Pesquisas

Testigo en peligro

Entre penumbras, la mujer aparece y mira con dolor a su remisero. Marisol Pereyra, asesinada a los 35 años en la oscura noche del 26 de noviembre de 2011, lo sacude y le recrimina por su vida: “¡¿Por qué no me salvaste?!”, le dice una y otra vez, una y otra vez, y luego desaparece. En otras ocasiones las penumbras se abren de otro modo: el remisero está sentado en su auto y envía un mensaje de texto poco antes de la medianoche –de esa medianoche en que su pasajera ya ha bajado por última vez. La cuadra de la calle 28 está oscura y el silencio es total, y entonces el tipo siente en su cuello el filo frío de un puñal que ya conocieron aquellas cuatro mujeres –Susana De Bartole; su hija, Bárbara Santos; su nieta, Micaela Galle; y su amiga, la mencionada Marisol Pereyra. Los pliegues blandos de la piel ceden con el degüello; a un tiempo la sangre baña su pecho y el habla se le atraganta. Entonces el remisero Marcelo Tagliaferro se despierta y comprueba que lo que en realidad empapa su pecho es el sudor de una nueva pesadilla. Tagliaferro, que tiene 39 años, se ha convertido en el testigo clave de un cuádruple crimen. “Soñé un montón de cosas pero cada día me levanté, firme, y agaché la cabeza para salir adelante”, cuenta luego de echarle dos sobres de azúcar a su cortado americano, en un bar de la ciudad de La Plata donde crujen las puertas de madera y donde hace un recreo en su prolongada jornada laboral.

El Chevrolet Corsa gris, modelo2008, haquedado a media cuadra. El trabajo declinó: algunos pasajeros no quieren viajar con el remisero que vio el horror. A dos meses de la enigmática masacre, Osvaldo Martínez –el apodado “karateca” que, si bien es cinturón negro, no practica desde hace cinco años, cuando inició su carrera de Ingeniería enla UNLP y su empleo en YPF-  fue el único detenido. Novio de Bárbara Santos, Martínez fue acusado de la masacre pero la sala III dela Cámarade Apelaciones y Garantías en lo Penal deLa Platadispuso su libertad ante la ausencia de rastros de su ADN en la escena del crimen y la objeción de las pruebas.

Sin detenidos, los rumores crecen: deudas de juego, herencias, venganzas. Todo es posible. Una señora escuchó que Tagliaferro calza 42, como el homicida que dejó sus pisadas, y a poco de subirse al Corsa le dijo “Yo no viajo con asesinos”. El chofer, dolido, guardó silencio. Con ese mismo auto había llevado a la enfermera Marisol Pereyra a su última cita en una noche que todavía no puede quitar de su cabeza. “Me carcome pensar que la podría haber salvado”, se lamenta.

– O podría haberse convertido usted mismo en la quinta víctima…
– No, yo creo que la salvaba. Al asesino se le iba a hacer muy difícil matarla teniendo a un hombre por delante.

– ¿Cuál era su vínculo con Marisol Pereyra?
– La conocía como pasajera mía. Ella me llamaba al celular cada vez que necesitaba un viaje y esta era la primera vez que me llamaba de noche. Marisol era polvorita, de temperamento fuerte. Era una madraza que pensaba las veinticuatro horas en sus hijas y que empezó a viajar conmigo porque se dio cuenta de que yo la escuchaba. El remís es el consultorio de un psicólogo: todos los que suben hablan y cuentan lo que no le dicen ni al marido, ni al hijo, ni al amigo. Uno se queda callado y escucha, y eso le gustó a ella, que siempre estaba enojada.

– ¿Esa noche también estaba enojada?
– Muy enojada. Esa noche la llevé dos veces. Primero, del trabajo a la casa de la madre, y de ahí a su casa. Estaba enojada con el ex marido, que la venía molestando por teléfono. A las dos horas me volvió a llamar para ir a un teatro en el centro, donde cantaba una amiga que la había invitado por Facebook. La dejé y me fui a cargar gas, pero ella me llamó y me pidió que la fuera a buscar porque había llegado tarde y ya estaba terminando. Para ese momento ya había llamado a su hermana, a ver si la quería acompañar a salir, pero no podía. Antes había llamado a un amigo, que tampoco podía. Ya no era su noche. Ella misma lo dijo: “No es mi noche, llevame a casa”. En el transcurso del viaje pasamos por Tribunales, se acordó de Susana De Bártole y de Bárbara Santos, y quiso ir a la casa. Primero intentó comunicarse por teléfono. Llamó dos veces y le cortaron,  y decidió ir… Un capricho, el destino de la vida…

– ¿En el viaje armaron una cita?
– El tema fue que ella no salía nunca, pero esa noche quería salir para hacerle la contra al ex marido y estaba tan encaprichada que, de última, para que no se quedara mufada, le ofrecí ir a tomar un café, así al menos podía decir que había salido con alguien. Pero se lo dije en chiste y ella se río porque no era una invitación oficial. Cuando estábamos por llegar a lo de Bárbara, me dijo, también en chiste: “Si mi amiga sale, traés un amigo y tomamos un café los cuatro”.

