brillan rojos porque quiere probar algo nuevo. Entre sus ropas lleva un cuchillo. Una vez escuchó una canción que decía que el primer crimen era como el primer amor. Y en su perfil de YouTube puso, entre sus hobbies, “matar gente”. Los labios de Alyssa se secan: lo nuevo está cerca, cada vez más cerca, y el ardor interno es incontenible. A fin de cuentas, tiene quince años. Si no prueba ahora, ¿cuándo?

Como las hamburguesas, como los moteles de la Ruta 66, como el Labor Day y el Facebook; Alyssa Bustamante es también un producto plebeyo de la cultura americana, una asesina por naturaleza cuyo único rédito es una fama inútil que en el siglo XXI corre más rápido en la social media que en la mass media. Y tan yanqui es Alyssa que para entender cabalmente la confesión de su crimen vale leerla en su lengua original, según lo que escribió en su diario íntimo después de estrangular y apuñalar varias veces a su vecinita en el ocaso del bosque silencioso:

I just fucking killed someone. It was ahmazing. As soon as you get over the ‘ohmygawd I can’t do this’ feeling, it’s pretty enjoyable. I’m kinda nervous and shaky though right now. Kay, I gotta go to church now… LOL!

Condenada a cadena perpetua, sólo a los 45 años podrá pedir la libertad condicional.