Memoria del crimen

En la mente de Mariano Castex

En la sala de pericias de los tribunales de San Isidro, el hombre que deliraba había comenzado a gritar sin que nadie se lo esperara. Fueron las esposas: cuando descubrió que se las habían ajustado demasiado y que le habían quedado marcas, empezó a insultar, se desbordó y le subió la presión. Alguien pidió entonces que se llamara al SAME.

Los guardias le habían apretado los garfios porque le tenían pánico: Horacio Conzi atravesaba su proceso con la fama de ser un tipo despiadado y poderoso. Desde el primer momento estuvo claro que había asesinado a Marcos Schenone por una mujer que había deseado una noche –y que venía a ser la novia de la víctima-. Lo que había que dilucidar durante la investigación era su estado mental. Ante el escándalo que armó con las esposas, el perito psiquiatra de la familia Schenone echó una sonrisa diagonal: “¿Ven? Es un simulador”, dijo, tomando como obvio que el asesino quisiera pasar por loco para evitar la prisión. El perito de la defensa, en cambio, estaba convencido de los delirios y de la agresividad repentina de Conzi.

Este perito era el célebre Mariano Castex, hombre de larga trayectoria y de sinuosas experiencias, de estudios destacadísimos y de ideas singulares. Algún tiempo después de aquella pericia fallida, Castex escribía un artículo: “En la calle, se cree erróneamente que el hecho de que un victimario sea psicótico (‘loco’ en el decir del vulgo) implica salvarlo de la prisión. Nada más alejado de la verdad. [Su] internación equivale en la práctica a una condena a perpetuidad…”.

En su coqueto estudio de la calle Arroyo, Mariano Castex recuerda a su antiguo cliente e insiste –a pesar del fallo que lo condenó a 25 años de prisión- con que era un delirante: “Hasta el día de hoy me tolera porque dice que mentí para salvarlo, sin darse cuenta de que está loco, loco, loco”. De la misma manera habla de otros acusados famosos como el padre Grassi (“Es un inmaduro afectivo. Todos lo somos, pero su grado de inmadurez es propio de un cura: a muchos curas les falta experiencia de vida”); Martín Ríos, el tirador de Belgrano (“Reconocí que en un principio estaba instigado a exagerar su sintomatología, pero realmente era un psicótico activo”); Fabián Tablado, que mató a su novia con 113 puñaladas (“Si está en condiciones similares, podría repetir el incidente: nunca fue tratado y es explosivo y epileptoide”); y Lucila Frend, acusada del crimen de su amiga Solange (“Me llamó la atención la reconstrucción del hecho, donde ella se quebró. Luego la anularon, pero para mí no existieron presiones”). Si algo tienen en común todos ellos, es que Castex los ha peritado. También participó en la acusación del asesinato del periodista Mario Bonino, señaló a los verdugos del soldado Omar Carrasco, corroboró las actas de autopsia de Carlos Menem Jr. (“Debería haberse investigado como si fuera un ciudadano normal”), peritó a las víctimas de Cromañón e investigó ciertas ejecuciones de la última dictadura.

Castex es uno de los peritos más requeridos y prestigiosos de los últimos treinta años. Es, también, un fiscal de la mente que prefiere la clínica y la conversación a los tests, un detective de la neurosis que dice: “Lo primero que hago es ubicar al sujeto: ¿qué le pasó? ¿Por qué está acá? ¿Qué siente? Voy creando círculos para ingresar: ¿Por qué cree que llegó a lo que hizo? ¿Qué recuerda del hecho? Es todo sutil, yo no sigo esquemas”.

Mientras el estudio se colma con su tesis cotidiana, afuera bulle esa zona pintoresca de la ciudad en la que el barrio de Retiro se amalgama con el de Recoleta y los aires franceses invaden los umbrales. Ésta es la pequeña patria del doctor Mariano Castex, nacido en 1932, hijo del famoso médico Mariano R. Castex, nieto de Mariano S.C.J. Castex, bisnieto de Mariano Castex A., padre de Mariano R. Castex y sexta generación de Castex en suelo argentino.

