Memoria del crimen

La lengua del crimen

 Ocurrió algún día nublado, perdido en la década del treinta, cuando los trabajadores luchaban sin la ayuda de ningún general, cuando Roberto Arlt todavía describía sus modos, cuando en los interrogatorios los policías les echaban toda la luz en la cara a sus detenidos. En esa jornada perdida en el tiempo, un sastre de nombre Feierstein fue capturado durante una huelga y pisó por primera vez una comisaría. El tipo había nacido en Polonia, una tierra lejana donde los judíos eran perseguidos, y había aprendido a amar a la Argentina con el pan de cada día. Su pasión por la nueva patria era tan grande que ni siquiera se preocupaba demasiado por enseñarle a sus hijos –que, sabía, serían argentinos de pura cepa- el ídish que había mamado en el Este. Ese mismo ídish que se hablaba a lo largo de Europa y que despistaba a los policías sudamericanos.

Sin embargo, en el cuartucho de la seccional Feierstein se sorprendió con la presencia de uno que no era ni sastre ni crujiro rompehuelgas, ni obrero ni patrón. “Mi padre les dijo a los policías que no sabía nada, que pasaba por ahí… hasta que lo interrogó en ídish la Chancha Rusa”, evoca su hijo, el escritor Ricardo Feierstein. Y a ese, de apodo tan burdo, no podían despistarlo. “Siempre hubo traidores y la Chancha Rusa era el judío que trabajaba para la policía”.

Muchos años después los conflictos han cambiado. Los izquierdistas ya no son una amenaza. Al contrario, la policía los extraña. Quisiera vérselas con aquellos idealistas que luchaban por un mundo mejor y no con los hampones del siglo XXI.

Ahora una mujer de rasgos orientales escucha una conversación por teléfono y toma nota. En una consola bailan las agujas y los teléfonos se enganchan en cables cruzados sin orden. La conversación no está al alcance de nadie más que de ella, que escucha con atención las palabras chinas que se amontonan. Un fiscal y algunos policiales la rodean, esperando alguna revelación en la línea pinchada, y del otro lado dos mafiosos de ojos rasgados deciden sobre la vida de varios otros; partiendo y repartiendo en un país donde la Ley los mira de lejos. En promedio, a un chino le lleva siete años aprender español. ¿Y a un policía cuánto le lleva aprender chino? El lenguaje es poder.

Y entonces ocurre lo inesperado: la mujer de rasgos orientales, la que debe traducir y guiar a los investigadores como un lazarillo a su ciego, se quita los auriculares y los arroja sobre la mesa con una expresión aterrada y alucinada. Toma su abrigo y se va corriendo, perseguida por el fiscal, que le grita “¡No puede dejar la escucha! ¡Ésta es una investigación judicial! ¡Va a haber consecuencias!”. Pero la mujer, que huye, se ha olvidado de todas las palabras en español, salvo de éstas: “¡No me importa, yo me voy!”.

La anécdota es bien conocida en las fiscalías abocadas a la investigación de la mafia china. Allí cuentan el final del cuento: algunos días más tarde la traductora regresó y dijo que, mientras los mafiosos hablaban en la línea pinchada, se habían referido a los traductores. Que conocían a los que trabajaban para la policía (que a fin de cuentas no eran más que los dedos de una mano) y que querían eliminarlos a todos, incluida a ella. Hoy la guarida más segura de los hampones chinos no es de concreto, sino de palabras: “Durante más de diez años hemos tenido a un solo traductor”, agrega ahora aquel fiscal. “En los últimos años agregamos un par, pero no podemos confiar: se dice que algunos trabajan para la mafia, si hasta han tenido denuncias por falso testimonio…”.

Cuando, en diciembre de 2010, el fiscal de Delitos Complejos de Mercedes, Juan Ignacio Bidone, protagonizó una tensa visita a la casa de la familia Tchestnykh, el asunto del idioma volvió a aparecer. “¡Usted me engañó: dijo que quería venir a ver, pero está haciendo un allanamiento, y para eso usted necesita una orden de un juez!”, le señaló al fiscal el joven Ilia, hermano de Vera, que llevaba más de seis meses desaparecida, e hijo de Ludmila, que había sido asesinada hacía pocos días. “Mire, usted tiene razón”, le respondió el fiscal, “pero tengo facultades suficientes para disponer un allanamiento de emergencia”. Así, mandó a secuestrar varios celulares, una CPU y una laptop. Desesperado ante lo que consideraba un atropello, Ilia le advirtió (en español)  que no iba a entender nada, que todos los archivos estaban en ruso. “No se preocupe, buscaremos un traductor”, le respondió el otro. Pero lo cierto es que pasaría mucho tiempo antes de que pudiera conseguirlo.

“Traidor” se dice “farreter” en ídish, “pàntú” en chino y “predatel” en ruso. En otras latitudes se dice “traditore”. Y en italiano “traduttore” es “traductor” . De ahí, aquel viejo juego de palabras de traduttore-traditore, que no hace referencia a renegados evidentes como la Chancha Rusa, sino a la imposibilidad de traducir literalmente sin producir distorsiones en los contenidos y en las formas. Siempre que hay traducción, hay traición. ¿Pero qué pasa cuando todos tienen cara de Chancha Rusa? “Ninguno la tiene”, responde Guillermo Piro, poeta y traductor del italiano que se le animó a Juan Rodolfo Wilcock, a Emilio Salgari y a Roberto Benigni, entre otros. “Si no se puede traducir sin traicionar, todos son traidores, y si es así la traición no existe y la traducción no es posible”.

Otro cantar es el argot, el gergo, la bribia, la germanía, el hampa, el caló… el lunfardo: “un engendro bastardo de la lengua ordinaria de la que deriva”, según escribió el jurista Antonio Dellepiane en El idioma del delito, en 1894, cuando los vigilantes trataban de aprender a ver entre la multitud. En aquellas páginas Dellepiane desconfía de Cesare Lombroso –para quien el caló es una herencia del salvajismo- y propone que la lengua del hampa “revela en forma sensible, casi podría decirse palpable, las notas o rasgos característicos del alma criminal”. Ya hubiera querido un Gato Bonica, un Sopapita Merlo, un Sucio Guardo -y aun un dirigente sindical perseguido como Julio Troxler– ser chino o hablar en ídish para despistar a los infieles. Al sindicalista ya no le queda remedio; pero el delincuente se vale del argot, de eso que Dellepiane considera un “tecnicismo profesional”. Será por eso que Mario Vitette Sellanes, condenado por el Robo del Siglo, se jactó de sus términos del bajo mundo: “¡Cómo no compartirlos! Si no, ¿para qué miércoles tenemos sesenta años y nos dedicamos a leer y a buscar la etimología de las palabras del argot carcelario y del lunfardo?”.