Crimen y Castigo

Réquiem para un niño muerto

Mucho antes de hacerse cargo de la fiscalía de instrucción número 1 de Presidente Perón, mucho antes de pensar en ser fiscal, mucho antes –aun- de estudiar Derecho, Leandro Heredia, por entonces un muchacho, vio en el cine una película que lo marcó para siempre: se llamaba El exorcista y contaba la historia de la posesión diabólica de una mujer. Los años pasaron y Heredia ingresó al Poder Judicial. Firmó expedientes donde se jugó la suerte de ladrones y de asesinos, de estafadores y de violadores, pero nunca pisó el territorio del demonio –hasta que conoció al pasto verde del San Eliseo Golf & Country Club.

Allí, bajo un cielo pleno celebrado por el canto de los pájaros, el diablo metió la cola.

Fueron una empleada doméstica, un empleado de vigilancia, una vecina y la hija adolescente de la dueña de casa quienes descubrieron el horror del niño ahogado. “¡Tincho está muerto!”, le gritó la madre, Adriana Cruz –originaria de Brasil, de 42 años-, al vigilador que en la mañana del martes 20 de marzo le preguntaba desde el otro lado de una puerta cerrada. Al lado del hombre, las demás esperaban con lágrimas en los ojos y manos heladas. En la noche anterior, la señora Cruz había irrumpido ferozmente en su habitación para mandar a dormir a su hija mayor, de 15 años, que miraba televisión junto a su hermanito, y para llenar la tina del jacuzzi. Cruz había visto una foto de su ex marido, contador de la polémica empresa basurera Covelia, en la que aparecía su nueva mujer. Como escribiría en las paredes de su habitación durante su crisis de nervios, el tipo era para ella un psicópata, un ambicioso, un manipulador y un mentiroso. Pero ella estaba a punto de convertirse –o probablemente ya hubiera dado el paso- en una filicida.

Aquella mañana, recluida en su habitación, la mujer se había cortado las venas y esperaba que la propia muerte la trasladara a un lugar sin ex maridos cuando la sorprendió la voz del vigilador al otro lado de la puerta. A su hijo, el niño de seis años Martín Vázquez, el preferidito del ex marido, lo había ahogado en el jacuzzi después de la medianoche.

“La señora tenía una cara como de poseída”, contó el vigilador. Alrededor del cuello de Cruz caía una corbata (un instrumento para el suicidio antes que para la elegancia) y sus muñecas se veían bañadas en sangre. El niño estaba sumergido. El vigilador lo vio “hinchadito y moradito”. (Luego llegaría la inesperada confesión de la mujer frente a un movilero de Telefé: “[Maté a mi hijo] para cagar al padre”, el desenlace del misterio del niño muerto frente a los ojos de toda la sociedad y el posterior debate en la edición del 23 de marzo de 678, acerca de los modos del periodismo policial. Pero la confesión televisiva tiene en la causa judicial apenas el valor de un indicio; una confesión válida debe ser prestada en sede tribunalicia, con un abogado defensor y con garantías constitucionales. Sólo así se convierte en la madre de todas las pruebas. Y a confesión de parte, relevo de pruebas).

“Tengo doce años de fiscal y vi cadáveres por doquier”, se presenta hoy Leandro Heredia, a cargo de la instrucción en el country San Eliseo. “He visto gente muerta por tracción en vías férreas, cabezas abiertas con escopetazos y hasta cadáveres de bebés de pocos meses, pero hasta ahora nunca había llegado a esbozar una lágrima”.

Lo que vio aquella mañana, finalmente, fue diferente. Cuando se dirigía hacia el country probablemente no imaginó el golpe directo al corazón que estaba a punto de recibir. Antes de tomar su cargo en la Justicia de provincia de Buenos Aires, Heredia no había tenido otro contacto con los cuerpos muertos más que el de los velatorios. Después todo fue diferente. Después la profesión lo moldeó. ¿Qué tan frío debe ser un tipo frío? ¿Frío como un cadáver, acaso? No. El fiscal Heredia no se enfrío, dice (pide). No es una máquina, pero de alguna manera -lo sabe-, se acostumbró.

El niño Martín Vázquez era igual a su hijo. Hinchadito y moradito, a decir del vigilador, esperaba bajo el agua su llegada y la de los demás funcionarios. Y Heredia no pudo evitar la bofetada de algo más fuerte que el esbozo de una lágrima: “Rompí en llanto”, admite. “Me tuve que retirar, me tuve que rehacer, tuve que ser contenido por el personal de la fiscalía. Pero no me avergüenzo porque el llanto no es patrimonio del sexo femenino”.

Dura lex, sed lex.

“El niño muerto era fiel reflejo de mi hijo de ocho años: tenía un parecido asombroso”, sigue. Heredia sólo pudo comenzar con la rutina del trabajo (y es que la apasionante exploración de una escena criminal sigue las pautas de una rutina) cuando volvió en sí. A fin de cuentas, y más allá de los hombres, el horror siempre pide orden: fotos, actas y planos guardan para siempre –en cada uno y en todos los crímenes- el espanto.

Un rato después, cuando salió a tomar aire, el fiscal recordó a Linda Blair, la protagonista de El exorcista. El vigilador que habló con Adriana Cruz hubiera dicho que no eran tan diferentes. Bajo la sombra de los árboles, Heredia decidió que estar en esa habitación fría, en esa improvisada cámara mortuoria, era como meterse en aquella película que había visto de muchacho. “La escena del crimen era dantesca y escalofriante”, agrega ahora, “había sangre por doquier, medicamentos tirados, cartitas de las hijas pidiéndoles a los padres que no se pelearan más y pintadas en la pared: algo que nunca había visto y que espero no volver a ver”.