Castex –este Castex- habla con elegancia, con gracia y con cortesía. Su cultura es vastísima y aparece en la conversación sin alardes, pero con distinción: en un momento el perito se reconocerá como un militante ciceroniano para defenestrar a César; luego hablará de la novela barroca que escribió gracias a la Beca Rockefeller y que nunca entregó; finalmente se entusiasmará con la teología especulativa escolástica. Su currículum supera las doscientas páginas. Castex es Doctor en Medicina, Doctor en Derecho Canónico, médico legista y del trabajo, especialista en Psiquiatría y Psicología, licenciado en Filosofía, vicepresidente segundo de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires y miembro de la National Geographic Society y de otra docena de instituciones. Ha sido cura jesuita durante quince años. Es profesor aquí y allá, y asesor en una docena de entidades. Ha publicado –además de sus novelas, sus obras de teatro y sus ensayos- cerca de cuatrocientos trabajos científicos.

Pero en un momento de la charla, con el mismo tono gentil con el que defiende a Cicerón, agudiza la mirada de un ojo penetrante que refleja un rayo de luz y asegura: “Estuve preso en dos ocasiones. La primera, en 1953. La segunda, entre 1981 y 1982. Y puedo decir que la cárcel fue una escuela superior a todas las demás”.

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La primera vez fue en un sótano oscuro del Palacio de Tribunales pero –luego se daría cuenta- más acogedor de lo que podrían resultar otros lugares. El joven Castex, de 21 años, pasó noventa días preso cuando fue descubierto en la planificación de un atentado. Si el asunto hubiera resultado, Castex se habría convertido en uno de los villanos más grandes de la historia. Para algunos. Para otros, en uno de los héroes más recordados. Es que Castex, junto con sus compañeros de la FUBA, quería matar a Perón. Corría 1953 y la facultad de Medicina se dividía por sectores políticos. “El Che Guevara iba dos años antes que yo”, recuerda Castex. “Él era del PC y nosotros lo odiábamos cordialmente tanto como al peronismo”. Perón entraba en la etapa más conflictiva de su gobierno y los frentes abiertos se multiplicaban. “Teníamos por referentes a los maquis franceses”, evoca Castex. “Inspirados en los paracaidistas enviados a Praga en 1942 para matar al segundo de Hitler, teníamos la idea de cargar un jeep con explosivos el 17 de octubre y volarlo por control remoto al paso del presidente por la avenida Alem. Yo fui de los que estudió el timing”. En abril de ese año, un grupo de radicales habían sido acusados de un atentado en Plaza de Mayo, que dejó siete muertos. Entre los detenidos estaba Roque Carranza, vinculado al grupo de jóvenes que en el Día de la Lealtad querían acabar con Perón. Pero la operación se frustró cuando Diego Muñiz Barreto (futuro diputado peronista, desaparecido en 1977) largó todo en un día de curda y provocó la captura de los conspiradores.

Todos fueron a parar a la Alcaidía de Tribunales. La historia olvidó el simpático nombre con el que la prensa conoció aquel borroso intento: “la conspiración bebé”. Tres meses después, gracias a una amnistía votada por el Congreso, Castex pudo buscar asilo en el Uruguay de los liberales.

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En la Basílica de San Pedro, el epitafio del Papa Pío X rezaba “Su tiara estaba formada por tres coronas: pobreza, humildad y bondad”. El viejo Papa acababa de ser canonizado y Castex –que había completado sus estudios de Medicina en Montevideo y se había lanzado de viaje a Europa- se estremeció al pie de la tumba con una mística que nunca antes había sentido. Supo, con la convicción con la que se saben las cosas importantes, que su viaje había terminado. Que debía volver a Buenos Aires para ingresar al noviciado de la Compañía de Jesús y ser cura.

Y lo hizo.

Con los jesuitas se licenció en Filosofía y en Teología, recorrió las villas y estudió los clásicos, aprendió el desapego de lo material, abrazó la riqueza de lo eterno y se refugió durante un tiempo de las confusiones políticas del antiperonismo en el laboratorio de Biología anexo al Observatorio de Física Cósmica de San Miguel, una obra jesuita que había contado con subsidios generosos de Perón. Allí pudo hacer trabajos de cirugía experimental sobre reinjertos de manos en perros y monos, hasta que dos viejos camaradas de militancia antiperonista, Roberto Roth y Muñiz Barreto, lo llamaron para sumarse como asesor científico a la Secretaría General de la Presidencia durante el gobierno de Onganía. “Necesitamos un cura muy elegante que vaya a tomar el té con [el titular de la SIDE] Eduardo Señoranz y le explique que un socialista no es un comunista”, le dijo Roth. Señoranz estaba de caza y no estaba tan lejos la Noche de los Bastones Largos –con la que la policía había desalojado a palazos a los docentes y estudiantes contrarios a la política educativa del Onganiato en la Facultad de Ciencias Exactas, el 29 de julio de 1966-. Castex, cuyo padre había sido rector de la UBA, aceptó la misión, tomó té con el hombre de hierro y tuvo la chance de decirle a Onganía que aquel atropello había sido “un disparate”. “Onganía lo admitió. Yo lo digo, pero nadie lo quiere creer”, dice ahora Castex. En 1981 publicó un libro con sus memorias sobre la época, “El escorial de Onganía”: “Yo divido a la gente en cúbicos y esféricos. Onganía era cúbico, pero reconocía errores y era honesto”, agrega.

