Crimen y Castigo

Viejos vinagres

Al mal tiempo, buena cara. Y a la vejez, balazos (que es casi lo mismo que propone cierto autor de novelas policiales).

Esa parece ser la ecuación que hizo Antonio Héctor Pereira, don Techesco, cuando le descerrajó siete tiros a su amante, Emilia Manuela Paiz, doña Tita. Él tiene 84 años; ella había cumplido 76. Los dos vecinos de la tranquila ciudad de Bolívar, en la provincia de Buenos Aires, llevaban cuarenta años en las sombras, como amantes, cuando el sábado 11 de febrero su historia acabó con sangre y reproches. No era la primera vez que discutían. Ni tampoco la primera que él le apuntaba con su revólver, ese .22 largo Doberman que llevaba encima cuando presentía que algún ladrón lo cruzaría en el lugar menos pensado y que, sin embargo, sólo sacaba cuando sus cuestiones íntimas lo irritaban.

Que don Techesco, un antiguo sereno que ahora vivía de la compra y venta de autopartes, sobrellevando una operación de próstata, un marcapasos y una placa que le habían puesto luego de extirpar un viejo coágulo de su cabeza, estuviera juntado con la otra –Elcira- desde hacía cincuenta años y que tuvieran seis hijos; que doña Tita fuera viuda y hubiera criado a ocho; que juntos hubieran concebido a una mujer que hoy tiene 38 años… Nada importó. Si las dos familias conocían el engaño y se habían resignado, ¿qué era eso que decía Tita, de terminar el asunto para irse con otro? No en vano, un curandero le había dicho al viejo Techesco que alguien le había tirado mal de ojo. Y que ella no podía hacerse la zonza con eso.

En la casita de la calle San Lorenzo -que la madre le había legado a doña Tita- solían encontrarse. Ella caminaba quince cuadras para verlo cada día. Y allí fue, también, donde el affaire acabó. Techesco podía estar viejo, pero no había perdido las mañas: acertó cinco veces con su .22 largo Doberman en la cabeza de Tita, y dos en su pecho, como queriendo asegurarse de que, tarde pero seguro, el tema se había terminado.

Sabiéndose acabado él mismo, habiendo destruido su pasado y resignado a un futuro mezquino, Techesco caminó los cien metros que lo separaban de su casa y pensó en quitarse la vida. Sería el final menos feliz que podría haber imaginado. Un tramposo en la vida, un fulero en la muerte. Torpemente amarró una correa a un árbol en el patio del fondo, se la pasó por su cuello y saltó al vacío… pero la correa se cortó. Mientras su hijo, Sergio, iba corriendo, alarmado ante el revuelo del intento de suicidio y advertido por su propio padre, a ver lo que había quedado en la casita, el viejo echó mano al revólver y se lo llevó a la sien. Y entonces llegaron los policías, que lo convencieron de no gatillar.

El .22 largo Doberman cayó al piso. Tenía todavía seis balas en el tambor. Y no era aún medianoche.

Algunos días después, el diario La Mañana, de Bolívar, publicó una carta abierta. La firmaban uno de los hijos del viejo, la hija que había nacido de la relación clandestina y varios de los hijos oficiales de Tita. Así decía:

Emilia Manuela Páiz tenía 76 años y fue salvajemente asesinada por un cobarde. […] El sábado 11 de febrero unas manos viles la arrastraron a la muerte. Su rostro, que no era ya su rostro, demostraba las huellas de las balas asesinas. Las arrugas que con los tiempos se supo ganar le dieron pasa a las hemorragias. Su cuerpo parecía haberse consumido. Pero los dientes apretados, esos con los que afrontaba la vida, seguían firmes (y seguirán firmes) porque seguramente apretando los dientes enfrentó a su sicario en el final. […] Como vemos cada día en las noticias de nuestro país, una mujer más es asesinada por las manos de su pareja. Una vez más queda demostrado que la violencia doméstica contra la mujer si no se para a tiempo puede llevar a la muerte. […] Y si en una de esas la JUSTICIA (como muchísimas veces ha ocurrido) deja este hecho atroz sin castigo, entonces será el pueblo quien haga «tronar el escarmiento». Entonces seremos nostros, los hijos, los nietos, los amigos, los vecinos, quienes tengamos que señalar con el dedo y decir: «Allá va Antonio Héctor Pereyra, el ASESINO».