Memoria del crimen

Los hologramas de Helter Skelter

“Exultará el justo cuando viere la venganza, y sus pies lavará en la sangre del impío” (Salmos, 58:10)

El Enviado los juntó en el medio del campo, en la noche abierta del desierto, y predicó para ellos por última vez. El sermón los estremeció: el día del Juicio Final estaba muy próximo y las fuerzas de la naturaleza se encargarían de barrer con todo. Un diluvio acabaría con la ciudad, una guerra civil entre hermanos transformaría los paisajes y una nueva sociedad brotaría de entre los yuyales. Las almas de los elegidos que iniciaran la ignición serían salvadas: vivirían una vida que sería todas las vidas juntas, para morir y renacer. No debían, por eso, temer a sus enemigos ni detenerse ante el espectáculo dantesco que estaban llamados a provocar. En el medio del campo, en la oscuridad densa, el Enviado así les habló.

El Médico Dios echaba mano a un recetario de tradiciones alejadas al saber citadino: curaba con hierbas, con ungüentos, con retazos animales, con oraciones y con plegarias. Nombraba por igual a la Virgen María y a las deidades de la tierra. Y los enfermos lo veneraban como se venera a un santo. Su barba blanca caía hasta su cintura; su poncho, hasta el piso. Quinientas personas habían montado un enorme campamento –una romería que recordaba las marchas hacia el Paraguay en una guerra que había concluido pocos meses atrás- alrededor de su “hospital”, un rancho de adobe que hacía de sanatorio de sol a sol, en los contornos de la estancia La Argentina, propiedad del alcalde de Tandil. Llegaban de todos los sitios en carretas, con víveres y animales que servían de alimento; fogones, guitarras, taba y naipes distraían la estadía. Al curandero, que se llamaba en realidad Gerónimo de Solané, lo conocían por Tata Dios, o simplemente por San Gerónimo.

“Ya es hora de Helter Skelter”, les dijo a los suyos. Uno de los miembros de la Familia había sido detenido dos días atrás por la policía de Los Ángeles, acusado por el homicidio de Gary Hinman, a quien había torturado durante dos días para llevarse todo el dinero de una herencia. El propio enviado, un gurú llamado Charles Manson, también había estado presente allí, y le había rebanado una oreja. Luego de matarlo sin obtener demasiado, habían escrito con su sangre, en la pared, “Political pig”: pronto habría de comenzar la guerra entre hermanos, ese Helter Skelter que los Beatles habrán cifrado en el White Album.

(A una señal, provocada por la serie de crímenes, blancos y negros habrían de chocar en un país agobiado por los prejuicios raciales. Luego de la victoria, la Familia gobernaría los destinos de los negros, victoriosos pero desgastados en la guerra civil).

“Ya es hora de Helter Skelter”, repitió Manson en el Spanh Ranch, el polvoriento campo donde se ocultaba la secta. Una docena de hippies –algunos muchachos que no querían ir a Vietnam y varias mujeres confundidas con el Verano del Amor de los años sesenta– lo escuchaba, hipnotizada. A pesar de su expresión idiota, de su mirada irreal, sabían perfectamente a qué se refería el gurú esa noche del 8 de agosto de 1969.

Partieron juntos, con ánimo de matar, en los dos extremos del mundo, al inicio y al final de los tiempos. Sólo la ventisca nocturna del campo los conoce –y luego la historia. Si un objeto que se desliza sobre una cinta de Moebius mirando hacia la derecha aparece mirando a la izquierda al dar una vuelta completa; si un hombre sufre un accidente en moto y durante su estadía en el hospital sueña varias veces con la selva, con los aztecas y con el sacrificio, hasta que finalmente se da cuenta de que él es, en realidad, el prisionero que pronto morirá y que la alucinación es el accidente en la moto; si dos caballeros cargan con sus lanzas contra un dragón enorme, fogoso y horrible, y fallan porque no saben que el dragón es, por cierto, una locomotora que viene hacia ellos silbando y echando humo; si las escaleras llevan a ningún lugar más que a sí mismas y “convexo” y “cóncavo” son palabras carentes de sentido en un espacio alterado; entonces Julio Cortázar, Ray Bradbury y Maurits Cornelis Escher también son intérpretes válidos de los crímenes de Tata Dios y de Charles Manson, replicados como hologramas en el espejo del siglo.