Durante esos años (y con el apoyo de Onganía) Castex asumió la dirección del Observatorio de San Miguel y fundó la Comisión Nacional de Estudios Geoheliofísicos. “Queríamos darle un lugar a todos los profesores expulsados de la Universidad”, explica. El paso del tiempo trae algo de picaresca: “Algunos me decían que yo había hecho una lista de Schindler criolla y científica. Entre 1967 y 1970 lo convertí en un reducto subvencionado por Onganía pero lleno de zurdos: todos los científicos de primera línea expulsados de la UBA estaban ahí. Y me peleé con el sector de derecha, que me acusaba con eso del ‘reducto de zurdos’”.

– ¿Y era verdad que era un “reducto de zurdos”?
– Era más complejo. Pasaban cosas divertidas ahí… Había tipos de la ultraderecha, como Jorge Klappenbach, que era subsecretario de Onganía y le ponía la Marcha de la Falange a los científicos de Meteorología, que le respondían con la Internacional. Convivíamos. A muchos hombres de derecha les molestaba que yo dijera que si en la universidad diez tipos son inteligentes, nueve son zurdos y el restante no lo es, pero es bastante tonto.

– ¿Y usted cómo se ubica dentro de esos diez?
– Ah, no. Nunca se me ocurrió incluirme…

– En esa época también decían que usted era el confesor de Onganía…
– Nunca lo fui. Una vez se lo comenté, en broma. Me miró, muy serio, y me dijo: “Yo ya tengo confesor”.

El chiste del confesor no duró demasiado tiempo. En 1970 se terminó todo: Onganía cayó en junio; Castex abandonó a la iglesia a fin de año. Tenía 38 años y era un hombre muy diferente al joven que había soñado con ser jesuita. Tan diferente, que incluso se había hecho peronista.

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La primera carta llegó poco tiempo después de la muerte del Padre Juan Bussolini, el director del Observatorio que precedió a Castex. Un fulano escribía de parte de Perón para saber cómo estaba aquel cura a quien había apoyado con subsidios en otra época más feliz. “Le respondí que el Padre Bussolini había fallecido y le dije a Perón que en el Observatorio se lo recordaba con mucho cariño porque eso era una obra de él”, evoca Castex. En mi carta le conté que yo había combatido contra él. Y Perón me respondió. Se ve que le interesaba conocer a un hombre de Onganía”. Lo que no sabía Perón era que Castex podía ser hombre del enemigo, pero en su corazón ya no lo era tanto: “El peronismo era la doctrina social de la Iglesia con una mezcla de facismo y algunos ribetes de nacional-socialismo. Y yo tenía entendido que el país no podía funcionar sin peronismo”.

Conforme abrazaba el peronismo, Castex abandonaba su lugar en la Iglesia. Poco a poco se iba convirtiendo en un personaje desconocido, en un Castex extraño: un hombre diferente al que había creído que sería. “Soy un tipo que siempre ha amado la libertad y la independencia”, dice, a modo de ilustración, restándole interés a las paradojas de su vida. Y sin demasiado entusiasmo cuenta que su crisis de fe se dio de golpe, a mediados de 1970. En ese momento partió en su última misión científica a la República Federal de Alemania y aprovechó el aventón para tramitar en Roma su reducción al estado laical. Que era su renuncia. “Creo que fue una desilusión: me desilusioné de las peleas terribles entre los conservadores y los tercermundistas”, explica. “Mi impresión era que si seguía ahí adentro me iban a triturar por estar en el centro. Cuando dije que me iba me ofrecieron el oro y el moro. Desde Monseñor Angelelli, que me ofreció irme con él a La Rioja hasta Monseñor Plaza, que me dijo que si era por un problema de sexo no me preocupara”.

