Pesquisas

La serie Tchestnykh y el retorno al esquema del enigma inglés

Habíamos creído –los argentinos- que el crimen nacional no volvería a plantear misteriosas adivinanzas o laberintos extraños. Que el método racionalista deductivo (el de los detectives de las novelas de enigma inglesas) ya no servía para nada en las calles calientes de por aquí –y mucho menos, en particular, en las de Buenos Aires. Habíamos creído, además, que el crimen contemporáneo traía nostalgia para el modelo de la serie negra y que incluso hacía parecer un pollito mojado a Sam Spade. Decía Raymond Chandler: “La novela policial realista habla de un mundo en el que unos bandidos pueden gobernar naciones y casi gobiernan ciudades; en el que los hoteles, los edificios de departamentos, los restaurantes famosos están en manos de hombres que han hecho fortuna con los prostíbulos. Un mundo donde un juez cuya bodega está llena de licores puede condenar a un hombre por tener una botella en el bolsillo”.

Y eso hoy es tan obvio que ni siquiera vale la pena discutirlo.

Si de categorías se trata, y si tomamos a las de la literatura policial para tratar de entender la realidad de los homicidios, el crimen argentino del año 2012 las ha superado a todas. Quitándose el rótulo de la serie negra, se deshizo también de la clásica caja del crimen político (de atentados terroristas y objetivos selectos) y de una suerte de color negro-plus (¿o postnegro?) al que también supo virar. El crimen argentino es hoy global y narco, vacío y gratuito, gatillero y facilista, burocratizado y trucho.

Por eso sorprende la serie Tchestnykh. Porque, de alguna manera, con una sucesión de terribles desgracias y con un misterio cerrado parece volver al esquema del principio. La única distancia es idiomática: si el esquema racionalista es inglés, en este caso en cambio se necesita un diccionario para dominar el idioma ruso.

Así se ve en el calendario: el 13 de abril de 1999 la familia (papá, mamá, tres hermanos y una hermana) llega a Buenos Aires desde el suburbio moscovita de Jimki, dispuesta a cambiar de aires para siempre, dejando atrás el pasado y mezclándose entre los inmigrantes del Este en la Argentina; el 6 de mayo de 2010, Vera –la única hija- desaparece; en agosto, Ilia –el hermano mayor- recibe un tiro en la pierna durante un robo en su casa; el 13 de noviembre la madre, Ludmila Kasian, aparece muerta en su casa, ejecutada con tres balazos; en diciembre, dos de los hermanos –Ilia y Sergei- son acusados por el crimen de su madre (una venganza por la desaparición de Vera, según la hipótesis del fiscal) y en pocos días se dan a la fuga, cruzando la frontera con Bolivia el día 15; en septiembre de 2011, Sergei aparece muerto, intoxicado o quizás envenenado, en un hotel de Bolivia –tenía 19 años; y en abril de 2012, Ilia, el otro hermano prófugo, muere, por mano propia o ajena, con un disparo en la sien, en una playa del Perú.

Dice Fermín Fevre en el prólogo a los Cuentos policiales argentinos que publicó Kapelusz en 1974, que en la novela de enigma inglesa “el crimen es un artículo de lujo que ocurre en apartadas mansiones y en ambientes refinados donde compiten el buen gusto y el inteligente accionar tanto del asesino como del héroe detectivesco”.

La definición es útil para entender la serie Tchestnykh. Aunque allí no hay una mansión, la casa donde la señora Kasian fue asesinada está efectivamente apartada, en un barrio periférico de Moreno –llamado, por si hiciera falta, El Ensueño. (Por otro lado, la “mansión”, que no es exactamente una mansión pero sí una casa grande, es la que había ido a vender la misma señora Kasian en Moscú, cuando se ausentó de la Argentina durante un viaje que se prolongó demasiado [seis años, entre 2003 y 2009] y que podría haber preparado el escenario para el sombrío drama que todavía se está desarrollando).

Con lo demás, las palabras de Fermín Fevre encuentran eco. Quizás el ambiente refinado de la familia Tchestnykh no sea el salón de té donde Agatha Christie situó a más de un personaje, pero la personalidad de Vera Tchestnykh, delicada y femenina, es de una notoria particularidad. ¿Quién podría recordar, sino, a alguien que toque el arpa en la historia de un crimen argentino? Hasta su desaparición, Vera tocaba el arpa con destreza, leía varias páginas por día en ruso y en español y comulgaba con la naturaleza de un modo cada vez más radical –llegando, por fin, a emprender largos ayunos purificadores.

Y si Fermín Fevre habla de una competencia de “inteligente accionar” entre el asesino y el héroe detectivesco, aquí se dio, al menos, una competencia semejante entre uno de los imputados –el joven Ilia Tchestnykh- y el fiscal –el titular de la unidad de Delitos Complejos de Mercedes, Juan Ignacio Bidone-. Durante el año y medio que duró el duelo, Ilia pareció burlar más de una vez al brazo largo de la justicia, escapando a Bolivia, un país que no mantiene tratados de extradición con la Argentina, y cruzando la frontera apenas unas horas antes de la difusión de su orden de captura. La cuenta en Facebook de Ilia también parecía ser parte del desafío: “Buscado por Interpol”, se llamaba, y ostentaba una foto del fiscal. Por otro lado, el fiscal se le había adelantado con un tenso allanamiento en su casa, de donde se secuestró una computadora que –luego se vio- ocultaba en su interior el arma homicida.

Sin embargo, entre los racionalistas hay también quienes critican el extendido escenario del “cuarto cerrado” -un clásico del género que bien podría cuajar en la serie Tchestnykh. “Caratular un asesinato como ‘crimen en cuarto cerrado’ es encarar mal la investigación, es creer que la cerrajería es un arte insuperable”, dice Alarcón, un aprendiz de detective demasiado inteligente, en la novela El enigma de París, de Pablo de Santis, un homenaje desde nuestra actualidad a las páginas de Arthur Conan Doyle. “No hay cuartos verdaderamente cerrados. Llamarlo así es presuponer una imposibilidad que no existe. Para resolver un problema, hay que postularlo correctamente, y no confundir la dificultad con la que manejamos las palabras con la dificultad con las cosas que las palabras nombran”.

¿Cuál es, entonces, la distancia entre las palabras y las cosas en la serie Tchestnykh? ¿Y cuánto tiene que ver, también, la distancia entre ciertas palabras (en ruso y en español)? El principal imputado, Ilia Tchestnykh, ha fallecido hace muy poco tiempo. A pesar de pregonar su inocencia desde la clandestinidad (como lo hizo aquí y aquí), nunca pudo despegarse de las insistentes sospechas del fiscal Bidone. Pero su muerte (y también la de su hermano) acrecienta la duda de que haya algo más que nadie estaría viendo. Hoy las piezas parecen estar demasiado revueltas y si la serie Tchestnykh es un misterio de cuarto cerrado –donde por “cuarto cerrado” debería entenderse el recinto cultural e idiomático que conforma la familia, y no una habitación en concreto-, aún resta, como en los crímenes de la Rue Morgue, encontrar al monito.

Luego, Sherlock Holmes planteó que “cuando se ha eliminado lo imposible, lo que queda, por improbable que pueda parecer, es la verdad”.