Las cosas se aceleraron en la puerta del 467 de la calle 28. Era demasiado tarde para tocar el timbre sin avisar y la enfermera no quería bajar sola. “¿Te bajás conmigo?”, le dijo al remisero. Tagliaferro dudó, bufó y aceptó, y cuando estaba bajando su celular chilló: era su hijo. “Andá vos, que yo ya voy”, le dijo a Marisol. En dos pasos, la mujer tocó el timbre 5, ese que estaba decorado con las estrellitas dibujadas por una de las víctimas, la niña Micaela. “Salió un flaco, que abrió la puerta y se quedó de espaldas a mí”, relata el remisero. “Iba en cueros y con un pantalón negro, le dijo algo a ella, que me miró y se mandó corriendo para adentro. El flaco entró atrás y cerró con llave”. Tagliaferro se quedó en el auto durante cinco minutos, y entonces el hombre lo llamó desde la puerta. Pero él, que enviaba un mensaje de texto, no se distrajo hasta que el otro le golpeó el auto: “Flaco, andá, que ella se va a quedar tomando unos mates y después se toma otro remís”, dice que escuchó, al tiempo que veía la cara del tipo en el espejo lateral izquierdo. Fue en ese momento cuando el presunto asesino –aquel hombre misterioso – dejó un reguero de sangre en su camino al remís. “Todavía tengo su cara”, dice el chofer, como en trance.

– ¿Era Osvaldo Martínez?
– Sí. No sé si él las mató o no, pero estuvo ahí y nadie me va a convencer de lo contrario. Cuando terminé con el celular, me bajé y fui a tocar el timbre, ¡pero había seis! ¿Y cuál carajo iba a tocar?

– ¿Por qué pensó en tocar el timbre?
– Porque quería que fuera Marisol la que me dijera que me vaya, y que me pagara los dieciséis pesos del viaje. Igual eso no me calentaba porque sabía que la iba a ver al día siguiente, porque ella me dijo que tenía que ir a hacer compras. Si cinco minutos antes me había dicho que me quedara, ¿ahora me mandaba a decir que me fuera? No me convencía. Yo no sé si Marisol vio algo en ese chabón, pero algo pasó para que entrara corriendo.

Como sea, no tocó ningún timbre. Durante diez minutos, Tagliaferro esperó en su auto. No pasó nada. Y entonces se retiró, indignado. Pasó la noche en la agencia Modelo, de la calle 14, tomando mate con sus compañeros, esperando en vano el llamado de ella durante la madrugada. Al día siguiente fue a un cementerio de Merlo, a hacer un trámite con su prima, y a la noche se cruzó con un amigo. “Ayer casi te llamo, pero llevé a una pasajera a la casa de una amiga en 28 y no salió más”, le dijo el remisero. “No habrán sido las cuatro que mataron, ¿no?”, respondió el otro. Y Tagliaferro, que al principio creyó que le estaban tomando el pelo, terminó en la misma puerta del 467 en un instante, y declaró esa misma noche. “Al otro día abrí el diario a ver si había salido algo y cuando vi la cara del chabón, lo reconocí antes de leer la nota”, dice sobre Martínez.

– ¿Por qué fue a declarar con tanta celeridad?
– Yo no me iba a borrar… Mataron a una persona que apreciaba y me molestó cómo me la mataron en la cara. Yo digo lo que veo y se acabó. Si uno se queda callado, ¿cuántas muertes puede provocar con el silencio?

– ¿Qué opina de la liberación de Osvaldo Martínez?
– Estoy indignado porque creo que había pruebas más que suficientes para que no le dieran la libertad, a pesar de que el ADN no diera positivo.

– ¿Está listo para recibir una eventual demanda de parte de él?
– Sí, no tengo drama. ¿Por qué me va a molestar decir la verdad? Yo soy y seguiré siendo el testigo de un cuádruple crimen. Lo que vi es lo que fue.

El remisero habla del destino de Marisol Pereyra, lo compara al de los protagonistas de la película “Destino final” (que quieren escapar a la muerte y no pueden) y asegura que las casualidades no existen. Pero parece olvidar su propio destino, eso de estar en la calle, de ver y de contar, y de entremezclarse en la trama de una época: “Para la sociedad, hoy sos un ídolo y mañana sos un hache de pé. ¿Vos lo metiste en cana? ¡Bien, flaco! Todos te felicitan… ¿Salió en libertad? Te putean porque creen que mandaste en cana a un pobre tipo”, explica. ¿Y mañana? Van a pasar los años, pero no el dolor. Tagliaferro lo sabe. Mientras tanto, junta fuerzas para ir al cementerio a visitar a su pasajera: “No sé dónde está enterrada, pero la voy a buscar y le voy a dejar una flor”.