Pero el aventón europeo daba para más. Y sus ánimos renovadores también. De vuelta de Roma, Castex aterrizó en Madrid. Destino: Puerta de Hierro. López Rega e Isabelita lo recibían en la puerta del búnker peronista. El General esperaba más adentro. Charlarían un rato, con sus famosos perritos como testigos, y sellarían el encuentro con una foto. “Me impactó su visión: quería la reunión con Balbín, ya no era el Perón de 1953. Y se identificaba con De Gaulle, a quien veía como un hombre de la tercera posición”, evoca Castex. Y cuenta que volvió a la Argentina convencido de que el exilio había pulido a su antiguo objetivo y lo había transformado en un verdadero estadista.

De regreso en el país vio sumirse en la clandestinidad a sus compañeros del Peronismo de Base, se animó a darle asilo doméstico a algunos alumnos montoneros y lloró el secuestro y la desaparición de su amigo Muñiz Barreto, el conspirador bebé devenido en diputado peronista.

Hasta que, en enero de 1981, los verdugos llamaron a su puerta. Venían de la División Drogas de la Policía Federal. Castex dirigía entonces en una clínica en el centro. “Me acusaron de haber recetado anfetamínicos y era verdad: yo era psiquiatra y tenía todo el derecho de hacerlo. Pero había unas recetas truchas, hechas por un secretario mío, y tardé dos años en probarlo. Fue todo una farsa descarada”. Se trataba, en realidad, de un ajuste de cuentas. Algún tiempo atrás había descubierto a dos empleados -un psicólogo y un médico, ambos con vínculos en la Fuerza Aérea- practicando un aborto clandestino en su clínica. “Los eché y me tuvieron entre ojos”. Por su apoyo al CELS, fundado por Emilio Mignone, sus enemigos recordaron aquel “reducto de zurdos” del Observatorio. “Los primeros veinte días no tenía idea dónde estaba”, sigue. “Era una causa claramente política”.

Su segunda experiencia en prisión había comenzado. Su nombre y sus influencias le salvaron la vida y le sirvieron para ocupar una plaza oficial en la cárcel de Devoto. De los dos años que pasaría tras las rejas, Castex recuerda dos cosas: los libros y los prisioneros. Un montonero que había caído por un secuestro extorsivo y que había ido a parar a la biblioteca le pasaba las novelas de Eduardo Mallea, de Mario Vargas Llosa y de Alejo Carpentier, y los libros de historia de José Luis Busaniche (“Me leí su Historia Argentina y confieso que me la afané. ‘Este libro no lo editan más’, pensé, y fui cortándola en pedacitos y mandándosela a mi abogado. Cuando salí lo encuaderné de nuevo, ¡pero ya había salido una nueva edición!”).

Tras las rejas, Castex comenzó a trabajar sobre los presos comunes torturados. Junto a Edgar Sa y Alba Castillo organizó el Servicio de Acción Solidaria Integral con el Detenido (SASID) para luchar desde adentro por los derechos de los detenidos. Y en el medio de aquel recuerdo es cuando asegura aquello de que “la cárcel fue una escuela superior a todas las demás”. Y más: “Si Cristo es el hermano de miserables como esos que en cualquier momento se podían pelear con vos y convertirte en una empanada es porque eran seres humanos. Yo los quería y cuando me fui juré que iba a hacer todo lo posible para sacar de la cárcel a todos los que pudiera”.

Adentro de la cárcel Castex escribió “El país del Minotauro”, una novela de un lenguaje exuberante que denuncia el estado policial de la época: “La iba sacando en pedazos, con mi abogado, y cuando salí la hice pasar a máquina y la compuse”. En 1983, la novela agotó sus ejemplares.

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De nuevo en la calle, Castex, que había elegido la Medicina y la Psiquiatría al colgar la sotana, se acercó a las tareas forenses. “Cuando estuve preso fui víctima de malos peritajes”, explica. “Por eso decidí convertirme yo mismo en perito, para tomar el toro por las astas”. Entonces comenzaron a desfilar los acusados: “Los asesinos son enfermos, pero no he conocido a nadie que no se pueda no querer. Incluso, a los tipos jodidos”.

Al inicio de la década menemista, la vida de Castex dio un nuevo giro cuando estuvo a punto de ingresar al Cuerpo Médico Forense. Había ganado el concurso por unanimidad para ocupar un lugar en ese órgano de puertas cerradas y sillas exclusivas. Pero el nombramiento tardaba en llegar. Entonces, una pista: la primera Corte Suprema de Menem lo miraba con recelo. “Creían que yo era peligroso por haber sido ex cura y me dijeron que si no tenía el apoyo de algún obispo poderoso no iba a ser nombrado”, recuerda.