Más de treinta gauchos toman por asalto el cuartel del juzgado de Tandil en la noche del 1° de enero de 1872: se llevan las armas sin hacerle daño a los criollos y se lanzan en busca de los extranjeros, a quienes saben masones corrompidos y enemigos de la religión. Con lanzas de caña tacuara rematadas en tijeras afiladas, con sables y con carabinas, y con una divisa punzó que hace de amuleto en el sombrero arremeten contra todo gringo a la vista, regando de sangre europea las calles. No se olvidan, tampoco, de cortar las líneas de teléfono cuando entran a la casa de 10.050 Cielo Drive, en Beverly Hills. Sigilosos, sorprenden a Sharon Tate y a sus amigos, que charlan después de cenar. Nunca los han visto, pero creen que tienen algo que ver con el inquilino anterior de la casa, a quien han conocido a través de Dennis Wilson, el baterista de los Beach Boys –que los abandonó en el proyecto de grabar un disco-. Todo ocurre en poco tiempo: casi sin hablar, los van matando de a uno. Sus aullidos no sirven para nada: al peluquero Jay Sebring lo liquidan con un disparo y siete puñaladas; al guionista Wojciech Frykowski, con cincuenta y un navajazos; a su novia y heredera del imperio cafetero Folger, Abigail, con veintiocho puñaladas. Otra orgía se da en el almacén del francés Jean Chapar, a cinco leguas del pueblo, donde pasan a degüello, bárbaramente, al dueño, a su familia (con un bebé de cuatro meses) y a quienes casualmente duermen allí: dieciocho víctimas en total. Sharon Tate es la última. A ella tampoco la perdonan. La hermosa actriz que ostenta un embarazo de ocho meses y medio piensa en su marido, el director de cine Roman Polanski, que está filmando en Londres una película de terror no tan horrible, y pide llorando que al menos le dejen tener a su hijo, pero es acuchillada por Susan Atkins y por Tex Watson, dos de los cuatro miembros de la Familia presentes. Su cuerpo panzón yace sobre la alfombra mientras los hippies escriben “Pig” con su sangre. El gurú les ha pedido que dejen algún mensaje macabro. Quiere iniciar cuanto antes la guerra. (Al día siguiente vuelven a insistir, matando salvajemente al empresario Leno LaBianca y a su mujer, Rosemary: sobre el abdomen de él trazan la palabra “War” y con su sangre escriben en las paredes “Rise” y “Death to pigs”, y “Healter Skelter” en la puerta de la heladera). Con el alba, otros diecinueve cadáveres son hallados en Tandil.

Pro en algún momento sale el sol. Sorprendidos ante la persecución de las tropas, los asesinos de Tandil se entregan y cuentan de Tata Dios, que es capturado y recluido en un calabozo. Cinco días después, una misteriosa mano anónima dispara nueve veces al interior de su celda y acaba con su vida. Charles Manson, en cambio, es detenido gracias a un trabajo de inteligencia que dura algunas semanas y que da en el blanco cuando una pandilla de motociclistas lo delata. Juzgado en 1970, es condenado a muerte, pero cuando la Corte Suprema de California deroga temporariamente la pena capital es beneficiado con la prisión perpetua. Y allí está, en su pequeña celda, desde 1972. Cuarenta años después, en 2011, le concede una entrevista a la versión española de la revista Vanity Fair. Como en el polvoriento rancho hippie, Manson no dialoga, sino que predica. Habla del martirologio y del amor, de la cruz y de la ecología. Y en un momento de distracción cuenta que sus compañeros latinos de la prisión de Corcoran le han enseñado a decir algo en español: “La hierba mala no muere”.