Castex se movió rápido: fue a ver a Corach –por entonces en la Secretaría de Presidencia- y confirmó el rumor. “Las ideas de un ex cura son peligrosas”, le dijo Vladimiro. “Nadie va a ir preso si usted es perito”. (En otro momento de la charla, el perito dirá algo al respecto: “A veces me dicen que para mí todos los delincuentes son enfermos… No: son enfermos, pero con grados de libertad, autonomía y responsabilidad”). Castex no se rindió y reclamó a la Corte. Pero un sector conservador le había hecho la cruz. La respuesta: la Corte no está obligada a fundamentar nada. El tiempo lo lava todo: “Me hicieron un gran favor porque no tuve el ataque al corazón que hubiera tenido y tampoco me prostituí”, se jacta ahora. En cambio, el incidente elevó su fama como perito.

Y entonces llegaron los acusados famosos. Y los clientes insistentes a los que Castex les advierte que su función es garantizar la constitucionalidad de la pericia e iluminar aspectos importantes que el perito oficial no se anime a plantear. Y también los que son asesinos evidentes, esos a los que también examina. “Yo creo que la culpabilidad no tiene nada que ver. La función del perito tiene que ver con el derecho a la defensa. Y se cumple con ética y sin mentir”.

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Muchos de los recuerdos que Castex ha volcado en esta charla están archivados en algunas cajas, arriba de un armario, en su estudio. En esas cajas hay carpetas -prolijamente rotuladas- que guardan cartas escritas por y para Castex, manuscritos de novelas inéditas, trabajos científicos mecanografiados, pericias anónimas, dibujos de sus hijos, informes judiciales que alguna vez fueron de reserva y más. El papel se torna amarillo. Las fotos hablan de los múltiples personajes que ha sido Castex a lo largo de su vida. De los recuerdos sólo quedan los más valiosos.

La mirada penetrante de Castex también puede parecer cansada luego de tanto andar. Parece imposible encontrar el sello que resuma su ondulante camino. ¿Dónde buscar? ¿Dónde tropezarse con el elemento que resuma en sí mismo las luchas políticas, espirituales y humanísticas que libró este soldado de la vida? Cuando Castex dice “‘Siddhartha’ me impactó” parece que va a agregar un nuevo eslabón a su discurso intelectual. Pero no. “Siddhartha” lo impactó porque es el sello que lo contiene todo. La novela de Hermann Hesse es el elemento que resume el trozo de la historia argentina que vive bajo el nombre de Castex.

“Me lo dio en la cárcel de Devoto un pibe, un pobre negro de arrabal al que habían metido por borracho y por pegarle a la policía, que mangueaba grasa y no tenía más que una mina sensacional. ‘Usted no lo quiere leer porque se lo recomendé yo, que no soy nadie’, me dijo un día. Y tenía razón. Cuando lo leí me di cuenta de que Siddhartha era mi vida: el tipo místico que se refugia en lo religioso y se cansa; que después se refugia en la lujuria y se cansa; y que finalmente cruza con un barco y encuentra la transformación final: la madurez”.

– ¿Y usted se refugió en la lujuria?
– Si vos entrás a la Orden a los 21 años y creés en la virginidad y vivís tu castidad… te hacés mierda, porque la castidad te hace mierda. Cuando salí fui el adolescente que no había sido. En el año anterior a mi casamiento conocí más garitos que en toda mi vida.

– ¿Y cuál era el mejor?
– Frecuentaba uno de San Miguel que se llama El Paraíso. Era un lugar de copas de un japonés que se llamaba Ozú. Iba casi todas las noches a tomar copas. Una vez me encontré en México con un pibe montonero que me dijo que los tipos que me seguían estaban azorados, porque el tipo que había estado con Onganía ahora estaba con los otros… ¡y encima era un fiestero de la gran puta!

– ¿Este Paraíso se parecía al paraíso que usted vislumbraba cuando quería ser cura?
– Creo que era otra forma de paraíso… Hay un psicólogo, Abraham Maslow, un tipo bastante respetado en la década de 1950, que habla de la experiencia pico y llega a asimilar el arte de la creación con el orgasmo y la experiencia mística. Y yo creo, realmente, que él tiene razón.

– Usted pasó por todas esas experiencias.
– Aunque no lo sé racionalmente, lo sé de manera intuitiva. La plenitud de un orgasmo integrado en amor es la de una apertura hacia el infinito. Y es la misma sensación que tenés en el acto creativo y en el acto místico: una apertura y una entrega. Yo las he probado y creo que todas tienen algo en común.